domingo, 12 de febrero de 2012

¿A quién le importa?

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, cortó muchas noches y días el tiempo a través de Cortázar. Sacrificó demasiados viernes sociales por Verne. Leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta que llegó el momento que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y manteles desechables, que siempre guardó, después en hojas sueltas que conservó en carpetas, para después seguir anotando en libretas y cuadernos, de los cuales se fueron llenando 10, 30, 50... Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Siempre pensando en que un día lo publicaría. Todo lo guardó.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta acabar. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no era fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. No, tampoco fueron vendidos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos en este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras en una computadora, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y espacios virtuales. Mezcladas en enferma promiscuidad con esas frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves y pestilente como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Al final sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano se traga el olvido. Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

lunes, 23 de enero de 2012

Cuarta de forros

Otra vez las mismas palabras que desembocan en la misma conclusión. Misma miseria, misma confusión.

Es necesario alterar nuestra historia a pesar de que eso inflija dolor. No eres libre, la costumbre te lo impide y si yo permanezco contigo me corono como el rey de los necios. ¡Larga vida al rey, en su ya necesaria necedad!

Ojalá pudiera decirte que te voy a esperar por siempre, pero eso es injusto si se ve desde el punto del que no se divierte, desde la posición del que vive teniendo siempre frío, del que tiene sobrepoblada la mente con mil y un delirios.

Es incorrecto tener a dos, o más, personas para que la suma de ellas sea tu sueño; tarde o temprano cualquiera de esos elementos deseará ser tu único dueño.

El tuyo es un juego que suele terminar mal, por mi parte creo que está cercano el final. Se ve cerca la contraportada, los créditos finales y el telón.

Ojalá pudiera decirte que no te amo, pero mi sentimiento por ti es muy grande, más que un Gulliver en esta tierra de liliputienses. Te busco en la gente y te miro hasta en el aire. Busco tu tacto, busco tu aroma, busco tu mirada aun en las sombras. Tu voz me resuena como un eco y lo que más quiero es que seas feliz.

Permanezco colgado del borde, aferrado con las uñas, tú sigues insistiendo en perpetuar esta situación.

Pero lamento decirte que hoy hice un descubrimiento importante: además de que te amo demasiado, también me amo yo. Al final todo pasa, hasta las pasas al darse la paz.

domingo, 15 de enero de 2012

blandura

La decadencia de los seres humanos es blanda. Puedes constatarlo en el abdomen y en la cintura. Blanda como el colchón del éxito y de la estabilidad, cuando ya no hay gusto por correr, sino por atesorar.

El miedo al frío y a la soledad hace que la gente acepte casi cualquier cosa, provoca que votes por la indiferencia sobre la que solemos edificar nuestra paz privada, y muy personal. Así es como los antiguos revolucionarios se hacen burócratas, los poetas terminan trabajando en publicaciones comerciales de tercera y los soñadores se rinden para poder untar de mantequilla sus panes.

Con la decadencia el tiempo empieza a regirse de acuerdo a las fechas en que se pagan los salarios y en que se sale de vacaciones. Las voces se alzan sólo para hacerse notar en el mercado o para acusar a alguien de una competencia desleal. Tener, más que ser, y darle la vuelta a cualquier otro dilema existencial.

Consumir cultura prefabricada, escuchar música como se gastan pañuelos desechables. Ni cuenta te das cuando esta blandura te llega hasta el cuello y eres la sombra esféricamente caricaturesca de lo que fuiste. Igual y terminas siendo de los que hacen ejercicio, simplemente para canalizar tu consumo, y hacerte creer que haces por ti mismo algo que te hace sentirte competitivo para con los demás.

Lo que parecería la solución sencilla es botar todo y recuperar la libertad, pero es muy fácil decirlo y casi imposible realizarlo. La blandura conquista, la pereza seduce, la tranquilidad adormece y la estabilidad aturde. Todos queremos un camino fácil. El tiempo tampoco ayuda mucho y poco a poco tus huesos se niegan a alejarse del calor del hogar. Al final parecerá que todo fue una ilusión dentro de un círculo vicioso.

Quienes son fieles a sus sueños y se empeñan en no venderse, son glorificados por los blandos, pero siempre después de que son crucificados. Suelen morir ‘jóvenes’. Dudo que todo esto sea un fenómeno exclusivo de nuestros días.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Alto (el payaso de la luz roja)

Luz roja. Pie en el pedal del freno. Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho). Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso. Levantas la vista y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno. Un hombre casi calvo, el poco cabello que le queda revuelto de forma desagradable, pelo que parece quemado, mal oxigenado, Marilyn Monroe después de haber saltado del Hindenburg en llamas (fuego y no montada en un cuadrúpedo andino). El tipo tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente, en su boca un cigarrillo pirata que huele a neumático quemado. Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un punto negro, del grosor de la punta de un dedo, en el centro de cada círculo. Parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa humeante cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa. Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias.

El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es la Torre de Pisa arqueada, el arco de la derrota. Pasos cortos, cabeza gacha, la mirada que emana odio siempre viendo al frente. Es un frío día de diciembre, su ropa delgada y desgastada lo protege muy poco. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’. Lo único que lo distingue de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos.

Luz roja. Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’, o lo que le permite su poca destreza en este negocio. Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así se pasan lentamente la bola durante veintidós segundos.

Esporádicamente aspira su cigarro, quizá para darle al acto un “factor de peligro”. Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida, tácita torcida, entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad). El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno. A tres segundos de que la luz roja ceda el paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda.

Luz verde. Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Antros

A la que conocí en un bar, todo a media luz, bebimos seis tequilas, palabras en alud, cuando desperté y la vi a mi lado, incluso pensé que me la habían cambiado.

A la que conocí en la disco, dijo que quería todo conmigo, aunque no me gusta bailar, en toda la noche no paramos de girar, a la mañana siguiente amanecí mareado, sentí que caminamos mucho sin llegar a ningún lado.

A la del restaurante, la creí buena persona, con su cara linda y su bolsa oscura, me dejó pagar la cuenta y me benefició con la duda, de ella no tengo queja pues resultó ser muy franca, por eso cuando me dejó regresé a las vacas flacas.

A la que conocí en el café le regalé 13 cigarros, cuando salimos de ahí, teníamos los ojos ahumados, con tanta tos no hicimos demasiado y entonces decidí dejar de buscar en los antros.