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viernes, 14 de agosto de 2009

ad náuseam

Náusea. Tripas revueltas por la tormenta. Subir y bajar, el mar intranquilo, sin puerto. A veces llega uno a la playa y todo bonito (hasta casi aprende uno a nadar) pero de nuevo llegan los nubarrones y ahí vamos. Montaña rusa existencial, que coquetea con la ruleta de la misma nacionalidad. Se pide tregua y se obtiene más guerra. Siempre igual. Nunca en el mismo canal. Se propone como solución la indiferencia, mayor absurdo que el actual. No hay arca de Noé, sólo animales naufragando a la deriva. Tan soberbios, tan malditos en su autoimpuesta elevación. El pecado, si es que existe algo así, fue trepar al otro en un nicho, que se quemó hasta el carbón por culpa de una vela vomitiva. Ya nada está claro. En la tormenta el cielo se confunde con los abismos del océano. S.O.S. ESO Es todo (enemigos).

sábado, 26 de julio de 2008

Antes del naufragio

Tres marineros naufragan en tus tormentas y posiblemente terminarán varados en la isla de tu olvido. Otros tres vendrán a ocupar sus lugares, o quizás sean treinta veces tres o 70 veces 77. Yo no sé nadar y por eso, a estas profundidades de las circunstancias, sólo dependo de mi suerte. De tu clima depende este triple futuro, pero lo más probable es que todos naufraguemos en tu próximo huracán, sin importar cuántos seamos o de cuánta paciencia presumamos. A pesar de que mis aguas se amansaron por ti, no hay rencor ni recriminaciones, quizá sólo fue un ingrato descanso que dudo poder olvidar. Recuerda que a pesar de tus tormentas o de tu belicosa paz, sigo dependiendo de mi suerte porque yo no se nadar. Ignoro qué sucederá al resto pues, francamente, eso me tiene sin cuidado.