Lo peor del caso entre la divagación y la realidad, cuando conoces en persona a la persona que escribe públicamente, y que aspira a ser algo sin necesidad de aspirar nada para inspirarse, es tomar lo que dice como un mensaje personal. Es curioso que la entrada anterior haya sido escria hace tiempo y parezca ahora tan vigente. No hay coincidencias. El problema es que a veces el inconsciente, subconsciente, careciendo de lo que indica su nombre, es más judas que yago y proporciona puñaladas traperas con un trapeador. Los adioses deben decirse de viva voz, no a través de mensajes en botellas, arrojados al océano intranquilo de los ojos curiosos o indolentes, indiferentes y sin dolor. Aquí va un mensaje personal: creo que algo me está hartando, mucho. Al notar que no soy quien quería ser, al desconocerme en actitudes y actividades, al perder el sentido de las calles y de la vía apia y zanahórica... no sé, eso que antes iba tan bien, ahora no va ni medianamente lindo. Esto no es una divagación, es lo más personal que he puesto aquí (quizás no, pero sí es lo más directo). Por otro lado, ahora que recuerdo, mis despedidas han sido muchas, demasiadas, todo un volumen, bajo y obeso, de adioses, de todos sabores y colores; pero como búmeran, siempre regresé, pero sólo con una persona. Igual y la próxima ya no aplico la del General McCarthur, quien, con su pipa de Popeye, volvió, sin que su estómago tuviera nada que ver. Suena a amenaza, al suicida que anuncia "me voy a matar", para que lo disuadan. Pedro, el del lobo, que acabó como carne molida en una barriga. Soy malo para las ficciones y en lo que digo siempre hay algo de lo que vivo. Siguiendo el ejemplo prudente de Sherezada, callaré discretamente, y no exhibiré más cosas tan personales.
jueves, 22 de mayo de 2008
miércoles, 21 de mayo de 2008
Cuando las cosas se acaban
Es difícil cortar el cordón umbilical de una rutina que sabe a muchos años. Es difícil aceptar la realidad y enfrentar el vacío que hay detrás del 'todo acabó'. Al final, tenemos que sacar de algún lugar la dignidad y acordarse de cómo se dice un 'adiós'. ¿Para qué deambular entre las ruinas con paredes de recuerdos? No viene al caso empezar a preguntarse en qué momento se salió el carruaje de la autopista. No tiene sentido tratar de entrar en la mente de quien te acompañó sin estar realmente contigo. No hay razón en buscar lógica a las situaciones absurdas del ayer, necedad de necedades y pura necedad. Querer encontrar los restos de algo en el vacío, pintar montañas en donde sólo hay llanura, perseguir el viento y asir las sombras, con todo eso acabarás en la amargura. Nada en este Mundo es seguro ni eterno, nada es estable entre seres como tú y como yo, ¿cómo esperábamos vivir juntos eternamente y no esperabas que de mis labios saliera para ti un adiós?
martes, 13 de mayo de 2008
Ring (sin boxeadores)
¿Quién será cuando el teléfono suena? El fin de la espera porque quien esperas te llama; el insulto intempestivo de quien con su corazón te odia; posiblemente el casero al que le debes dos rentas o algo que compraste y te notificarán la cuenta. El aviso del trabajo para el que te entrevistaste; el 'te quiero' tardío de quien alguna vez amaste; puede tratarse de una oscura noticia o el que empieza a investigarte la policía. Puede ser la voz de tu madre, por ti muy preocupada; el tipo que se equivoca y al que no le importas nada; pudiera ser alguien que obscenamente te persigue o las felicitaciones extemporáneas por los años que cumpliste. Puede ser tu jefe para recordarte tus obligaciones; quizás te llama para empezar a tener ciertas relaciones; igual y es un desesperado solitario sin llano que sólo quiere hablar o la persona que quisieras que ya no te llame más. Qué tal si es el anuncio que cambiará drásticamente tu suerte; o el anuncio del terror acerca de tu propia muerte; una voz que en su angustia te consuela o la compañía de teléfonos haciendo pruebas. Ese familiar que quiere hacerte daño; o el amigo que te habla cada 365 días; pudiera ser la persona que está loca por ti y quien tú deseas que siga así. ¿Quién será cuando el teléfono suena?
lunes, 12 de mayo de 2008
En el Cielo
En el Cielo todo está bien. Miami puede presumir al Mundo que es la ciudad en donde habitan los vagabundos con mejor color de piel. Bronceados que envidian esas ansiosa ancianas anquilosadas que parecen buitres excéntricos, las que a las 8 de la mañana van al salón de belleza Rococó Pompadour para que las hagan el milagro de hacerlas parecer vivas. Momias estilizadas. Distintas, en lo que a actitud existencial compete, de las momias no sagradas que se ejercitan diario en South Beach, corriendo en bikinis, presumiendo una piel tan colgante como las cortinas teloneras del viejo cine Ópera o como los maravillosos jardines de una Babilonia muchísimo antes de que existieran los EEUU. En el Cielo todo está bien. En la estación del metro de Coconut Grove muere en reposo, como Buda grasoso, carente de gracia, un vagabundo blanco, de cabeza rapada y más de cien kilos de peso. Siempre tirado, dormitando en una barda o conversando, tendido en el suelo, con sus colegas. Sus pies descalzos parecen recubiertos por un calzado de mugre. El más leve movimiento provoca oleadas de tejido adiposo en su cuerpo. Ignoro a qué huele, pero a diez metros de él, y de sus amigos, se percibe el aura de jugo de vejiga. En el Cielo todo está bien. En el país de donde yo vengo, los vagabundos tienen largos cabellos y son delgados, como las ilusiones cimentadas en realidades, apestan, algunos se creen emperadores travestis, otros piensan que son dueños del sol, del aire y del reflejo de la luna sobre el agua, pero no usan zapatos deportivos y rara vez pesan más de 50 kilos. En el Cielo todo está bien. El Moby Dick de Coconut Grove me importa un pito, de hecho todos los pitos me importan ídem, menos el mío; auqnue nunca he sido Rodolfo Valentino y tiendo a encontrarme a Gloria Gilbert en cada mujer, o se el equivalente feo de ella en cada mujer que encuentro. Espero que la maldición hermosa se haya roto. En el Cielo todo está bien. Sólo hay tres posiciones en las que puedes encontrar al gordo vagabundo: tendido boca arriba, tendido boca abajo o transportando su cuerpo (que ocupa el espacio de varios) de un punto de reposo a otro. Debo ser sincero, jamás lo he visto desplazarse, pero sí lo he visto reposar en distintos lugares, no muy distantes uno del otro. Igual y tiene uno de esos carritos eléctricos en los que por ahí se mueve la gente tan gorda como él, jubilados o mantenidos, se mueven en carritos pequeños por cuyos lados se desborda anatomía humana deformada por la obesidad. La obesidad parece obsesión, es pandémica en este país. Igual no es descuido, quizás es una enfermedad de la tiránica tiroides. Respecto al desplazamiento del vagabundo, no sé, como son aquí igual y llaman a los bomberos para transportar al obeso los cinco metros que hay entre un punto y otro de su reposo. Eso explicaría por qué con tanta frecuencia veo pasar los camiones de bomberos rumbo a una emergencia y jamás he oído de ningún incendio. En el Cielo todo está bien. Los vagabundos ‘productivos’ están en Lincoln Road, cerca de la playa. Éstos son jóvenes y fuertes, algunos musculosos que se ejercitan en Ocean Drive, pero todos bien bronceados, y su arte es hacer florecitas y animalitos con tiras de palmera. Y las hacen siempre, no sólo el Domingo de Ramos (los López, los Pardavé, los Pérez, los Jiménez, los Romero y otros más se quejan porque ellos no tienen, como los Ramos, un domingo… eso le vale un pito a la oficina encargada de recibir sus quejas). Te ofrecen las artesanías de palma como si fueran un regalo y si lo aceptas, al modo gitano, te exigen un pago. Mal de ojo garantizado. En el Cielo todo está bien. Si caminas a lo largo de la playa, por donde las olas intentan conquistar delicadamente la arena de la orilla, podrás encontrar muchas conchas (de probable maculada concepción) y varios vidrios ámbar de botellas de cerveza, todos inofensivos, pues el mar se ha encargado de quitarles el filo. En el Cielo todo está bien. En Coconut Grove hay una tienda de helados, muy muy lejos del vagabundo obeso, en la que ofrecen muchos sabores, de entre los cuales para mí destaca la amarenata (adicción que contraje en el viejo mundo, cuando vivía en el tercero, y que me vuelvo a topar ahora que habito el primero). No me gustan los postres, los dulces ni los helados, pero con la amarenata y los tres chocolates, hago una excepción. La regla se rompe y se corre el riesgo de sufrir o gozar un embarazo. En el Cielo todo está bien. El gordo pasa su vida sin preocuparse de los demócratas ni de los republicanos, Obama suena a Osama, a él le importa un pito si EEUU le da o no dinero a México para que combata el narcotráfico (México celebra el día de su pseudo independencia en Septiembre). No le importa el colesterol ni el valor de las acciones en Wall Street o las de Nasdaq. No le interesa que empiece a haber crisis de hambruna en Centroamérica, de hecho, como muchos de sus compatriotas, ni siquiera sabe dónde está Nicaragua. No sé si el obeso indiferente viva realmente, al menos en comparación con los engranes productivos que hacen algo de nueve a cinco y al final van a sus casas a doparse con TV. Los monitores de plasma gastan más energía que los antiguos televisores, pero no importa, aquí todos quieren ver la misma porquería de siempre pero con mayor nitidez. No importa la energía ni el ambiente, aquí los limpiadores de las calles usan máquinas que consumen gasolina en vez de escobas. ¿Adónde ira a parar el Mundo (con todo y vagabundos, bronceados o decolorados)? No lo sé, no soy adivino, ni gitano ni hago animalitos con tiras de palma. En el Cielo todo está bien… eso lo creen muchos, porque a muchos les importa un pito la opinión de Lucifer.
jueves, 1 de mayo de 2008
Entrevista de trabajo
El fulano llegó puntual a la cita. Vestimenta típica para una rutinaria entrevista de trabajo. El entrevistador cumplió con su papel desde el principio. El fulano, no. Carente de sonrisa y la vista perdida la mayor parte del tiempo, el fulano llevaba un rictus de muerto, pero no de risa. Entregó el curriculum vitae, diciendo: “Esto debería llamarse mejor tedium vitae”. Y se vendió de una manera en que nadie lo compraría. “El trato es el siguiente”, dijo, “denme un lugar decorosamente humano para trabajar, exíjanme las tareas que se deben exigir a una sola persona, respeten mi tiempo libre como si fuera lo más sagrado para mí y páguenme en justa proporción a mi labor. Eso es todo. Creo que cumplo con los requisitos que buscan para el puesto. Por mi parte, les ofrezco trabajar con toda la ética posible y entregar un trabajo de la mejor calidad”. El entrevistador, debido a la sorpresa, borró (por la centésima fracción de un segundo) la sonrisa obligada de su papel. Pero estaba bien entrenado y pronto se recuperó. Después dijo, en el tono de siempre, “muchas gracias, nosotros nos pondremos en contacto con usted”. Jamás llamaron al fulano. Mefistófeles no se conforma sólo con lo aparente del contrato, además de tu alma te quiere quebrar la espalda, y exprimirte con el menor esfuerzo posible de su parte. Si quieres comer tienes que firmar… ¿realmente tienes que firmar? Sigiloso silogismo sencillo.
miércoles, 30 de abril de 2008
¿La realidad verdadera?
Sueños. Fuga nocturna. Rompecabezas de impresiones que no embonan muy bien, o que embonan perfectamente. Proezas imposibles, consumación de pasiones que nos niega la vigilia. El sabor de las mil muertes y volar sin tecnología alguna. Seres queridos resucitados, seres alejados de vuelta contigo. A veces malas experiencias, el encuentro cara a cara con algo más feo que la maldad. No me gustan cuando son producto de la fiebre. Convivencias descabelladas, terrores de los que puedes escapar en el último segundo, o abrazos ansiados, en el día frustrados, de los que no quisieras desatarte. En mi caso, cadenas largas de incoherencias barnizadas con su propia lógica. Sólo despierto es que logro descubrir sus absurdos. Para mí los sueños son necesarios, no le creo a quien me diga que son un desperdicio de mi tiempo. Quien dice eso no ha aprendido a valorarlos. No podría yo vivir sin ellos, por eso ¡que vivan los sueños!
martes, 29 de abril de 2008
Pensamiento cursi sin cursivas
Leí, en un libro escrito en un estilo tan parecido al que llamo mío (y que posiblemente por esa razón me quitó por un tiempo el deseo de escribir), que el amor de nuestra vida es aquel con el que no nos casamos. Eso puede explicar mi estado civil actual, mas no el estado geográfico en donde ahora vivo. Si esa frase es cierta, entonces sólo me convenzo más de que la gente no se casa por amor. Con el amor solemos confundir la calentura, el enamoramiento, la locura y la pasión. Por otro lado, personalmente dudo que exista un amor verdadero (de pareja, que el Platónico se vaya mucho al carajo) sin dosis de todo lo anterior. Enrique VIII, de seis esposas, sólo estuvo casado una sola vez por amor, ¿eso nos indica que debemos al menos intentarlo seis veces pasa saber cuál fue la persona correcta? Alguien nos vendió desde hace muchos años la idea del ‘vivieron felices para siempre’, como si el matrimonio fuera una meta, cuando realmente es sólo un inicio, y por creer en esa idea es que las relaciones de pareja se acaban. Otra frase que cala es aquella de “aún el amor infinito se desgasta”, esa la entiendo por el lado de que es un trabajo de dos, y uno solo no puede hacerlo todo; si es así, sólo es cuestión de definir el día para empezar la separación. Igual y alguien se casa con el amor de su vida un soleado día de primavera, con lindos pajarillos cantando y ningún buitre a la vista. Pero diez años después las personas ya no son las mismas, aquella que fue la linda novia dulce e inocente, se convirtió en una linda mujer que conoció la filosofía, en tanto que aquel galante joven sonriente se torno en un bonachón fulano repetitivo y adicto a la tv. Diez años después no son los mismos que se comprometieron ante varias leyes aquel lejano día de primavera, y diez años después ninguno notó cómo es que su pareja se transformó para llegar a ser lo que es en el presente. Desilusión en tonos de gris. Nunca he estado en ese compromiso, y cualquier cosa que diga será hipotética e hipocondríaca, pero creo que si alguna vez me subiera a ese tren, lo haría con la diaria consciencia de no dar nada por hecho y haciendo lo posible para no tener que saltar de él a la mitad de una noche. Espero que si alguna vez lo hago sea por amor, y que por amor al amor no deje yo que se muera. “Palabras, palabras, palabras”, escribió burdamente el Bardo.
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