Dios sálvanos de querer ser perfectos en lo que tanto repudiamos, sálvanos de conocer alguien demasiado parecido a nosotros mismos, de querer lo absolutamente imposible y de despreciar todo lo que puede ser. Sálvanos del destructor instinto de hacer naufragar todo lo que tocamos, de empecinarnos en perpetuar la contradicción entre palabras y hechos, sálvanos de la enajenación que tanto nos encanta y de querer cantar todos igual la misma tonada. Sálvanos de los recaudadores de impuestos y de gobiernos insensatos, al menos evítanos la pena de decir que pensamos cuando somos menos que bichos funcionales. Sálvanos de la tentación de iniciar otra guerra con cualquiera, o en general evítanos más guerras; sálvanos de no entender la lección y de tropezarnos siete veces veinte con la misma piedra. Evítanos tener que molestarte tanto con peticiones que no tienen caso, de caer en emergencias que podemos evitar y de hacer plegarias en vez de dar gracias cada que nos ponemos a rezar.
miércoles, 7 de abril de 2010
lunes, 5 de abril de 2010
sin ti
En la fría columna donde dicen que descansan Madero y Villa, te esperé con revolucionaria templanza. Con federal rebeldía y con estoica desesperación. Allí donde la piedra representa una idea quijotesca, que como yo, está en medio de una causa desde hace mucho perdida, pero en el fondo deseando que esa llama que parece apagada se encienda. Que fuera un fuego perpetuo como las mentiras de Pinocho, que al final, sin necesidad de cirujano, terminaron siendo verdades; perpetua como las emociones adolescentes ante la belleza que aparece impresa en páginas centrales; perpetua como el cariño que siento por ti desde que te vi, esperando escuchar de tus labios esa breve palabra de dos letras que termina en í. Qué me importa conocer los últimos rincones de este mundo, cuando esos viajes no los hago con tu compañía. De qué me sirve el reconocimiento de los demás, cuando tú ni te enteras y nuestras vidas son paralelas intocables. Aunque las probabilidades estén en mi contra en este juego de dados cargados, aunque siga respirando en este mundo que tanto necesita de soldados, sigue siendo fuerte en mí esa esperanza, aunque cargada de melancolía, que desea que esa llama que parece apagada se encienda. Que fuera perpetua como el agua salada del mar y de las penas, como la existencia de los castigos y las condenas. Perpetua como la vanidad, la ambición y la pobreza; perpetua como parecen serlo las cosas que uno detesta.
jueves, 1 de abril de 2010
Lluvia
Desde su infancia siempre creyó que los días lluviosos eran tristes, pero las cosas y las personas cambian, dicen que lo único constante es el cambio y sin embargo no hay nada nuevo bajo el sol. Él la conoció y de inmediato se enamoró de ella. A partir de ese día comenzaron los tormentosos días de la incertidumbre y la necesidad imperiosa de estar a su lado. Con mucha paciencia y pericia fue haciéndose un lugar privilegiado en el corazón de su amada, quien a pesar de todo dudaba. El invierno se convirtió en primavera y por fin comenzaron a salir juntos en el verano. Para él, cada momento con ella era un tesoro y el tiempo volaba sin detenerse siquiera a leer los letreros de duda que aún ella veía. Ella no dudaba de él, sino de sí misma. Curiosos los seres que buscan afanosamente el amor y cuando lo encuentran sienten no merecerlo. Ella pidió tiempo para pensar sus sentimientos, y él para ser cortés decidió viajar solo. Compró su boleto de avión y se dispuso a partir. Es curioso que los últimos días junto a ella fueran lluviosos, pero ahora la lluvia ya no le desagradaba en absoluto. Mientras caía la lluvia él recordaba su suave piel de serpiente, su bello rostro redondo con almendrados ojos y todas las palabras que ella le dijo con su dulce voz. Para él ella era como la lluvia, o por lo menos la lluvia le hacía recordar sus momentos junto a ella. El día de la partida ella no iría a despedirlo al aeropuerto, sin embargo él no dejaba de mirar atrás, buscando un milagro. Ese día caía una tormenta, quizá por eso la extrañaba más. Abordó el avión y se acomodó en el incómodo asiento. Comenzó a leer una de las revistas para matar el tedio y trató de interesarse, pero no podía dejar de pensar en ella. Al voltear la página escuchó su voz diciéndole: “¿puedo sentarme aquí?”Su corazón saltó de gozo cuando tras levantar su mirada la miró sonriendo con la calidez del sol. Fue la sorpresa más grata de su vida. La tormenta arreciaba, y a pesar de eso el avión despegó. Atrás iban quedando las luces del aeropuerto, luego las de la gran ciudad. Ellos se contemplaban enamorados mientras con ternura se tomaban de las manos. No sintieron el impacto de otro avión chocando contra el suyo. Gritos de desesperación por todos lados mientras iban perdiendo altura vertiginosamente y se acercaban a las luces de un poblado. Muchas personas murieron en el accidente, pero ellos dos conocieron el paraíso aun antes de llegar a él.
martes, 30 de marzo de 2010
Leonardo
Cuando era niño, yo tenía como todos esa maldad innata y aparentemente inocente que produce actos de increíble maldad. En mi grupo de primaria, mis seis amigos y yo nos sentíamos normales y creíamos que nuestra forma de comportamiento era la correcta. Pobre de aquél que no cuadrara en nuestro universo, porque se lo hacíamos pagar muy caro. Por eso tuvimos que tomar cartas en el asunto cuando llegó un niño nuevo al salón. Se llamaba Leonardo y era muy estudioso, además tenía unas maneras muy delicadas de comportarse. No estoy diciendo que fuera homosexual, no lo sé, era muy temprano para saberlo, pero para mi grupo de amigos él parecía raro y eso era algo intolerable. Para colmo de los males de Leonardo, él tenía comportamientos demasiado extravagantes y solía hablar de cosas que los demás desconocíamos (generalmente de tramas y personajes de novelas clásicas), también le gustaba mucho imitar animales que veía en documentales por televisión. ¡El tipo jamás veía caricaturas! Un día mis amigos y yo planeamos darle una buena lección a Leonardo. Era un día soleado, niños y niñas corríamos por el gran patio de la escuela en la hora del recreo. Algunos comían las cosas que con cariño, o por obligación, les habían preparado sus madres. Otros jugaban con pelotas y otros se perseguían y sorprendían con el único fin de espantarse y gritar sin sentido. Leonardo entonces se estaba paseando por el patio moviendo los brazos como si fueran alas, emitiendo agudos chillidos. “Soy un pterodáctilo”, gritaba mientras continuaba su vuelo. Uno de mis compañeros, simulando curiosidad, detuvo a Leonardo en el centro del gran patio. “¿Qué es un pterodáctilo?”, le preguntó a Leonardo, y a éste se le iluminó el rostro con alegría. Imagino que creyó que por fin podría empezar a compartir sus intereses con alguien. Entonces con dulce voz aleccionadora y la prestancia de un gran conocedor respondió: “Los pterodáctilos eran dinosaurios voladores de alas membranosas…” En ese momento, los otros cinco de mi grupo de amigos, incluyéndome por supuesto, nos acercamos a Leonardo por la espalda y lo tomamos de sorpresa. Agarrándolo con fuerza de los brazos y de las piernas para impedirle defenderse, esperamos a que el que había hecho la pregunta desabrochara los pantalones del pterodáctilo que empezaba a sollozar. Una vez que le quitamos los pantalones, comenzamos a jalarle hacia arriba el resorte de sus calzoncillos, con toda la fuerza de la que éramos capaces a tan tierna edad. Leonardo gritaba, no podía hacer más. Su marca de calzoncillos era muy buena, pues costó mucho trabajo rompérselos. Una vez que el extraño niño quedó vestido como Porky o como el Pato Donald a la mitad del gran patio, nosotros nos alejamos corriendo para que todos los demás contemplaran la vergüenza de Leonardo en todo su esplendor. Aún recuerdo cómo las carcajadas de todos los niños ahogaron el llanto de Leonardo. Las risas acabaron cuando todos fuimos llamados a la acostumbrada clase de religión post recreo. A nadie sorprendió que el niño raro dejara de ir a la escuela el día siguiente. Algunos, los que se habían quedado hasta tarde porque sus mamás siempre se retrasaban demasiado para recogerlos, dijeron que el mismo día de la vergüenza pública de Leonardo, la madre de éste había ido, muy indignada, a la escuela para sacar de allí a su hijo, quien fue alumno de tan religiosa escuela por sólo una semana. Ignoro qué fue de Leonardo. Me gustaría decir, para tener un final feliz, que llegó a ser un gran poeta o una estrella de rock que supo explotar al máximo sus traumas. Quizá haya crecido con crisis de identidad y durante su adolescencia vio una película de James Dean que cambió su vida, y actualmente es posible que vista de chamarra de cuero negro y use el cabello encopetado. Aunque lo más probable es que Leonardo sea el fundador y presidente de una importante empresa trasnacional de software, mientras yo me la paso de trabajo en trabajo, preocupado por el dinero para más o menos mantener a mi familia y a mis dos ex esposas. Hay gente que paga la vida por adelantado.
domingo, 28 de marzo de 2010
Escritura
Desde que la pluma con la que escribo entra en contacto con el papel, dejo que las palabras fluyan y la guíen, para que al final me sorprendan con nuevas ideas, extrañas historias o con pensamientos que jamás creí que tenía o con alguna que otra porquería. A veces son fragmentos de vidas de gente que no sé si existió, otras son situaciones en las que pongo en aprietos a los personajes. ¿Sabrán ellos que yo existo? Cuando pienso en esto me da miedo. ¿Qué tal si soy el personaje de un autor con un humor semejante al mío? Ojalá no, ojalá mi autor tenga una buena historia que contar y que él sí sepa escribir finales felices. Mientras llega el final, intentaré escribir lo que con mi pluma pueda decir.
sábado, 27 de marzo de 2010
El camión camarón
Intentando encontrar por fin una manera de mostrar situaciones sin escribir ninguna palabra (lo que podría mejor describirse como buscar el dominio de la cámara fotográfica); me vi de repente viajando en un autobús metropolitano de la ciudad de México con rumbo a Cuajimalpa.
Era un sábado muy alejado de aquel en que un partido político repartía propaganda para reunir en el zócalo capitalino al mayor número posible de personas con el fin de pedir la paz en Chiapas (a pesar de la lejanía de aquél sábado, el motivo de la protesta aún estaba vigente en el presente).
Salí del Metro Auditorio, y descubrí que algunas personas abarrotarían por la noche el nacional recinto para ver una exclusiva presentación de Julio Iglesias (a mí me sorprendió que esa reliquia española de mi infancia y juventud aún diera presentaciones en vivo, pues yo suponía que el veterano cantante ya había heredado sus dones y la adulación del público a alguno de sus vástagos). En ese momento mi mente comenzó a recordarme la canción de "Crazy", pero interpretada por Patsy Cline (¿vino a mi mente porque alguna vez el viejo Iglesias le hizo un cóver o porque hizo alguna vez un dueto con Willie Nelson?).
En la explanada del auditorio, mi prominente nariz pudo ser testigo de uno que otro perfume barato que invade sitios públicos y que, seguramente, es también aplicado en partes privadas. Pregunté la hora a un anónimo individuo que mostraba en su muñeca izquierda el homenaje a su constante preocupación por el tiempo. De esta manera noté que yo había llegado puntualmente a la cita con la persona que, desinteresadamente, se había ofrecido a darme mis primeras lecciones de fotografía, pero a la vez noté que la puntualidad no era recíproca. Pasó el tiempo y me convencí que el desinterés de mi espontánea maestra de fotografía era de una magnitud mayor a la que había yo imaginado. Tras 45 minutos de infructuosa espera, mi Freudiana interpretación de ensueños en vigilia me convenció de que mi paciencia no sería recompensada con ningún conocimiento fotográfico. Teniendo gran parte del sábado por delante, decidí aventurarme a terrenos poco frecuentados por mí en los últimos tres años.
Crucé el paseo de la Reforma, no como cualquier bestia bípeda apresurada, sino que utilicé el andador subterráneo hecho específicamente para evitar que las vidas humanas corran riesgos gratuitos. Una vez del otro lado, me senté a esperar el autobús (ex-Ruta 100) que me condujera a Santa Fe o a Cuajimalpa (el primero que hiciera acto de presencia sería igual de propicio para mí).
El destino, tras hacerme esperar otros 45 minutos (que yo pasé divertido escuchando una y otra vez "Crazy" en mi mente), me envió el autobús a Cuajimalpa. Tras pagar mi tarifa de $1.50, mi vista y mi olfato me recordaron algo que yo había sepultado en los rincones de mi memoria. La vista me dijo que esos autobuses eran justamente el medio de transporte de las personas más humildes y mi olfato comprobó lo falso que es la aseveración de aquellos mexicanos afortunados que han viajado a París para regresar a México y decir que el metro de París "apesta a madres" agregando que “el transporte público en México no huele mal”. Para que esa gente recobre sinceramente el orgullo mexicano, les invito a que de vez en cuando se bajen de sus autos último modelo y viajen una sola vez en uno de estos autobuses populares y comprueben que como México no hay dos (igual y la India).
Viajando en este autobús pensé que si fuera yo un filósofo, escribiría acerca de la relación entre humildad y la higiene (por experiencia parece que ambas características no suelen cohabitar en la misma persona); pero como no soy filósofo, me dediqué a sacar una instantánea verbal sobre el viaje en ese autobús.
Tan lleno como vagón del tren al infierno, el autobús llevaba todos los asientos ocupados, el pasillo atiborrado y los escalones de la salida invadidos por diversos pares de traseros. Contorsionándome y disculpándome, me hice camino hasta llegar cerca de la salida. A mi izquierda viajaba un hombre tan moreno como la mayoría de los demás pasajeros, que en uno de sus popeyescos brazos (esta definición se debe a que los puntiagudos codos de este caballero eran similares a los de Popeye o a los prominentes polos de un bolillo) llevaba un serrucho envuelto en papel periódico de tinta café. De las axilas de este hombre, emanaban los síntomas inequívocos de que él había realizado recientemente una intensa labor física. Frente a mí, iba un grupo de cinco niños que se divertían viendo a través de la ventana los multicolores automóviles que transportaban a desesperados conductores por paseo de la Reforma. Ignoro lo que comentaban los niños debido a que estos se comunicaban en un idioma indígena que, y aquí acepto ignorancia por segunda ocasión en el mismo párrafo, yo desconozco. Una mujer embarazada, probablemente la madre de los cinco niños (y con seguridad madre de otros cinco que estarían en otros puntos de la ciudad), viajaba cortando hilos de colores con un pedazo de botella que portaba en su boca. Los hilos le servirían para hacer más hamacas como las que llevaba dentro de una gran bolsa. A mi derecha estaban tres hip-hoperos aztecas. Estos adolescentes de rasgos tan mexicanos que Jesús Helguera jamás se hubiese atrevido a pintar, vestían a la moda del ghetto negro gringo (grandes playeras de equipos deportivos norteamericanos, gorras piratas de NIKE o de los mismos equipos, holgados pantalones y zapatos tenis). Los tres adolescentes realizaban todos los pasos incorrectos para ligarse a las tres jóvenes que viajaban al final del autobús (su método iba del jocoso insulto hasta la obscena lujuria explícita).
En ese punto descubrí que mi olfato protestaba no sólo por los olores que despedían las axilas del hombre del serrucho, sino por la mezcla de fuertes olores que luchaban por la supremacía olfativa del interior de ese autobús. Sé que sonaré demasiado delicado, pero debo señalar que comencé a sufrir una jaqueca. Mi malestar fue acrecentado por unos insistentes empujones que me propinaba en la espalda una mujer de edad incalculable (esto lo digo porque, debido a que las mujeres de la clase humilde –léase ‘extremadamente indigente’– tienen que trabajar de manera extenuante desde muy jóvenes para mal ganar su sustento diario, al cumplir los 25 o 30 años parecen de 55 o 60). Esta mujer quería, a toda costa, ocupar el pequeño espacio vacío que había frente a mí, y parecía ignorar que por medio de la palabra o quizás por medio de las señales, yo pude haberme hecho a un lado para dejarla pasar.
Es posible que esta mujer estuviese empeñada en violar a toda costa esa ley que dice que dos cuerpos no pueden ocupar simultáneamente el mismo lugar en el espacio y por eso se empeñaba en aplicar todas sus energías contra mí. Evitando cualquier discusión física, dejé pasar a la mujer quien con rencorosos ojos me dirigió su furia (sí, puede que ella no haya comprendido que esa ley natural se aplica, por lo menos aquí en la Tierra); mientras yo oprimí el botón de la puerta para bajar del autobús en la próxima parada.
Por lo menos sí llegué hasta Cuajimalpa. Lo que siguió después no te lo contaré, pues igual y eres alguien que se escandaliza con facilidad, o, si no eres así, pues te burlarías de mí. Sólo quise obsequiarte una instantánea dentro de un autobús.
Era un sábado muy alejado de aquel en que un partido político repartía propaganda para reunir en el zócalo capitalino al mayor número posible de personas con el fin de pedir la paz en Chiapas (a pesar de la lejanía de aquél sábado, el motivo de la protesta aún estaba vigente en el presente).
Salí del Metro Auditorio, y descubrí que algunas personas abarrotarían por la noche el nacional recinto para ver una exclusiva presentación de Julio Iglesias (a mí me sorprendió que esa reliquia española de mi infancia y juventud aún diera presentaciones en vivo, pues yo suponía que el veterano cantante ya había heredado sus dones y la adulación del público a alguno de sus vástagos). En ese momento mi mente comenzó a recordarme la canción de "Crazy", pero interpretada por Patsy Cline (¿vino a mi mente porque alguna vez el viejo Iglesias le hizo un cóver o porque hizo alguna vez un dueto con Willie Nelson?).
En la explanada del auditorio, mi prominente nariz pudo ser testigo de uno que otro perfume barato que invade sitios públicos y que, seguramente, es también aplicado en partes privadas. Pregunté la hora a un anónimo individuo que mostraba en su muñeca izquierda el homenaje a su constante preocupación por el tiempo. De esta manera noté que yo había llegado puntualmente a la cita con la persona que, desinteresadamente, se había ofrecido a darme mis primeras lecciones de fotografía, pero a la vez noté que la puntualidad no era recíproca. Pasó el tiempo y me convencí que el desinterés de mi espontánea maestra de fotografía era de una magnitud mayor a la que había yo imaginado. Tras 45 minutos de infructuosa espera, mi Freudiana interpretación de ensueños en vigilia me convenció de que mi paciencia no sería recompensada con ningún conocimiento fotográfico. Teniendo gran parte del sábado por delante, decidí aventurarme a terrenos poco frecuentados por mí en los últimos tres años.
Crucé el paseo de la Reforma, no como cualquier bestia bípeda apresurada, sino que utilicé el andador subterráneo hecho específicamente para evitar que las vidas humanas corran riesgos gratuitos. Una vez del otro lado, me senté a esperar el autobús (ex-Ruta 100) que me condujera a Santa Fe o a Cuajimalpa (el primero que hiciera acto de presencia sería igual de propicio para mí).
El destino, tras hacerme esperar otros 45 minutos (que yo pasé divertido escuchando una y otra vez "Crazy" en mi mente), me envió el autobús a Cuajimalpa. Tras pagar mi tarifa de $1.50, mi vista y mi olfato me recordaron algo que yo había sepultado en los rincones de mi memoria. La vista me dijo que esos autobuses eran justamente el medio de transporte de las personas más humildes y mi olfato comprobó lo falso que es la aseveración de aquellos mexicanos afortunados que han viajado a París para regresar a México y decir que el metro de París "apesta a madres" agregando que “el transporte público en México no huele mal”. Para que esa gente recobre sinceramente el orgullo mexicano, les invito a que de vez en cuando se bajen de sus autos último modelo y viajen una sola vez en uno de estos autobuses populares y comprueben que como México no hay dos (igual y la India).
Viajando en este autobús pensé que si fuera yo un filósofo, escribiría acerca de la relación entre humildad y la higiene (por experiencia parece que ambas características no suelen cohabitar en la misma persona); pero como no soy filósofo, me dediqué a sacar una instantánea verbal sobre el viaje en ese autobús.
Tan lleno como vagón del tren al infierno, el autobús llevaba todos los asientos ocupados, el pasillo atiborrado y los escalones de la salida invadidos por diversos pares de traseros. Contorsionándome y disculpándome, me hice camino hasta llegar cerca de la salida. A mi izquierda viajaba un hombre tan moreno como la mayoría de los demás pasajeros, que en uno de sus popeyescos brazos (esta definición se debe a que los puntiagudos codos de este caballero eran similares a los de Popeye o a los prominentes polos de un bolillo) llevaba un serrucho envuelto en papel periódico de tinta café. De las axilas de este hombre, emanaban los síntomas inequívocos de que él había realizado recientemente una intensa labor física. Frente a mí, iba un grupo de cinco niños que se divertían viendo a través de la ventana los multicolores automóviles que transportaban a desesperados conductores por paseo de la Reforma. Ignoro lo que comentaban los niños debido a que estos se comunicaban en un idioma indígena que, y aquí acepto ignorancia por segunda ocasión en el mismo párrafo, yo desconozco. Una mujer embarazada, probablemente la madre de los cinco niños (y con seguridad madre de otros cinco que estarían en otros puntos de la ciudad), viajaba cortando hilos de colores con un pedazo de botella que portaba en su boca. Los hilos le servirían para hacer más hamacas como las que llevaba dentro de una gran bolsa. A mi derecha estaban tres hip-hoperos aztecas. Estos adolescentes de rasgos tan mexicanos que Jesús Helguera jamás se hubiese atrevido a pintar, vestían a la moda del ghetto negro gringo (grandes playeras de equipos deportivos norteamericanos, gorras piratas de NIKE o de los mismos equipos, holgados pantalones y zapatos tenis). Los tres adolescentes realizaban todos los pasos incorrectos para ligarse a las tres jóvenes que viajaban al final del autobús (su método iba del jocoso insulto hasta la obscena lujuria explícita).
En ese punto descubrí que mi olfato protestaba no sólo por los olores que despedían las axilas del hombre del serrucho, sino por la mezcla de fuertes olores que luchaban por la supremacía olfativa del interior de ese autobús. Sé que sonaré demasiado delicado, pero debo señalar que comencé a sufrir una jaqueca. Mi malestar fue acrecentado por unos insistentes empujones que me propinaba en la espalda una mujer de edad incalculable (esto lo digo porque, debido a que las mujeres de la clase humilde –léase ‘extremadamente indigente’– tienen que trabajar de manera extenuante desde muy jóvenes para mal ganar su sustento diario, al cumplir los 25 o 30 años parecen de 55 o 60). Esta mujer quería, a toda costa, ocupar el pequeño espacio vacío que había frente a mí, y parecía ignorar que por medio de la palabra o quizás por medio de las señales, yo pude haberme hecho a un lado para dejarla pasar.
Es posible que esta mujer estuviese empeñada en violar a toda costa esa ley que dice que dos cuerpos no pueden ocupar simultáneamente el mismo lugar en el espacio y por eso se empeñaba en aplicar todas sus energías contra mí. Evitando cualquier discusión física, dejé pasar a la mujer quien con rencorosos ojos me dirigió su furia (sí, puede que ella no haya comprendido que esa ley natural se aplica, por lo menos aquí en la Tierra); mientras yo oprimí el botón de la puerta para bajar del autobús en la próxima parada.
Por lo menos sí llegué hasta Cuajimalpa. Lo que siguió después no te lo contaré, pues igual y eres alguien que se escandaliza con facilidad, o, si no eres así, pues te burlarías de mí. Sólo quise obsequiarte una instantánea dentro de un autobús.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Buscando la resignación
El estruendo nocturno y las luces de neón, son sordera y ceguera cuando no está contigo la persona que realmente amas. Los amigos, por muy sinceros que sean, no pueden llenar el vacío que deja el verdadero amor perdido. No hay pasatiempos suficientes para secar las horas de soledad de ese estanque enfangado que te dejó tras su partida. Pareciera que la vida sólo la continúas por costumbre. La mente y el corazón buscan su regreso, quizá por ello el corazón sigue latiendo. Las palabras que escribes son dirigidas a su ausencia, como faros en la tormenta que buscan el regreso del navío extraviado. En las obras ajenas siempre encuentras pretextos perfectos para justificar su recuerdo. Buscar su rastro en otras personas es un engaño, mal truco de un mal mago. La resignación sabe a tarea imposible. Es tan difícil tratar de escapar de esta unión separada, más difícil que tratar de olvidar una culpa aceptada. Ahora comprendes el suplicio de Sísifo.
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