Saturado de alabanzas a la juventud, ese tesoro que se sólo se valora una vez que lo hemos agotado. Alabanzas a la belleza, ese don que justo en el momento en que más lo aprecias, se escapa como un ladrón llevándose consigo lo vano de tu corazón. Alabanzas al dinero, que entre más se tiene más se quiere y más desvelos produce. Alabanzas a la venganza que por mera justificación solemos llamar justicia. Alabanzas a la poesía comercial que sólo conmueve cuando vende y que se disfruta mejor en grupo. Alabanzas a la seguridad y a la rutina que encadenan tu libertad y te libra de pasar fríos y de contemplar a la luna. Alabanzas a ese Dios en altares de oro del cual esperas misericordia, que no tienes ni siquiera contigo mismo. En cambio yo, en vez de todas las alabanzas comunes sólo quiero agradecer al destino el haberte conocido.