domingo, 10 de julio de 2022

La naturaleza de los deseos

 A lo largo de la vida, como cualquiera —como cada uno de los que conformamos ese mazacote llamado "todos"—, he deseado muchas cosas.

He pasado gran parte de mi existencia elaborando largas cadenas con eslabones de deseos.
Muy pocos, realmente un indecente índice pigmeo —por estatura, mas no por etnia—, de esos deseos se han realizado.
Sin embargo sigo respirando y sigo deseando. Imagino que es parte de la vida.
Ahora no deseo conscientemente, salvo en raras ocasiones:
Cuando la lujuria me ataca ferozmente de nuevo, haciendo que me olvide de las enseñanzas del Buda.
Cuando me topo con gente más vil y mezquina que yo, pensando que ojalá fuera un Harry Potter con varita de Némesis.
Siempre que pago mis impuestos.
A veces deseo el Armagedón y el fin del mundo mormón, como me lo enseñaron cuando asistí a la escuela de la Iglesia los Santos del los Últimos Días.
También llego a desear la Paz Mundial, pero casi nunca, pues en raras ocasiones deseo cosas imposibles.
Sigo respirando y sigo deseando. A veces trabajo para tratar de alcanzar mis deseos, otras espero un genio al estilo de las Mil y Una Noches que venga a servirme, pero en cuyo contrato no haya letras pequeñas.
¡Ay de mí, tan egoísta!
Si hay conciencia después de que morimos —al cambiar de plano, como dicen algunos—, me temo que entonces seguiremos deseando, no sé qué, pero me sospecho que así será.
¿Será que el universo es un deseo infinito?
https://sites.google.com/site/1001arabiannightsstories/_/rsrc/1303146157343/the-story-of-the-merchant-and-the-genie/fisherman_genius.jpg

lunes, 13 de enero de 2020

Las lamentaciones de Herodes (de leyenda)

Herodes de leyenda desayunando en un moderno café restaurante, tan real como los impuestos, el sábado por la mañana. Se lamenta este rey cruel, ahora sin corona, de que ya no exista la realeza verdadera; echa de menos el tiránico poder que las historias le achacan. Le entristece que ya no haya esclavos, ni siquiera sirvientes a los que se pueda azotar, que ya no haya verdugos que ejecuten órdenes sin chistar, ni súbditos que sepan su lugar, ahora todo es una ficticia igualdad. Siguen habiendo muchas diferencias, pero todos presumen los mismos derechos, repudiando todo lo que suene a obligaciones. Esta realidad de hoy es más ilusoria que la mayor fantasía.
Herodes hace acopio de toda su paciencia y se resigna a seguir escuchando al ruidoso niño de la mesa contigua a la suya. El nene llora, berrea a todo pulmón, le dice vieja puta a su madre y a su padre le dice cabrón. Los progenitores sólo le dicen calla, pequeño, una y otra vez, con suavidad de almohada. Nada puede calmar a este crío que no sabe lo que quiere, e ignora lo que no quiere.
La madre se siente avergonzada, pero no encuentra qué más hacer para calmar a su  engendro; el padre, filosóficamente, toma las cosas como son: los niños tienen mucha energía y hay que ser pacientes con ellos.
Ebria de poder, la criatura grita y manotea como ánima satánica en piscina de agua bendita. Todo parece alimentar su rabieta. Los demás comensales están incomodados desde el inicio del drama, pero nadie dice ni pío... es asunto de sus padres, piensan, y hacen lo posible por actuar como si nada.
La mesera que atiende a la familia del berrinche levanta las cejas y mira al niño con una tierna sonrisa, mientras imagina decirle: ¡Ya cállate, hijo de puta! Pero no dice nada, y sigue sonriendo profesionalmente.
No se vislumbra un fin cercano para este escándalo.
Herodes da un sorbo a su café y maldice los tiempos modernos. La hipocresía, la doble moral, la falta de Dios y la falta de respeto a los demás. Ahora no sólo se condena el asesinato de un niño, sino también un par de nalgadas en situaciones extremas. Malditos tiempos hipócritas que transformaron el Derecho Divino en Derecho del Dinero; las diferencias por mérito y valor fueron transformadas en una aparente igualdad de mediocridad. El mundo es definitivamente más estúpido que antes.
Harto, el viejo rey pide su cuenta para salir del recinto como un Teseo sin laberinto.
Desde la calle se escuchan los berridos de ese niño cuyo futuro debieran ser los escenarios de la Ópera mundial.
"Si aún tuviera mi viejo poder", piensa Herodes al alejarse, "a esta hora Dios tendría en su corte un nuevo querubín que lo deleitara con su canto".
Y Herodes se va a otro lugar en el que pueda continuar su desayuno en paz.

miércoles, 8 de enero de 2020

Escribir en un centro comercial

Me siento ante una mesa del área de comida rápida del moderno centro comercial, abro mi cuaderno y me pongo a escribir.

Sobre la mesa no tengo comida, ni estoy consumiendo nada en absoluto, solo escribo.

En el área hay muchas mesas vacías, así que no estoy ocupando el lugar que otra persona pudiera necesitar.

Sin embargo, hay un elemento de seguridad del centro comercial que me vigila constantemente, y me mira con una expresión como si fuera yo su progenitor natural que abandonó a su mamá, como si yo
tuviera tres cabezas y además seis dedos en vez de dos orejas.

El vigilante me mira como si fuese yo un sospechoso común o un delincuente potencial.

¿Es tan extraño sentarse a escribir en un moderno centro comercial?

miércoles, 1 de enero de 2020

Estrella de Año Nuevo

Una luz en la vida
que guía y ayuda a explorar, por igual
que de alguna manera me acompaña todos los días
en mi alba y mi noche, en cualquier tiempo
estrella de Año Nuevo

Siempre presente
en mi corazón y en mi mente
si hubiera un mar de por medio, habría también un puente
gran maravilla que no imaginé descubrir mientras espero
estrella de Año Nuevo

Belleza del cielo
gran estrella roja del universo
que brindas calor a mis ideas y al centro del cuerpo
no podría listar todos los motivos por los que te quiero
estrella de Año Nuevo

domingo, 29 de diciembre de 2019

Tiempo

De tirano a doctor.

De aliado a enemigo.

De vigorizador de vida

a verdugo sin piedad.

De liebre a tortuga.

De oro a muerto.

A veces feliz y en ocasiones triste.

El tiempo es una relatividad de algo que ni siquiera existe.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Las 3

Todo fue gradual como una buena novela, como un aprecio bien cimentado, como el cambio de los colores del cielo al amanecer o al ocaso. El asunto inició en el momento preciso en que se abrió la puerta de mi habitación a las 3 de una madrugada, ahora algo lejana, que resultó ser la primera de muchas.

Las tres de la madrugada, esa hora fresca o fría en la que mucha gente tiende a morir y a veces gusta aparecer después de muerta, para desaparecer cuando canta el gallo.

Yo vivo solo. Desde hace décadas nadie tiene llaves, ni acceso, al interior de mi vivienda, por lo que nada ni nadie pudo abrir esa puerta, es decir, ni el viento, ni una persona cercana, ni un animal. Vivo literalmente solo. La puerta simplemente se abrió. Yo desperté de inmediato, pues mi sueño siempre ha sido frágil como un cristal.

Me levanté a revisar la cerradura de la puerta, esta funcionaba sin ningún problema; revisé las ventanas y comprobé que no había nada ni nadie que pudiera haber abierto esa puerta. La cerré de nuevo, cuidadosamente, asegurándome de que quedara bien cerrada. Regresé a la cama y reanudé mi sueño, verificando que nunca es posible retomar un sueño en el punto que se interrumpió.

La siguiente noche, a la misma hora maldita, de muerte y ánimas, me desperté al percibir un aroma extraño. Era un  perfume floral, suave y dulce, que no me pareció familiar en absoluto, y no rememoré a ninguna persona que oliera así. Desperté un poco alarmado porque ese aroma  significaba que había alguien más en mi habitación. Me levanté para encender la luz. Y no había nada extraño, ninguna presencia visible, nada fuera de lugar. La puerta estaba bien cerrada. El perfume fue desapareciendo conforme yo fui despertando más. Regresé a la cama y comprobé de nuevo que es imposible retomar un sueño en el punto que lo dejamos al despertar.

Cosas similares me sucedieron desde entonces, noche tras noche a lo largo de muchas lunas y cielos nublados, siempre en mi habitación, siempre a la misma hora, siempre un acontecimiento diferente que me despertaba y que hacía que yo me levantara. En esas muchas noches jamás vi nada, jamás un cartero en bicicleta a los pies de mi cama, tampoco aves raras, aunque sí escuché en una ocasión un grito que sonaba a graznido; en otra ocasión fui despertado por un fuerte aleteo sobre mi cama.

Esta mañana, encontré en un cajón una libreta vieja que por años me sirvió de directorio y agenda. En ella están anotados nombres, direcciones y números telefónicos de todas las personas conocidas mías con las que tuve algún tipo de relación cotidiana. De súbito descubrí que esa libreta es realmente un Libro de los Muertos, pues toda la gente allí anotada ha fallecido. Comprendí que yo he vivido demasiado. A la noche me fui a la cama con esa idea, que me acompañó toda la jornada.

Caí en un sueño profundo sin trabajo alguno, hasta que me despertó la sensación de un frío intenso, como el aliento de una caverna tan oscura como el interior de un cañón. Miré el reloj, eran las 3 de la madrugada (si hubiera sido otra hora me hubiese sorprendido, pero ya me lo esperaba). Y como si fuera cualquier cosa, supe que esta sería mi última despertada.

Me levanté, encendí la luz, tomé mi bolígrafo y libreta de escritos, y escribí todo esto. Las 3 de la madrugada es la hora en que muere mucha gente, ahora lo sé de primera mano.

martes, 17 de diciembre de 2019

Martha

"Martha no está aquí", te dijo el elegante recepcionista que olía a fragancia cara de Francia, en la elegante sala de espera de una empresa importante. Y contraviniendo las reglas de la compañía, quizás porque se sentía solo, porque le simpatizaste o porque nada le importara, el chico te dejó pasar a las oficinas para que comprobaras la ausencia de Martha.

Así que buscaste a Martha en cada cubículo ovalado o rectangular, cada rincón, alfombrado y sin alfombrar, en el comedor comunal y en los sanitarios a medio limpiar, en las salas de juntas y en los sitios más apartados. Buscaste a conciencia, no porque dudaras del fragante recepcionista, sino porque tu santo patrón es Tomás.

Efectivamente, Martha no estaba ahí.

Te preguntaste si Martha había llegado a la oficina ese día, pero se hubiera tenido que ir antes de que tú llegaras. Quizás ese día de la semana Martha solía arribar más tarde, quizás estuviera, escaleras abajo, subiendo como ángel de Jacob. ¿Sería que algún contratiempo la estuviera retrasando? ¿Estaría haciendo algo oculto, al margen de los horarios de oficina y de los estatutos morales? Cada uno de tus cuestionamientos quedó sin respuesta, todo era un abismo negro de posibilidades inciertas.

Entonces decidiste relajarte pues, de hecho, no conoces a ninguna Martha.