domingo, 4 de marzo de 2012

La Lucha que Algunas Personas Sostienen con el maligno. I

Parte I

De la exposición del problema en el interior de un templo.

Eran las 5:30 de la mañana; por lo menos así lo indicaba el siempre puntual reloj de pared con carátula del Sagrado Corazón de Jesús ubicado en el estrecho pasillo de la vieja casita. El peculiar instrumento de medición cronológica del pasillo estaba siempre en perfecta sincronía con el reloj del comedor, en cuya carátula se podía apreciar una barata reproducción de la última cena (iluminada con colores tan brillantes como chillones, baste mencionar el insultante color verde neón de las ropas del apóstol Juan o el amarillo huevo de los cabellos de Pedro); reloj que a su vez estaba sincronizado con aquel de carátula decorada con la Oración de los Olivos, que se hallaba colgado en una pared de la recámara naftalinicamente perfumada, justo al lado de una estampa-mini póster del Arcángel san Miguel.

La paz del pasillo principal, que de manera permanente olía a una mezcla de incienso y cera de velas consumiéndose, fue repentinamente interrumpida por un enjuto y encorvado cuerpo envuelto en ropas negras que pasó zumbando como abeja humana. Aquel oscuro cuerpecillo fugaz, que a su paso iba dejando un olor a humanidad rancia, aderezado con aroma de madera de banca de templo antiguo, era delicadamente iluminado por los destellos de las múltiples veladoras y lámparas votivas que permanecían encendidas las 24 horas del día, para honrar a algún santo o alguna imagen sagrada de las miles que literalmente tapizaban la pequeña casa.

“Santa Virgen de la Olvidada Bzzz, Bzzz, Bzzz...”, decía el zumbido salido de una boca de arrugados labios pertenecientes a Gaudencia López, nombre con el que había sido bautizada la poseedora terrenal del encorvado cuerpecillo oscuro.

Gaudencia, había nacido en un, ya lejano, 30 de agosto, razón por la cual tuvo la desgracia de arrastrar consigo ese pintoresco nombre por el resto de su vida; pero debido al respeto y cariño que le profesaban quienes la conocían (además de lo molesta que se ponía la anciana cuando la llamaban por su verdadero nombre), era conocida simplemente como Doña Lope.

“Torre de Marfil, Bzz, Bzz, Bzz...” zumbaba la anciana mientras buscaba las veladoras que se hubiesen extinguido completamente, para sustituirlas por unas nuevas cuya vida funcional comenzaba de inmediato. La automática letanía de la mujer sólo era interrumpida cuando sus fruncidos labios soplaban para apagar cada fósforo utilizado durante su dedicada tarea o cuando, en medio de sus oraciones, maldecía a alguna persona que no le simpatizaba y cuyo recuerdo la sorprendía en medio de su rezo.

Tras el cambio de las veladoras y decir el último amén en el interior de su vivienda, la devota señorita añeja se envolvió en un chal de estambre negro, tomó uno de sus rosarios misioneros (esos que son multicolores, de un color por continente) y salió a la calle para tomar el rumbo acostumbrado.

“Buenos días Doña Lope”, le gritó el vendedor de tamales que se dirigía a ofrecer sus productos a las afueras de un gran edificio de oficinas donde laboraban numerosas hordas de empleados hambrientos (edificio en el que no faltaba el empleado de voluminoso abdomen que se echaba la corbata a sus espaldas - a manera de bufanda - para comer sus dos tortas de tamal y su atole salvaguardando la limpieza de su corbata de seda comprada en el mercado negro).

“Santa Lucrecia martir, Bzz, Bzz, Bzz…”, respondió la negra figura apenas dirigiéndole la mirada al cortés tamalero y pensando: “Condenado viejo libidinoso, siempre mirándome con sus ojos lujuriosos”.

El vendedor siguió su marcha, sin sorprenderse por la aparente falta de atención a su saludo y sin poder evitar la comparación del rostro de Doña Lope con el de una iguana desfigurada. Esta escena se repetía todos los días a la misma hora, excepto los fines de semana y durante las vacaciones de Semana Santa en que el buen tamalero acostumbraba llevar a toda su familia (que incluía a su esposa, sus ocho hijos, su abuelita, sus cuatro tías solteronas admiradoras de Pedro Infante, su suegra y su madre) a las bullentes playas de Acapulco.

Las campanas del templo comenzaron a repiquetear a las 5:55, invitando a los feligreses a la Misa de seis. Ya para ese momento, Doña Lope se encontraba sentada cómodamente en su banca de costumbre dentro del templo, zumbando y zumbando con la dura mirada fija al altar (muy cerca de una de las bocinas amarradas a las columnas del interior del templo, para así poder escuchar mejor lo que decía el ‘padrecito’).

Poco a poco fueron llegando al templo otras devotas mujeres que, con Doña Lope, acostumbraban asistir a tan temprana ceremonia religiosa. Claro que no podía faltar el buen Justiniano, un encorvado viejecito que una vez terminados los oficios religiosos gustaba de contar los repetidos pasajes de su vida al incauto que cometía el error de prestarle una mínima cantidad de atención. Las pícaras anécdotas de Justiniano culminaban siempre con la frase: "Yo fui como el diablo, pero 'ora ya estoy cerquita de Dios".

Un minuto antes que diera inicio la ceremonia, Dolores Robledo, mujer de unos treinta y tres años de edad, se le acercó respetuosamente a Doña Lope para susurrarle con una preocupación poco disimulada y nada contenida:

“¡Ay Doña Lope, necesito hablar con usted, estoy en un verdadero apuro!”

“Estrella de David,...”, rezaba la anciana y, visiblemente molesta por la interrupción, le respondió con autoridad severa a la apurada mujer: “cuando termine la misa vemos lo que te pasa Dolores”.

Dolores tomó asiento junto a Doña Lope, mientras el sacerdote hizo acto de aparición. El oficio religioso transcurrió sin novedad, terminando exactamente 30 minutos después de haber comenzado; el fin de la ceremonia marcó el inicio a una nerviosa palpitación en el corazón de Dolores; originada por ese temor que muchos experimentamos al encontrarnos frente a frente con un ser que creemos superior.

“Ahora sí mujer”, gritó la anciana, tal y como si se hallase en medio de un mercado abarrotado donde fuese necesario alzar exageradamente la voz debido al bullicio, mientras volteaba su canosa cabeza y comenzaba a clavar su estricta mirada en el rostro de Dolores: “dime qué te pasa”.

Algunas mujeres que se encontraban realizando oraciones personales dentro del templo fingieron no inmutarse ante el poco respeto que la añeja ‘santa’ les mostraba y continuaron orando (o por lo menos lo trataron de hacer), pero la mayoría de ellas interrumpió su labor divina y decidió para oreja a las palabras de la popular Doña Lope.

“Mi marido me engaña Doña Lope, mi marido tiene otra mujer”, comenzó a decir Dolores en voz baja, tratando de ahogar el llanto y haciendo cómicas gesticulaciones debido a su sobrehumano esfuerzo por contenerse.

“Te lo advertí mujer”, vociferó la vieja con rabiosa furia, “te dije que teníamos que bendecir tu casa y tú no me hiciste caso, 'ora ve lo que te buscaste. 'Ora ve lo que te pasa...”

“Sí, Sí, lo sé. Le pido perdón Doña Lope”, lloraba Dolores, “pero es que mi esposo me dijo que no quiere que usted...”, se interrumpió descubriendo demasiado tarde lo que sus palabras producirían en la vieja, “... no quiere que usted ponga ni un pie en mi casa; todo desde esa vez que usted le dijo tantas cosas feas...”.

“¡Ay condenado! Serán para él cosas feas, pero son ciertas. Yo siempre he sabido que tu marido es débil ante las enseñanzas de nuestra madre Iglesia y que prefiere los caminos de Satanás en vez de nuestro camino recto. A ver, ¿por qué a pesar de que lo regañé tantas veces el muy tarugo no arrancó las fotos de todas esas viejas encueradas que tiene por todas las paredes de su mugroso taller? ¿Eh? Es un cochino, puerco que nomás piensa en ‘eso’... Pero bueno, él está perdido y no tiene perdón de la Iglesia, pero tú debiste hacerme caso y dejar que sacara los demonios de tu casa desde antes de que esto te pasara”.

“La verdá tuve miedo a que me pegara mi marido nomás si se enteraba que usted había ido a mi casa...”, decía Dolores sin intentar contener ya sus lágrimas.

“Te lo dije, te lo dije Dolores. 'Ora que el muy sinvergüenza ya anda con otra mujer ya me haces caso y vienes a buscarme ¿verdá?”, enfatizó a todo pulmón la anciana como para asegurarse de ser escuchada hasta en el último rincón del templo.

“Sí, sí. Perdóneme, ¿'ora qué hago?”, imploró Dolores frotándose desesperadamente las manos (que por cierto olían a blanqueador de ropa).

“Tengo que ir a tu casa, porque el diablo ya vive allí, yo lo sé. Con el poder de la Virgen tengo que sacar al diablo de tu casa y que se regrese a su infierno. Pero, ¿verdá que yo tenía razón Dolores?”

“Sí es verdá Doña Lope, es verdá... ¿cuándo puede ir a mi casa?”, imploraba Dolores.

“'Orita mismo mujer. Cuando el diablo anda haciendo de las suyas es mejor hacer las cosas de prisa”.

En ese momento Francisco, el sacerdote titular de esa parroquia, se acercó a la anciana para pedirle que bajara el tono de su voz por respeto a los demás asistentes...

“¡Déjame en paz Francisco!”, le respondió la anciana mientras con la ayuda de Dolores se ponía de pie, “a veces pienso que si tú te dedicaras a hacer todo lo que debes de hacer, yo podría tener más tiempo para mi devoción y no me estaría metiendo en estas cosas que son tu deber”.

“Dolores, te aconsejo que te andes con cuidado con Lope...”, dijo el sacerdote un poco preocupado, pues sabía de sobra que seguir hablando con la anciana era tan efectivo como discutir cualquier tema con un burócrata.

“No le hagas caso a Francisco, mujer”, dijo enfadada la anciana jalando de la manga a Dolores, “vámonos ya”.

Y de esta manera, tras llenar con agua bendita un bote plástico que se encontraron abandonado en la oficina de la parroquia, ambas mujeres se retiraron del templo. Mientras tanto, en el atrio, Justiniano relataba a un barrendero su historia de todo lo que, en sus tiempos, se podía hacer para mantener a una esposa y tres amantes al mismo tiempo.

Fin de la Parte I

viernes, 24 de febrero de 2012

Extravío

Perdido en los pasillos de la inexperiencia, bajo noches de tardía inocencia, ahora soy quien extraña tu suave piel, y también el que no sabe qué hacer.
La boca no pudo expresar lo que el corazón ansiaba, y cuando supo decirlo el alma estaba ya helada. En los ríos corrían la leche y la miel, ahora todo verbo se conjuga en pasado. Besos sin destino, tirados en el vado.
Entre el orgullo y la ignorancia, ardo en deseos de tenerte, pues por más que lo intento no puedo olvidarte.
La constelación de estrellas guía al sabio, pero confunde al necio demente. Nadie como tú en los ayeres, difícilmente alguien como tú en el mañana. Espero no haberlo perdido todo, en aquella noche tan extraña.

domingo, 12 de febrero de 2012

¿A quién le importa?

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, cortó muchas noches y días el tiempo a través de Cortázar. Sacrificó demasiados viernes sociales por Verne. Leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta que llegó el momento que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y manteles desechables, que siempre guardó, después en hojas sueltas que conservó en carpetas, para después seguir anotando en libretas y cuadernos, de los cuales se fueron llenando 10, 30, 50... Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Siempre pensando en que un día lo publicaría. Todo lo guardó.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta acabar. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no era fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. No, tampoco fueron vendidos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos en este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras en una computadora, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y espacios virtuales. Mezcladas en enferma promiscuidad con esas frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves y pestilente como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Al final sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano se traga el olvido. Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

lunes, 23 de enero de 2012

Cuarta de forros

Otra vez las mismas palabras que desembocan en la misma conclusión. Misma miseria, misma confusión.

Es necesario alterar nuestra historia a pesar de que eso inflija dolor. No eres libre, la costumbre te lo impide y si yo permanezco contigo me corono como el rey de los necios. ¡Larga vida al rey, en su ya necesaria necedad!

Ojalá pudiera decirte que te voy a esperar por siempre, pero eso es injusto si se ve desde el punto del que no se divierte, desde la posición del que vive teniendo siempre frío, del que tiene sobrepoblada la mente con mil y un delirios.

Es incorrecto tener a dos, o más, personas para que la suma de ellas sea tu sueño; tarde o temprano cualquiera de esos elementos deseará ser tu único dueño.

El tuyo es un juego que suele terminar mal, por mi parte creo que está cercano el final. Se ve cerca la contraportada, los créditos finales y el telón.

Ojalá pudiera decirte que no te amo, pero mi sentimiento por ti es muy grande, más que un Gulliver en esta tierra de liliputienses. Te busco en la gente y te miro hasta en el aire. Busco tu tacto, busco tu aroma, busco tu mirada aun en las sombras. Tu voz me resuena como un eco y lo que más quiero es que seas feliz.

Permanezco colgado del borde, aferrado con las uñas, tú sigues insistiendo en perpetuar esta situación.

Pero lamento decirte que hoy hice un descubrimiento importante: además de que te amo demasiado, también me amo yo. Al final todo pasa, hasta las pasas al darse la paz.

domingo, 15 de enero de 2012

blandura

La decadencia de los seres humanos es blanda. Puedes constatarlo en el abdomen y en la cintura. Blanda como el colchón del éxito y de la estabilidad, cuando ya no hay gusto por correr, sino por atesorar.

El miedo al frío y a la soledad hace que la gente acepte casi cualquier cosa, provoca que votes por la indiferencia sobre la que solemos edificar nuestra paz privada, y muy personal. Así es como los antiguos revolucionarios se hacen burócratas, los poetas terminan trabajando en publicaciones comerciales de tercera y los soñadores se rinden para poder untar de mantequilla sus panes.

Con la decadencia el tiempo empieza a regirse de acuerdo a las fechas en que se pagan los salarios y en que se sale de vacaciones. Las voces se alzan sólo para hacerse notar en el mercado o para acusar a alguien de una competencia desleal. Tener, más que ser, y darle la vuelta a cualquier otro dilema existencial.

Consumir cultura prefabricada, escuchar música como se gastan pañuelos desechables. Ni cuenta te das cuando esta blandura te llega hasta el cuello y eres la sombra esféricamente caricaturesca de lo que fuiste. Igual y terminas siendo de los que hacen ejercicio, simplemente para canalizar tu consumo, y hacerte creer que haces por ti mismo algo que te hace sentirte competitivo para con los demás.

Lo que parecería la solución sencilla es botar todo y recuperar la libertad, pero es muy fácil decirlo y casi imposible realizarlo. La blandura conquista, la pereza seduce, la tranquilidad adormece y la estabilidad aturde. Todos queremos un camino fácil. El tiempo tampoco ayuda mucho y poco a poco tus huesos se niegan a alejarse del calor del hogar. Al final parecerá que todo fue una ilusión dentro de un círculo vicioso.

Quienes son fieles a sus sueños y se empeñan en no venderse, son glorificados por los blandos, pero siempre después de que son crucificados. Suelen morir ‘jóvenes’. Dudo que todo esto sea un fenómeno exclusivo de nuestros días.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Alto (el payaso de la luz roja)

Luz roja. Pie en el pedal del freno. Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho). Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso. Levantas la vista y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno. Un hombre casi calvo, el poco cabello que le queda revuelto de forma desagradable, pelo que parece quemado, mal oxigenado, Marilyn Monroe después de haber saltado del Hindenburg en llamas (fuego y no montada en un cuadrúpedo andino). El tipo tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente, en su boca un cigarrillo pirata que huele a neumático quemado. Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un punto negro, del grosor de la punta de un dedo, en el centro de cada círculo. Parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa humeante cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa. Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias.

El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es la Torre de Pisa arqueada, el arco de la derrota. Pasos cortos, cabeza gacha, la mirada que emana odio siempre viendo al frente. Es un frío día de diciembre, su ropa delgada y desgastada lo protege muy poco. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’. Lo único que lo distingue de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos.

Luz roja. Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’, o lo que le permite su poca destreza en este negocio. Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así se pasan lentamente la bola durante veintidós segundos.

Esporádicamente aspira su cigarro, quizá para darle al acto un “factor de peligro”. Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida, tácita torcida, entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad). El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno. A tres segundos de que la luz roja ceda el paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda.

Luz verde. Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.