sábado, 31 de mayo de 2008

Acto de fe

Convicción, más que eso: fe. Fe absoluta, de esa que es capaz de mover montañas de semillas de mostaza. Con fe todo es posible: levantar muertos de sus tumbas, no importa qué tan profundamente estén enterrados; tener hijos desobedientes que terminan obedeciendo y aceptando la herencia paterna; pasar agujas y camellos a través de los ojos. Con la fe todo es posible. Ya lo demostró un profeta, no recuerdo el nombre, ¿Isaías, Daniel, Zacarías, Ezequiel, Gabriel?, el nombre es lo de menos, pues lo que importa es el acto de fe. Ese profeta que se metió en una jaula llena de leones hambrientos, fueron los romanos los que le metieron allí. Los leones no le hicieron nada a este profeta. Dios les ordenó que no se lo comieran porque él tuvo fe. Dios se manifestó allí porque el profeta tuvo fe. Los profetas no son escuchados por los hombres de su tiempo. Y los hombres de este tiempo no creen ya en Dios. Han perdido la fe que los antiguos atesoraban como lo más valioso. Es necesario demostrar el poder de Dios. Es necesario que los hombres vuelvan a creer en su creador. Por eso entraré en la jaula de los leones en el zoo. Atacarían a cualquier intruso, pero no a mí, porque tengo fe. Por eso les invito a que estén atentos, que esta semana tengan preparados a sus reporteros cerca de la jaula de los leones. No traten de impedirlo, pues perderán una gran oportunidad, la de ser el medio que muestra al mundo el poder de Dios. Si intentan impedirlo, lo sabré y entonces haré otro intento, en otro lugar, pero ya no les avisaré a ustedes. No pierdan esta oportunidad.

Atentamente

Zacarías

Domingo a medio día. Hacía una semana que la cadena de televisión montaba una discreta guardia en el zoo. Puntuales desde el día en que recibieron una extraña carta que habían mantenido en absoluto secreto. No fue necesario dar explicaciones a nadie, ellos ‘eran la televisión’, y la televisión cuestiona, pero jamás es cuestionada.

El equipo de producción estaba a punto de creer que todo había sido una broma, pero la situación cambió súbitamente cuando un tipo de unos 30 años de edad se acercó sospechosamente a la protección del foso de los leones y comenzó a gritar “Sean testigos de la Gloria del Señor”, para de inmediato arrojarse a los leones (literalmente).

El camarógrafo, siempre atento y preparado, registró todo. Culminando en la única gloria que el tal Zacarías demostró: Dios creó a todos los seres, y algunos de ellos los dotó de una voracidad asombrosa; pues las bestias molestas por haber sido interrumpidas en su sueño, tan cercano el momento de su alimentación, no sólo atacaron al moderno remedo de profeta, sino que lo devoraron por completo.

El suceso fue todo un éxito. El rating de la cadena televisiva se disparó a los cielos donde dicen que habita Dios. Todo mundo vio una y otra vez a los leones devorando a un tipo, incluso lo vieron aquellos que criticaron a la cadena por transmitir semejante hecho. Todo mundo emitió su opinión.

Hubo personas que dijeron que Zacarías fue simplemente un loco. Los creyentes se dividieron en dos opiniones: quienes decían que el tipo no tuvo la fe suficiente, motivo por el cual fue devorado, y los que juzgaron que Zacarías se lo buscó por tentar a Dios. La gente, como de costumbre, no logró ponerse de acuerdo.

Hoy, que todos han olvidado a Zacarías, los leones siguen siendo el centro de una controversia que el fallido profeta desató: “¿El director del zoo está alimentando bien a los animales o se está robando el dinero destinado a ese fin?” Si lo vemos desde ese punto, el sacrificio no fue en vano.

La segunda parte de Lo que el viento se llevó

Entre Alexandra Ripley y Donald McCaig, lo que el viento se llevó se está pareciendo un poco a Star Wars. Parece que a los seres humanos nos gustan las cosas terminadas, los finales definitivos, pero cuando los tenemos muy cercanos a la perfección queremos saber qué más pasa, hasta que caemos en el desencanto y nos decimos ¿por qué lo hicieron? Lo que el viento se llevó es una de las mejores novelas que he leído, es curioso que sin grandes aspiraciones literarias Margaret Mitchell haya logrado una de las obras más interesantes acerca de una relación tormentosa, a veces tan borrascosa como ciertas cumbres, que tenía un excelente final. Sin embargo la gente acostumbrada a la comida enlatada, a las decisiones tomadas y a ser pastoreadas; o bien uno que otro curioso que quiere saber qué Alicias hay del otro lado del espejo, siempre caerán en la trampa. No niego que la tentación por saber qué sucede con Rhett y con Scarlett a veces me ataca, pero creo que se sobreentiende que él se va para no regresar y la historia original era el universo que empezaba con el encuentro y terminaba con el desencuentro. ¿Para qué querer más? Luego nos quejamos que caímos como soldaditos de plomo en la alcantarilla cuando Indiana Jones es un anciano que apenas puede con su alma y tiene un encuentro cercano del tercer tipo con el mero fin de vendernos una tramposa franquicia, maquinita para hacer dinero. Como los buenos jugadores (que creo que no existen) hay que saber cuándo pedir más cartas y cuándo retirarse.

Desbalance

Sacando un largo cigarrillo blanco de la cajetilla, sin hacer mucho porque ni poco se puede hacer para ocultar su avanzada calvicie que está a punto de declarar conquistado su cráneo, el guapo de ayer suspira desesperado. ¿Qué quieres que haga?, le pregunta a la joven secretaria que furtivamente se ha encontrado con él en un café, osada movida mientras la esposa madura está comprando, lo mejor que puede conseguir con el dinero que le sobra, a dos calles de distancia. En su juventud era tan apuesto y varonil como un galán del Hollywood de los 40, ahora le queda algo de apostura, pero sin su dinero nadie le apostaría mucho. Los años le han demostrado que hay hombres a los que les sucede lo que a las mujeres bellas que confían demasiado en su físico: tratan de regresar desesperadamente el tiempo o se resignan en la total indiferencia. Él está en la frontera entre ambas actitudes. Las bolsas sobre sus ojos, parecidas a las papadas de los pelícanos, podrían ser arregladas con una pequeña operación, al igual que el poco amistoso tejido adiposo que lo rodea cariñosa y gelatinosamente a la altura de lo que antes fue una cintura. La secretaria, que podría ser la hija de su esposa, y de él también, le saca de nuevo la exigencia de los últimos meses: ¿cuándo te vas a divorciar? Maldito el momento en que apasionadamente le dijo a esta idiota que la amaba y que por ella estaba dispuesto a dejar a la decadente arpía con la que llevaba casado 30 años. Ahora sólo quiere paz. La vieja lo deja tranquilo mientras él le proporcione el dinero suficiente. En cambio esta mujer, siempre exigiendo, colgándole del cuello la pesada piedra del enamoramiento unilateral, el yugo con el que se paga la efímera pasión otoñal, y él ni siquiera se quería sentir joven, sólo se dejó llevar por voluptuosidades aún no derrotadas por la ley de la gravedad. El tabaco quemado ya no le sabe ¿será que los fabrican con menor calidad que antes o que está perdiendo el gusto y el olfato? Divaga sobre tabacos y papilas mientras la joven exige y demanda, manotea y vocifera. Él mira el rostro de un joven bien parecido que pasa por ahí y le desea mentalmente suerte y una mejor administración de su físico. Piensa que hace mucho que no lee un libro y se pregunta si realmente existirán las ballenas blancas. Recuerda que debe pagar cuentas y cuentas, la universidad de su hija y las vacaciones de sus gemelos. La secretearía se pone más seria, calla y espera una respuesta. Ante el silencio él despierta de su ensoñación de ojos abiertos y la mira. ¿Y bien? Le pregunta ella. Su única respuesta es ponerse de pie, sabe que es un ultimátum, sabe que es la encrucijada y que si da un paso es el punto sin retorno, si es que realmente la chica es tan fuerte como presume. Da una chupada a su cigarrillo y lo tira, con una mueca de desdén que mezcla una sonrisa de Monalisa y el cansancio por una historia muy escuchada, la mira una vez más con todo y sus bolsas oculares y dando media vuelta en silencio se aleja de allí tosiendo secamente sin voltear una sola vez. El próximo lunes ella no tendrá el trabajo que le proporcionaba un salario, pero sí tendrá mucho trabajo para esforzarse en aceptar que muchas veces el amor no es una inversión que rinde frutos.

El helado gris

Pasa, como las ciruelas que se arrugan, que sin aventuras la vida pierde su encanto, se estanca, varada como el barco sin tripulación que encalló en las arenas del tiempo que no perdona. Las palabras que no se dicen forman herrumbre y son el combustible que se echa a perder por falta de chispa, como la eterna novia amarilla, al final ya no hay nada que decir. No se ejercita el habla y se termina enmudecido, enmohecido. El abandono es un fardo que realmente no es fácil de soltar una vez que ha sido el compañero más constante. Si tienes la fortuna de tener con quién platicar, no lo dejes, aprovecha, pues no sabes cuándo se presentará la siguiente oportunidad. Sucede, como al sauce que llora, que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, y después del niño ahogado ya para qué tapar el pozo. Recomiendan que no es bueno guardar el mejor vino en cueros viejos, y no es bueno tampoco que los ancianos se encueren aunque estén demasiado envinados. Aquí me tienes, escribiendo a falta de oyentes y de hablantes, sacando lo poco que me queda, eso que tanto se parece a la nada. Haciendo caso omiso a la naturaleza, sin sumisión, salí en dirección equivocada, de alguna manera tengo que reencontrar el camino, la contramano o el sentido contrario y no el que es dado por sentado. Parado. Acontece, como al acólito alcoholizado, que todo pierde sentido y se eclipsa a Dios. Hasta luego o hasta nunca. El vacío es asomarse a la oscuridad infinita, sin estrellas, sin cariño, sólo aire enrarecido y las imágenes de recuerdos que se van deslavando como las telas al sol. Lo malo se olvida y lo bueno se magnifica. Se pierde el sentido a ser objetivo. Las fantasías se van empobreciendo y los cuatro muros se estrechan. Asfixia. El gris se va convirtiendo en el color reinante. Sólo queda esperar, quién sabe qué o a quién, pero esperar. A esto sabe la soledad.

viernes, 23 de mayo de 2008

40

Envíos irreflexivos sin envidia alguna. Ardido como la ardilla del bosque quemado, gracias al midas del cine, el fulano de buenas ideas que le dejan dinero y que por ambición termina tirando por el caño. Y uno decepcionado. Como si no bastara andar como equilibrista epiléptico en la cuerda de la cuarta década, la gente se encarga de hacerme ver que no debo confiar ni creer en prácticamente nada. "Dios" de John Lennon. El problema es poner la fe en la gente. “Confía en ti” de Dylan. Con Indiana Jones me rompieron uno de los pocos buenos conceptos que me quedaban, y para colmo me sigue resonando la frase de "las personas no suelen casarse con el amor de su vida", igual y ni de bajada se casan con el amor. En fin, lo único constante es el cambio y todo tiende a la decadencia. La vida no empieza a los cuarenta, sino que empieza a terminar.

jueves, 22 de mayo de 2008

Explicación no pedida (sin culpa)

Lo peor del caso entre la divagación y la realidad, cuando conoces en persona a la persona que escribe públicamente, y que aspira a ser algo sin necesidad de aspirar nada para inspirarse, es tomar lo que dice como un mensaje personal. Es curioso que la entrada anterior haya sido escria hace tiempo y parezca ahora tan vigente. No hay coincidencias. El problema es que a veces el inconsciente, subconsciente, careciendo de lo que indica su nombre, es más judas que yago y proporciona puñaladas traperas con un trapeador. Los adioses deben decirse de viva voz, no a través de mensajes en botellas, arrojados al océano intranquilo de los ojos curiosos o indolentes, indiferentes y sin dolor. Aquí va un mensaje personal: creo que algo me está hartando, mucho. Al notar que no soy quien quería ser, al desconocerme en actitudes y actividades, al perder el sentido de las calles y de la vía apia y zanahórica... no sé, eso que antes iba tan bien, ahora no va ni medianamente lindo. Esto no es una divagación, es lo más personal que he puesto aquí (quizás no, pero sí es lo más directo). Por otro lado, ahora que recuerdo, mis despedidas han sido muchas, demasiadas, todo un volumen, bajo y obeso, de adioses, de todos sabores y colores; pero como búmeran, siempre regresé, pero sólo con una persona. Igual y la próxima ya no aplico la del General McCarthur, quien, con su pipa de Popeye, volvió, sin que su estómago tuviera nada que ver. Suena a amenaza, al suicida que anuncia "me voy a matar", para que lo disuadan. Pedro, el del lobo, que acabó como carne molida en una barriga. Soy malo para las ficciones y en lo que digo siempre hay algo de lo que vivo. Siguiendo el ejemplo prudente de Sherezada, callaré discretamente, y no exhibiré más cosas tan personales.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Cuando las cosas se acaban

Es difícil cortar el cordón umbilical de una rutina que sabe a muchos años. Es difícil aceptar la realidad y enfrentar el vacío que hay detrás del 'todo acabó'. Al final, tenemos que sacar de algún lugar la dignidad y acordarse de cómo se dice un 'adiós'. ¿Para qué deambular entre las ruinas con paredes de recuerdos? No viene al caso empezar a preguntarse en qué momento se salió el carruaje de la autopista. No tiene sentido tratar de entrar en la mente de quien te acompañó sin estar realmente contigo. No hay razón en buscar lógica a las situaciones absurdas del ayer, necedad de necedades y pura necedad. Querer encontrar los restos de algo en el vacío, pintar montañas en donde sólo hay llanura, perseguir el viento y asir las sombras, con todo eso acabarás en la amargura. Nada en este Mundo es seguro ni eterno, nada es estable entre seres como tú y como yo, ¿cómo esperábamos vivir juntos eternamente y no esperabas que de mis labios saliera para ti un adiós?