Una vida plena. Me demostraste con el ejemplo, antifariseo, que el éxito es personal y no tipificado masivo establecido. Al final, pasar por esta vida debe ser vivir y no ser una sombra gris. Vivir, como lo hiciste ‘a tu manera’. Al final algo queda, cuando el que vivió se va y la ausencia se resiente. No siempre te entendí, pero hice todo lo posible para respetarte. En la balanza de la imperfección natural, pesan más tus cualidades que los defectos que tuviste. Ahora sólo me entistece tu ausencia, pero me alegra que hayas cumplido tu ciclo, de manera tan completa. Parafraseando tu tango, 70 años son muchos, y nada a la vez; ahora probablemente no te veamos ‘volver’. No hay mucho que decir además de “gracias”. Si las cosas siguen después del último día, te deseo buen viaje, y hasta la vista. Te quiero.
jueves, 3 de febrero de 2011
martes, 25 de enero de 2011
Cavemos una tumba
Cavemos una tumba en la cual arrojar con rabia nuestros cuestionamientos, donde se vayan a sepultar nuestras dudas, donde se acabe de pudrir nuestra inteligencia; y liberados miremos hacia arriba donde siempre habrá un tipo listo al cual ofrecer nuestras existencias y que nos dirá qué hacer con tal que nos portemos bien. Cavemos una tumba para guardar allí nuestro empeño, que quede bien enterrada nuestra voluntad; pongamos la vista perdida en el horizonte y creamos que por arte de magia existe el “vivieron felices para siempre”. Conquistemos a alguien y quedémonos estáticos, llamemos a eso “amor”. Movámonos ya sólo cuando se nos ordene, siempre y cuando las órdenes estén barnizadas de libertad. Callémonos salvo en las ocasiones que nuestras ideas impropias sean las mismas de los demás. Cavemos una tumba bien profunda en la que sepultaremos el bien común, veamos sólo por nosotros, ignoremos a los demás, que cada quien se rasque ahora con sus propias uñas y fiémonos únicamente del gran hermano que nos protege y vigila. Cavemos una tumba que sea gruesa, para que al final también durmamos en ella; muy gruesa y profunda para que quepamos, pues nuestras tallas serán enormes gracias a tanta comida chatarra y vida sedentaria. Cavemos una tumba y arrojémonos de una vez allí, porque da lo mismo morir que estar muertos en vida.
martes, 18 de enero de 2011
"Ésta es mi película"
“Luces, cámara e inacción”… La película era suya, dirección y producción. Experimental porque se escribía sobre la marcha y a marchas semiforzadas. Esas cosas raras de la década de 1960 revividas 40 años después. “Es mi película, así que harás lo que diga”. Directora dictadora y con acentos fascistas. El resto del mundo fueron los personajes secundarios y toda la geografía global universal era el escenario. Monigotes entraban y salían, locaciones extravagantes, viajes desperdiciados. pasaportes sellados hasta la saciedad. El guión se iba creando de acuerdo con el humor que tuviera ese día. Improvisación ciega, visceral. A veces era un drama, lo que se filmaba, otras una comedia, las más de las veces era un amasijo amorfo, cada vez con menos amor, y todo pareció ser una montaña rusa sin sentido y que inspiraba náuseas. “Corte, se repite”. Va de nuevo, la escena que no funcionaba, y que cada vez que se repetía salía peor la cosa. Se ensayaba pero los errores fueron horrores y peores que las pruebas. Los extras desfilaban, y los protagónicos perdían fuerza, se quedaban por ese amor al arte, ya mentado, y desmontado, pero el cansancio fue alimentándoles el desamor. Los personajes se confundían, la víctima se mezclaba con la personalidad del verdugo y la verdura era más roca que fruta. “¡Aghhhh!”, era el grito de frustración. No hubo reemplazos mientras estuvo vigente el tácito contrato que nadie firmó. Todo había sido por amor, por ese amor que brillaba, pero por su ausencia. Ningún estudio quiso dar apoyo tras ver el fracaso asegurado y el abismo sin fondo en que se metió el último patrocinador que se ambarcó en el proyecto. “Corte y queda”, era la orden que menos se escuchaba durante los últimos días. Todos envejecieron y abandonaron el sueño. El resultado fueron kilómetros y kilómetros de pietaje enlatado en alguna bodega perdida. No hubo estreno ni alfombra roja, mucho menos osos en Berlín, desinfladeces de oro, palmas en Cannes ni Oscars en Hollywood. El orgullo se perdió. Nadie vio nada, ni lo verá. Otro gran proyecto enfrascado en el fracaso de lo que el cero representa.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
(¿Es mi?) Vida
Testigo de decadencia, el tiempo, se sabe también culpable; nos mira desfilar uno tras otros, haciéndonos creer que de alguna manera permaneceremos. Somos tantos y permanecer es imposible, hasta para unos cuantos. Hay quienes corren cierta suerte, pero ¿qué tanto corresponde la imagen que tenemos de Platón al verdadero hombre que respondió a tal nombre? Por otro lado ¿cuánto crees que tarde en borrarse por completo su recuerdo? Hay días en que estoy cansado desde el amanecer y me sorprendo de la gente que desea vivir todo el tiempo que le sea posible y mucho más. Más que a la muerte, confieso un terror terrible a la vejez. La decadencia en vida es lo que realmente me asusta, mientras me divierto con los individuos que centran sus esfuerzos en crear dinastías o en aquellos que acumulan tesoros materiales como si fueran a vivir por siempre. La ciencia hace lo que puede para prolongar la juventud, pero al final todo ese esfuerzo prueba ser en vano. Alguien dijo que lo principal en la vida es precisamente ‘vivir’, sólo conocemos lo que tenemos y del ‘más allá’ no hay garantías palpables. Creo en una religión, sólo por si las dudas, tal como hizo Pascal. Pero en el fondo sólo creo en aquello que considero moralmente bueno, o mortalmente malo. Gran parte de los dogmas religiosos tienen la única función real de ser ignorados. Todo esto puede sonar a desencanto; igual y sí, no son palabras definitivas, mañana pudiera pensar distinto (aunque realmente lo dudo).
viernes, 24 de diciembre de 2010
Regalo de navidad
El sol apenas despuntaba, eran dos horas antes de su acostumbrado despertar cuando iba a la escuela, pero Navidad siempre es especial. Se había portado bien, casi todo el año (en lenguaje infantil esto significa las tres semanas previas al 25 de diciembre). En la carta a santa Claus había sido muy claro: el un videojuego de la película exitosa, el dinosaurio violeta y los duendes (esos que estaban de moda y que eran más dulces que la kriptonita de un supermán diabético). Saltó de la cama y corrió a la sala en donde estaba el árbol decorado. La emoción se le desbarrancó por completo, y ya no dio signos vitales, pues allí no había ni un videojuego, duende ni dinosaurio morado, sólo había un auto rojo a control remoto. Papá también había despertado ya, bajó con la bata que la noche anterior le regaló la tía amarga, esa que había que tratar muy bien, pero sólo porque tiene mucho dinero. “Salgamos a probarlo”, dijo papá, quien siempre deseó en su infancia un auto a control remoto, y si era rojo ¡mejor!, así que vio muy oportuno que santa le trajera ese regalo al pequeño. Ambos en pijamas, a mitad de la calle observaban al auto avanzar, retroceder, detenerse y ponerse en marcha, obedeciendo fielmente las órdenes de papá, quien tenía en sus manos el control y no tenía visos de querer soltarlo. “¡Cómo nos divertimos!, ¿verdad hijo?” En el rostro del niño no había ningún rastro de emoción, simplemente imaginaba cómo se estaría divirtiendo él si santa le hubiera traído lo que le pidió. Papá feliz, y tanto que ignoraba a su hijo, olvidaba también la dura situación en el trabajo, borraba momentáneamente de su memoria la espada de Damocles del desempleo que desde hacía meses pendía sobre su cabeza, colgada de la crin con urzuela de un caballo anémico. El hijo quiso resignarse y se acercó a papá para pedirle un momento el control de ‘su’ juguete nuevo. Papá se negó y siguió controlando el auto. Papá se entretuvo hasta que se le acabó la batería al aparatito. “¿Te gustó hijo?, ¿verdad que es divertido?” La Navidad es definitivamente un día especial para marcarte de por vida, agradable o desagradablemente, pero sin duda siempre hay una que puede marcarte para toda la vida.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Magia perdida
Dos alquimistas dejando un viejo milenio, o llegando al nuevo, yo casi extinto, tú recién creada. La magia duró por bastante tiempo, tiempo que podía detenerse con sólo cerrar los ojos, pero al abrirlos ya no estábamos juntos. Me dijiste que todo terminó hace un año cuando dejamos lo que no quisimos pagar en el estacionamiento de un supermercado. Nos separamos y nos reunimos tantas veces como tonos hay de gris, nos empeñamos en revivir lo que ya hacía mucho había muerto. Actuamos lo mejor posible, y nadie nos dio ningún premio. No hay manera de hacer magia con los retazos, no hay forma de volver a creer que el vino es sangre sagrada y no sólo bebida de uva. Yo en seriedad me hundí, tú por ser liviana flotaste. Cuando se pierde la fe, las montañas se quedan quietas y las estrellas dejan de conceder deseos. De alguna manera perdimos la fe en nosotros. Podemos seguir como autómatas mercenarios en guerras comerciales de galaxias muy lejanas, sacando beneficio rutinario de algo que realmente nos dejó de importar. O podemos rescatar el último pedacito de orgullo y reconstruirnos, cada quien por su lado, esperando encontrar a alguien con quien podamos volver a hacer magia verdadera. Para entonces quizás nos convenzamos que lo nuestro fue sólo un mal sueño, del que despertamos al caer de la cama a la mitad de un aguacero. Es mejor aceptarlo que resignarnos o que terminar despedazando lo poco que nos queda. Tienes el futuro por delante y yo tengo poco tiempo para olvidar el pasado. Buen viaje entonces y ojalá que encuentres lo que siempre has deseado.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Recuerdos
Cuando en noches despejadas de noviembre miro al cielo y todas las estrellas brillan, me acuerdo de los reyes magos y de mi papá. Cuando entro a un templo católico siento los ecos de la fe que perdí cuando trabajé para el Vaticano. Cuando voy conduciendo por ciertas avenidas añoro las caricias furtivas de quien rompió mi corazón. Cuando leo de nuevo las aventuras de Alicia digo que el mundo sería mejor si no presumiera tanto su razón. Cuando en las mañanas soleadas me siento a escribir, regreso un poquito a los días en que tenía algo que decir. Cuando entro a la rutina del trabajo para ganarme el pan y el cobijo, es el momento en que mi vida se concentra en un profundo olvido.
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