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martes, 3 de noviembre de 2009

La fiesta insufrible en la vieja casona

Una vieja casona estilo victoriano con amueblado rococó, escenario de una fiesta común en una época que daba muy pocos motivos para festejar. Bajo el retrato cubista de Descartes en bikini se encontraba un retrete con títeres colgados, desde el cual un hombre decidió llamar la atención de los muchos presentes alzando su copa de vinagre togolés y gritando a todo pulmón: “In vino veritas”. El coyote rabioso que tenían encerrado en el baño principal comenzó a aullar la Traviata al revés. Nadie río por la ocurrencia del sujeto ni bailó al compás del coyote, dejaron el río correr y todos participaron en el linchamiento del sincero misterioso. El tiempo comenzaba a volar tal y como lo haría un halcón con un gran yunque atado en su pata izquierda. Beethoven estaba furioso, porque aseguraba que el yunque que anclaba al halcón había sido extraído de sus oídos. Treinta malabaristas mancos intentaron entretener a los presentes haciendo extraños dibujos con sus lenguas arrancadas. El mudo acto no levantó ni un ápice el ánimo general, ni siquiera emocionó un poco al ánimo sargento. “El tiempo, el mundo y las monedas, son todos redondos”, exclamó en tono triunfante el hombre de la mente cuadrada con la única finalidad de abortar el embarazoso silencio, mientras muchos lo relacionaron con el que creyó descubrir que la lluvia estaba mojada. “Por cierto, ¿ya se fijaron que hoy hace mucho calor?”, concluyó el hombre, apenado, por el simple hecho de decir algo más antes de perder la atención de los presentes. “Podrían pagarme durante 20 años por calentar una silla ocho horas diarias, pero eso sería más cuadrado que las redondeces de este mentecato”, fue lo único que se le ocurrió decir al fantasma ambicioso mientras un sacerdote trataba de exorcizarlo con Coca-Cola. Por ese entonces Homero solía escribir guiones para comerciales televisivos, “es más lucrativo que escribir poemas épicos”, decía a manera de justificación a cualquiera que no quisiera escucharlo. El tercer jinete del Apocalipsis comía apio cuando recitaba el guión de una película muda de Chaplin, esto lo hacía cada que se sentía muy nervioso, y en esa ocasión cómo no estarlo, pues se encontraba buscando la cabeza de Rasputín y lo único que había encontrado hasta ese momento eran las botas tejidas de Bismarck. Lourdes, apodada ‘la no milagrosa’, llegó del brazo de Sansón calvo y ordenó un peluquín y una quijada de asno rostizada para su acompañante, por supuesto que nadie le hizo el menor caso, pero la pobre no podía dejar de pensar en qué posibles afrodisíacos podrían devolverle a su pareja lo que una tal Dalila le había robado. José Pérez, aquel sujeto tan hispano como el que más, gustaba de disfrazarse de Robert E. Lee, y en éxtasis bélico desenfundó su pistola y comenzó a disparar a diestra y siniestra, al rimo de un viejo vals, mientras gritaba “muera Pancho Villa”. El coyote dejó de aullar la Traviata al revés y todos se ocultaron donde pudieron. Sin embargo, el arlequín desgraciado (ocupando todos los sentidos de este adjetivo) se encontraba tan ebrio de estupidez que ni siquiera sintió la bala que le depiló las pestañas del ojo izquierdo. De ese suceso proviene la frase Nulla dies sine linea, la cual se aplica a todos los que tienen las pestañas del ojo derecho más largas que las uñas de los pies. Los disparos cesaron y el verdugo lampiño del César cortó la cabeza de Juan Pérez con una goma de borrar (tarea que le llevó más tiempo del que te imaginas). Adán se hallaba oculto en el desván desde mucho antes de que empezara la fiesta, y allí se quedaría con justa razón, pues temía que sus descendientes le tumbaran a golpes todos sus dientes. La hermosa hueca dijo: “sospecho que la manzana tiene connotaciones sexuales” y después intentó conversar con su príncipe ideal de papel cuché, que estaba impresionado en una revista de tercera. Einstein dudaba entre rasurarse el bigote o peinarse, pero prefirió anotar números en su libreta favorita. Un grupo de fanáticos había logrado ponerle calzoncillos al David de Donatello (al de Miguel Ángel ya lo habían destruido, pues no traía cubierta la cabeza). “Por mi abuela que jamás volveremos a permitir situaciones tan depravadas”, exclamó el líder del grupo fingiendo ignorar a su hijo (al que apodaban ‘el erizo’ por todas las heroicas jeringas que llevaba siempre clavadas en sus brazos). Una ancianita que gustaba de empujar su carro de supermercado adondequiera que iba, recogió la decapitada cabeza de José Pérez con la idea de venderla haciéndola pasar por la cabeza de Pancho Villa. Freud, mientras tanto, rompía su propia cabeza tratando de resolver el enigma propuesto por un bromista sádico acerca de por qué tanta gente encuentra placer atormentando a sus semejantes. Todo sucedía, pero nada inmutaba a Judas Iscariote cuando éste se proponía buscar la segunda mejilla de sus semejantes. Un mesero vestido de águila calva (con mucho más pelo que Sansón) conducía su campana de salvamento con ruedas para ofrecer bocadillos a los que no habían sido invitados (quienes curiosamente eran numéricamente más que los invitados). Al ver que la fiesta decaía un poco, el Papa sugirió comenzar a jugar al rito Vudú, pidiendo a su cardenal de confianza que se quitara el antifaz y le trajera el becerro de oro que tanto adoraba. No todos los asistentes participaron en el juego, los protestantes (quienes en honor a su nombre trataban de estar en contra de todo) continuaron viendo la TV junto a los muertos vivientes. Tampoco participaron los tipos de las calentolendas (¿o se escribe carnestolendas?) perpetuas, pues estaban muy concentrados en desfogar sus energías (que realmente no eran tantas) en los miles de cuartos de la vieja casona, por múltiples motivos. Los ecologistas también se retiraron del juego, pues en éste se utilizó una gallina decapitada. El homosexual que nadaba en estilo mariposa comía cacahuates en la cornisa más angosta de la vieja casona, a una altura que hubiera hecho temblar al menos acrofóbico, preguntándose de qué manera podría ahora ejercer su derecho a ser lo que era enfrente de toda la gente. “¡Lo tengo!, haré púbico mi romance secreto con el reverendísimo cardenal”, se dijo, y de la emoción cayó de la cornisa muriendo en el acto asexual. Como todo juego que se prolonga demasiado, el rito vudú terminó por cansar a todos sus participantes, quienes sin saber qué hacer para divertirse se sentaron en donde pudieron mirándose unos a otros e ignorando todas las razones posibles. Un idiota hiperactivo decidió fundar una religión, basando sus dogmas en todos los libros de superación personal que le leía su bisabuela cuando era pequeño. La nueva religión consistía en saltar lo más alto posible y sin cesar (quizás con Augusto) con el fin de estar los más cerca posible del cielo prometido. La reina Isabel, quien llegó disfrazada de Marilyn Monroe montada sobre un guanaco que mascaba guano (pues la bestia era alérgica al tabaco), decretó ese día como festivo. Era su manera de expresar sarcasmos, ya que bien sabía que nadie se divertía en la vieja mansión. Tentadoras hojas de papel. Tan blancas como la pantalla de una computadora, las cuales invitan a ser manchadas con el fruto podrido de mi imaginación, sin importar qué tan absurda y famélica sea. A esto te pueden orillar los mediocres con poder, al menos hasta que den las seis. De las mil maneras de matar el tiempo esperando la hora de salida, ésta tiene la ventaja de distraerme tratando de crear algo.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Perro

Estoy acostumbrado a ver perros atropellados en el periférico, prácticamente diario hay uno nuevo; y aunque duela admitirlo, eso es ya un panorama rutinario, lo único que varía es el perro y el lugar donde yacen sus restos. Pero conduciendo un sábado primero de noviembre cerca del toreo de cuatro caminos, temprano por la mañana, me llamó la atención el tamaño del perro arrollado, pues éste era tan grande que hasta supuse que bien pudo haber sido un lobo.

La adivina se asustó desde que le miró a los ojos; y no pudo reprimir cierto temblor cuando le leyó los posos del café. Lo más terrible es que, a pesar de que así es la mayoría de las veces sin que logremos acostumbrarnos, el destino no mostraba lógica. Las interpretaciones decían que él moriría violentamente y relacionado con un gran perro negro, o quizás un lobo, que a su vez aparecía arrollado por un auto y quedaba abandonado en el vado de un camino. Contraviniendo lo que supuestamente los adivinos deben ocultar, ella le dijo exactamente lo que vio. Él, supersticioso como cualquier fanático, tomó muy en serio la advertencia y juró a partir de ese día no conducir ningún vehículo. Así vendió su auto y mantuvo su juramento. Se convirtió en un usuario constante del transporte público o de la gentileza de sus conocidos con automóvil. Aunque su temor llegó hasta tal punto que jamás nadie logro que se volviera a poner al volante siquiera de un inofensivo carrito de feria.

Por otro lado, desde la visita con la adivina, él rehuía a los canes negros; sin importar que fueran chihuahueños o gran danés, siempre se alejaba inmediatamente a la vista de uno. Pero una noche, saliendo de un bar con una amiga, estaban a punto de abordar el auto de ésta cuando él le pidió unos minutos para satisfacer una necesidad apremiante de deshacerse de una cantidad considerable de la cerveza ingerida. Ella lo esperó paciente en el auto mientras él regresaba al bar. Tras salir del baño decidió ahorrar tiempo, según él, y salir por la puerta de emergencia que había cerca de la cocina del bar. Quizás estaba lo suficientemente borracho para no calcular que dicha puerta, lejos de conducir a la entrada principal del tugurio, llevaba a un callejón solitario. Eso lo notó demasiado tarde, justo cuando había salido y la puerta de emergencia se cerraba a sus espaldas, sin posibilidad de abrirse desde afuera. Simplemente se encogió e hombros y decidió rodear el edificio.

No había dado ni tres pasos cuando un gruñido grave y fuerte se escuchó desde atrás del gran contenedor de basura. Él tembló y sintió un sudor frío recorriéndole todo el cuerpo. Y antes de que pudiera siquiera pensar en hacer algo, un animal negro y enorme, casi tan grande como una persona, se abalanzó hacia él dispuesto a atacarlo. Él simplemente perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos, estaba acostado en una cama de hospital, totalmente vendado y sentía ciertos dolores agudos en distintas partes del cuerpo, principalmente en los brazos y en el pecho. A la primera enfermera que vio le preguntó amablemente qué le había sucedido a él. Ella, nada amablemente, sino como realizando una rutina, le explicó que había sido conducido al hospital tras ser atacado por un animal en un callejón.

Más tarde, cuando fue visitado por familiares y amistades, logró enterarse que la historia había sido tal como la expresó escuetamente la enfermera, y que había estado dos días inconsciente en el hospital, que ya no había nada de que preocuparse, ya le habían curado las heridas y puesto la vacuna antirrábica, y que dentro de poco sería dado de alta. Del perro, porque ahora que él les había dicho sus últimos recuerdos, todos asumían que debió tratarse de un gran can, nadie había sabido nada, pero que las autoridades lo estaban buscando por la zona.

Una vez dado de alta, él retomó su vida normal, con unas cuantas cicatrices nuevas. Casi al mes de su accidente, sus amigos decidieron darle una fiesta, para celebrar su total recuperación (vil pretexto para embriagarse y convivir, o convivir y embriagarse, no hay problema con el orden en este caso). Antes de la fiesta tenía una comida de negocios, afortunadamente muy cerca del lugar donde se realizaría la convivencia etílica en aras de la amistad; y por eso decidió alcanzar a sus compañeros tan pronto terminase su comida.

En la comida de negocios, él decidió aplicar los consejos que alguna vez leyó en algún libro ‘para triunfadores’, en el que se recomendaba, para lograr una ‘empatía logística basada en El arte de la guerra (sic)’, beber lo mismo que el cliente, y en la misma cantidad. Razón por la cual, se vio bebiendo varias copas de whisky, bebida que él no asimilaba nada bien, en cantidades iguales a las de su cliente quien, más que hombre de negocios, parecía cosaco eufórico. La comida se prolongó hasta que casi iniciaba la noche. El se despidió educadamente en una mezcla de español y lengua muerta, y tras rechazar el taxi que el capitán de meseros le ofrecía, se perdió de la vista de todos haciendo ‘eses’ en su camino y doblando una esquina, eso era lo último que él medio recordaba de esa noche.

La siguiente imagen de su conciencia, era despertar en un lugar desconocido, vestido con ropas que no eran suyas, con muchos raspones en la cara, en los brazos y en los pies, y con un cansancio y dolor de cuerpo, tales como si hubiera recorrido el maratón de Nueva York y comido en una orgía digna de monjes medievales.

No tardó en aparecer uno de sus amigos, quien además de ser el dueño de las prendas y de la casa en donde ahora estaba, le explicó lo poco explicable de lo sucedido. Resulta que en la fiesta esperaron y esperaron, bebiendo para no sentir tanto el paso del tiempo, y así estaban alegres, como ciertos hombres de negocios que gustan del whisky, cuando alguien se percató tanto de la hora como de la ausencia del festejado. La preocupación cundió entre todos ellos como plaga bíblica, y decidieron salir a buscarlo. Después de una hora de búsqueda infructuosa, el mismo que se había percatado de la ausencia sugirió ir a la policía. Tras esto, los representantes de la ley se aplicaron, y ya había amanecido cuando encontraron al festejado de la frustrada fiesta, tirado inconsciente, y totalmente desnudo, con varios raspones y sangre, en un callejón. Todos coincidieron que había sido víctima de un asalto.

Los amigos hicieron los trámites necesarios y tras llevarlo al hospital -donde determinaron que no había sufrido mas lesiones que los raspones y unos golpes sin fracturas-, decidieron hacerse cargo de él. Sólo que en el hospital él despertó aterrorizado y tuvieron que sedarlo, por eso ahora despertaba a media tarde sin recordar gran cosa.

Él se preocupó por esas circunstancias, y culpando al alcohol, que había sido uno de los elementos comunes en el origen de sus dos desgracias, decidió dejar de beber, sin importar lo que digan los libros para triunfadores sobre la empatía.

Con más cicatrices y nada de alcohol, él retomó su vida. A casi un mes del segundo suceso, fue invitado a una fiesta de halloween a la que, naturalmente, tenía que ir disfrazado. A él le fascinaban estas fiestas, tanto que ya hasta tenía una señora que siempre le confeccionaba sus disfraces. Ella vivía por un campo militar, cercano al toreo de cuatro caminos. Pero ese año, había tenido más pedidos de disfraces que los años anteriores, por lo que le dijo a él que le tendría el disfraz listo el mero día de la fiesta.

Él decidió reírse un poco de las predicciones de la adivina, y se mandó hacer un disfraz de perro rabioso. Lo recogió poco antes del anochecer, se lo probó y quedó satisfecho. Tras decidir que llevárselo puesto de allí hasta la fiesta no sería correcto, pidió a la señora que se lo envolviera en una bolsa, y se despidió de ella. Esa fue la última vez que alguien lo vio.

Esa misma noche los policías encontraron, no muy lejos del toreo de cuatro caminos, el disfraz intacto en la bolsa. La luna llena facilitaba las investigaciones brindando una potente luz natural, por lo que no costó trabajo encontrar pedazos destrozados de la ropa que él vestía algunas horas antes. Jamás encontraron su cuerpo, y nadie relacionó la desaparición con el gran perro negro, que más parecía un lobo, el cual yacía atropellado en pleno periférico, a menos de 30 metros de las investigaciones policíacas.