sábado, 7 de junio de 2008

De lo mucho y de lo poco

Muchos hablan demasiado y de lo que hablan conocen demasiado poco; pocos identifican al amor en la primera vista, pocos son conscientes del momento en que están fabricando un recuerdo, casi nadie es lo que aparenta ser. Pocos son los amigos verdaderos, pocos los que se atreven a una entrega total, pocos tienen sentimientos sinceros, muchos se preguntan qué te pueden robar. Pocos aman a los otros como se aman a sí mismos, pocos saben utilizar el sarcasmo de manera que no sea un arma barata, pocos son amables con los caídos, muchos te estiman cuando quieren obtener algo de lo que tienes. Pocos ven más allá de sus narices, pocos cumplen lo que prometen, pocos son realmente libres, casi todos hacemos lo que más nos conviene. Pocos se resisten al dinero, pocos aplican las leyes de honor, pocos conocen la palabra eterno, muchos escupen a la cara del amor. Puedo estar aquí, sin estar presente, puedo simular que sigo la corriente, pero esto a la larga sería fingir, creer en una mentira que no puedo tragar.

viernes, 6 de junio de 2008

Carreteras

El tiempo que he vivido ha sido dictado, autoritariamente sin exigencia aparente, por el ritmo de tu propio reloj. Los caminos que he tratado de seguir han sido los indicados por tu brújula, cuya aguja parece hélice de biplano volando o un ventilador en verano. Por ti he esperado cuando a mí no me gusta ejercitar ni la paciencia. Tú, tan fijada en el pasado, dejas morir el presente, pudriendo de antemano los posibles frutos del mañana. Y yo, tan tarado, que me sigo mareando sin salir de tu círculo vicioso. Llegó el día de las recriminaciones, decir “yo todo te lo di” y oír la respuesta de “yo jamás te pedí nada”. Bien pagados los dos. Uno quiso saber quién iba a escribir la historia de lo que pudo suceder, la otra siempre quiso escribir la historia de lo que era y lo que sería. Así sucede que tras quererse tanto, siendo dos extraños, se separan con amarga espuma del mar de la rabia. Se separan heridos, ardidos bajo el quinto sol y como viviendo en el sexto infierno. Dos incompatibles desconocidos que se creyeron compañeros de viaje y que al conocerse se dieron cuenta de que no tenían nada en común, ni la corriente eléctrica de sus impulsos. De aquel cariño ficticio sólo quedará. Si bien les va, la indiferencia y el mal sabor. Ojalá hubiesen visto a tiempo los signos de la carretera.

miércoles, 4 de junio de 2008

Doce horas

Doce horas seguidas de dormir, sin soñar. Como un tronco, como una piedra que no rueda, que a lo más sólo gira sobre su propio eje. Doce horas en apariencia improductivas. Despertar con un mareo por el exceso de descanso y los ojos hinchados como ligeramente golpeados por el campeón Mundial de los pesos más pesados. Moverse se siente al principio difícil, como si por una amnesia uno hubiese olvidado la manera de hacerlo, pero poco a poco se aplica la de Galileo (“y sin embargo…”). Doce horas de olvido, fuera de este mundo de amarguras y maravillas, de horripilancia y belleza, de fanatismo e indiferencia. Ausente, estando allí, ajeno a todo. Y al despertar, lejos de sentir la frescura y la energía recuperadas, sólo queda un gran cansancio por haber dormido tanto. Qué ironía.

lunes, 2 de junio de 2008

Como Cuauhtémoc (sin tesoro)

Medio día, el sol, cumpliendo su trabajo, en su máximo candor; perfecto para el duelo en el viejo Oeste o para que se insole Van Gogh. Pero aquí es la playa. Gente adinerada, gente de moda, gente en desmanes y gays que sacan a sus perritos a conocer el mar. Después de caminar lo que serían treinta calles en la orilla del mar, dejando que el agua refresque mis pies, llegó un momento para el reposo. Me senté mirando al mar y a las muchas, muchísimas personas que no le tienen miedo y saben nadar. No las contemplo por mucho tiempo, tomo mi mochila y emprendo el regreso, descalzo hasta llegar a una banca en el andador, como acostumbro, para calzarme y vestirme. La arena seca está en verdad caliente, me siento un faquir principiante, es soportable, sigo adelante. Llego hasta los siete escalones de madera donde inicia el andador, cinco pasos después de éstos está la banca, cubierta por un techito, fresca y sin ser tocada por el sol. La madera está mucho más caliente que la arena, al principio no lo siento, pero al quinto escalón… “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Cada paso siento mis plantas de los pies arder, un suplicio, Cuauhtémoc sin tesoro y sin un Cortés descortés que me ayude ni que me perjudique, obviamente para esto me basto solo. No me atrevo a mirar mis pies, capaz que hasta sale humo de lo abrasados que deben estar y yo con el hambre que tengo, no quiero verme tentado a comer mis propios pies. Que dolor… “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Un paso más y listo, estoy en la banca, donde están una señora, reprendiendo a sus dos hijos, una niña como de seis años y un bebé que al verme me dice: “¡papá!” La señora interrumpe su regaño y desmiente de inmediato al niño, mientras su hija me mira inquisidoramente, seguro trata de explicarse a que se debe el dolor que se dibuja en mi rostro. Tan pronto me siento, miro mis pies, rojo carmesí, tono del color de labios de la mejor vampiresa de la época dorada del cine. La niña entiende ahora el porqué. De inmediato, por mi mismo camino recorrido, se aproxima un hombre descalzo que, como yo, parece decir: “¡ay, …ta, yay, pu…, iiii, …dre, fhhh, chin…, ahhhhh, ma…, auuuu, …gada, ufff, …da, fssss, mier…!” Viene cargando una sombrilla multicolor, una hielera y dos salvavidas. Al llegar a la sombra el bebé le dice: “¡papá!” En esta ocasión la madre no corrige, sino que reafirma la palabra del pequeño. El tipo se sienta en el espacio libre de la banca y se mira los pies, quienes compiten en rojura con los míos. La señora le dice al esposo: “te dije que trajeras chancletas”, ella tan orgullosa de tener la razón y usando el purgante tono de ‘te lo advertí’, que todos odiamos pero que, a pesar de ello, usamos con frecuencia, aún sin querer. Él la mira en silencio, pero su mirada dice más de mil palabras que están en el rango que va del ‘¡idiota!’ al ‘¿por qué no te metes las palabras por…?’ La señora, sin sentirse ni un poquito mal por la mirada de su marido, voltea a ver a su bebé, al que intenta vestir y le dice: “por favor, quieto, quieto, ¿es que nunca puedes estar un momento en paz?” Sin tomar aire le dice a la niña: “ponte al sol para que se seque tu bikini”, para luego dirigirse al marido: “siempre quieres ignorarme, te dije que trajeras tus chancletas [ahora al bebé] ya no te muevas tanto, ¿puedes estarte quieto? [a la niña] al sol, al sol, así nunca se te va a secar el bikini luego llegas al coche y lo mojas todo”. La mujer me mira de reojo, y al darse cuenta que no me puede decir nada porque no soy de su familia la toma de nuevo con el marido: “siempre es lo mismo contigo, nunca me haces caso, no te hubieras quemado los pies si hubieras traído tus chancletas [aquí aprovecha para mirarme y hacerme sentir también idiota], bien te lo dije en la mañana antes de que empacaras, pero no, jamás me haces caso, eso desde siempre, desde antes de casarnos, desde que éramos novios [al bebé] por favor ya deja de moverte, así no te puedo vestir [a la niña] pero bien al sol, ¿cómo crees que se te va a secar si no te vas al sol? [al esposo] ¿te arden mucho? ¿quieres crema? No te muevas sí ahí quédate hubieras traído tus chancletas…” Yo ya he terminado de ponerme mi camiseta, mi pantalón y mis zapatos, me alejo de allí maravillado de que una persona pueda hablar tanto sin darse un respiro y mirando de reojo la mirada resignada de la hija y del marido. Me alejo, sin emitir ningún juicio, caminando como el viejo John Wayne.

sábado, 31 de mayo de 2008

Acto de fe

Convicción, más que eso: fe. Fe absoluta, de esa que es capaz de mover montañas de semillas de mostaza. Con fe todo es posible: levantar muertos de sus tumbas, no importa qué tan profundamente estén enterrados; tener hijos desobedientes que terminan obedeciendo y aceptando la herencia paterna; pasar agujas y camellos a través de los ojos. Con la fe todo es posible. Ya lo demostró un profeta, no recuerdo el nombre, ¿Isaías, Daniel, Zacarías, Ezequiel, Gabriel?, el nombre es lo de menos, pues lo que importa es el acto de fe. Ese profeta que se metió en una jaula llena de leones hambrientos, fueron los romanos los que le metieron allí. Los leones no le hicieron nada a este profeta. Dios les ordenó que no se lo comieran porque él tuvo fe. Dios se manifestó allí porque el profeta tuvo fe. Los profetas no son escuchados por los hombres de su tiempo. Y los hombres de este tiempo no creen ya en Dios. Han perdido la fe que los antiguos atesoraban como lo más valioso. Es necesario demostrar el poder de Dios. Es necesario que los hombres vuelvan a creer en su creador. Por eso entraré en la jaula de los leones en el zoo. Atacarían a cualquier intruso, pero no a mí, porque tengo fe. Por eso les invito a que estén atentos, que esta semana tengan preparados a sus reporteros cerca de la jaula de los leones. No traten de impedirlo, pues perderán una gran oportunidad, la de ser el medio que muestra al mundo el poder de Dios. Si intentan impedirlo, lo sabré y entonces haré otro intento, en otro lugar, pero ya no les avisaré a ustedes. No pierdan esta oportunidad.

Atentamente

Zacarías

Domingo a medio día. Hacía una semana que la cadena de televisión montaba una discreta guardia en el zoo. Puntuales desde el día en que recibieron una extraña carta que habían mantenido en absoluto secreto. No fue necesario dar explicaciones a nadie, ellos ‘eran la televisión’, y la televisión cuestiona, pero jamás es cuestionada.

El equipo de producción estaba a punto de creer que todo había sido una broma, pero la situación cambió súbitamente cuando un tipo de unos 30 años de edad se acercó sospechosamente a la protección del foso de los leones y comenzó a gritar “Sean testigos de la Gloria del Señor”, para de inmediato arrojarse a los leones (literalmente).

El camarógrafo, siempre atento y preparado, registró todo. Culminando en la única gloria que el tal Zacarías demostró: Dios creó a todos los seres, y algunos de ellos los dotó de una voracidad asombrosa; pues las bestias molestas por haber sido interrumpidas en su sueño, tan cercano el momento de su alimentación, no sólo atacaron al moderno remedo de profeta, sino que lo devoraron por completo.

El suceso fue todo un éxito. El rating de la cadena televisiva se disparó a los cielos donde dicen que habita Dios. Todo mundo vio una y otra vez a los leones devorando a un tipo, incluso lo vieron aquellos que criticaron a la cadena por transmitir semejante hecho. Todo mundo emitió su opinión.

Hubo personas que dijeron que Zacarías fue simplemente un loco. Los creyentes se dividieron en dos opiniones: quienes decían que el tipo no tuvo la fe suficiente, motivo por el cual fue devorado, y los que juzgaron que Zacarías se lo buscó por tentar a Dios. La gente, como de costumbre, no logró ponerse de acuerdo.

Hoy, que todos han olvidado a Zacarías, los leones siguen siendo el centro de una controversia que el fallido profeta desató: “¿El director del zoo está alimentando bien a los animales o se está robando el dinero destinado a ese fin?” Si lo vemos desde ese punto, el sacrificio no fue en vano.

La segunda parte de Lo que el viento se llevó

Entre Alexandra Ripley y Donald McCaig, lo que el viento se llevó se está pareciendo un poco a Star Wars. Parece que a los seres humanos nos gustan las cosas terminadas, los finales definitivos, pero cuando los tenemos muy cercanos a la perfección queremos saber qué más pasa, hasta que caemos en el desencanto y nos decimos ¿por qué lo hicieron? Lo que el viento se llevó es una de las mejores novelas que he leído, es curioso que sin grandes aspiraciones literarias Margaret Mitchell haya logrado una de las obras más interesantes acerca de una relación tormentosa, a veces tan borrascosa como ciertas cumbres, que tenía un excelente final. Sin embargo la gente acostumbrada a la comida enlatada, a las decisiones tomadas y a ser pastoreadas; o bien uno que otro curioso que quiere saber qué Alicias hay del otro lado del espejo, siempre caerán en la trampa. No niego que la tentación por saber qué sucede con Rhett y con Scarlett a veces me ataca, pero creo que se sobreentiende que él se va para no regresar y la historia original era el universo que empezaba con el encuentro y terminaba con el desencuentro. ¿Para qué querer más? Luego nos quejamos que caímos como soldaditos de plomo en la alcantarilla cuando Indiana Jones es un anciano que apenas puede con su alma y tiene un encuentro cercano del tercer tipo con el mero fin de vendernos una tramposa franquicia, maquinita para hacer dinero. Como los buenos jugadores (que creo que no existen) hay que saber cuándo pedir más cartas y cuándo retirarse.

Desbalance

Sacando un largo cigarrillo blanco de la cajetilla, sin hacer mucho porque ni poco se puede hacer para ocultar su avanzada calvicie que está a punto de declarar conquistado su cráneo, el guapo de ayer suspira desesperado. ¿Qué quieres que haga?, le pregunta a la joven secretaria que furtivamente se ha encontrado con él en un café, osada movida mientras la esposa madura está comprando, lo mejor que puede conseguir con el dinero que le sobra, a dos calles de distancia. En su juventud era tan apuesto y varonil como un galán del Hollywood de los 40, ahora le queda algo de apostura, pero sin su dinero nadie le apostaría mucho. Los años le han demostrado que hay hombres a los que les sucede lo que a las mujeres bellas que confían demasiado en su físico: tratan de regresar desesperadamente el tiempo o se resignan en la total indiferencia. Él está en la frontera entre ambas actitudes. Las bolsas sobre sus ojos, parecidas a las papadas de los pelícanos, podrían ser arregladas con una pequeña operación, al igual que el poco amistoso tejido adiposo que lo rodea cariñosa y gelatinosamente a la altura de lo que antes fue una cintura. La secretaria, que podría ser la hija de su esposa, y de él también, le saca de nuevo la exigencia de los últimos meses: ¿cuándo te vas a divorciar? Maldito el momento en que apasionadamente le dijo a esta idiota que la amaba y que por ella estaba dispuesto a dejar a la decadente arpía con la que llevaba casado 30 años. Ahora sólo quiere paz. La vieja lo deja tranquilo mientras él le proporcione el dinero suficiente. En cambio esta mujer, siempre exigiendo, colgándole del cuello la pesada piedra del enamoramiento unilateral, el yugo con el que se paga la efímera pasión otoñal, y él ni siquiera se quería sentir joven, sólo se dejó llevar por voluptuosidades aún no derrotadas por la ley de la gravedad. El tabaco quemado ya no le sabe ¿será que los fabrican con menor calidad que antes o que está perdiendo el gusto y el olfato? Divaga sobre tabacos y papilas mientras la joven exige y demanda, manotea y vocifera. Él mira el rostro de un joven bien parecido que pasa por ahí y le desea mentalmente suerte y una mejor administración de su físico. Piensa que hace mucho que no lee un libro y se pregunta si realmente existirán las ballenas blancas. Recuerda que debe pagar cuentas y cuentas, la universidad de su hija y las vacaciones de sus gemelos. La secretearía se pone más seria, calla y espera una respuesta. Ante el silencio él despierta de su ensoñación de ojos abiertos y la mira. ¿Y bien? Le pregunta ella. Su única respuesta es ponerse de pie, sabe que es un ultimátum, sabe que es la encrucijada y que si da un paso es el punto sin retorno, si es que realmente la chica es tan fuerte como presume. Da una chupada a su cigarrillo y lo tira, con una mueca de desdén que mezcla una sonrisa de Monalisa y el cansancio por una historia muy escuchada, la mira una vez más con todo y sus bolsas oculares y dando media vuelta en silencio se aleja de allí tosiendo secamente sin voltear una sola vez. El próximo lunes ella no tendrá el trabajo que le proporcionaba un salario, pero sí tendrá mucho trabajo para esforzarse en aceptar que muchas veces el amor no es una inversión que rinde frutos.