El saxofonista anciano de Prado Norte, (con su saxofón golpeado como cualquier digno representanta de una economía terrenal) caminaba por una de las calles en apariencia más pudientes de esta contaminada ciudad, pero no te dejes engañar, la pudiente calle es en su mayoría maquillaje y oropel, con jóvenes profesionistas que simulan ser exitosos, tal como ven el éxito representado en las películas de Estados Unidos, o ‘americanas’, como les dicen los muy idiotas, esos jóvenes profesionales que tienen algo, y que todo lo que tienen lo tienen gracias a deudas que ya hace mucho sobrepasaron sus cogotes. El saxofonista es viejo, no tiene tampoco nada de profesional ni de globalizado, quizás sólo su barriga con parásitos, no sé qué edad tenga, pero el hambre envejece más que los años (abre bien los ojos y compruébalo), su rostro repleto de arrugas me recuerda esa tierra árida que durante tres años no ha tenido ni un leve encuentro con la lluvia. El viejo camina, calle tras calle, gastando con cada paso sus ya muy desgastados huaraches de suela de llanta radial (de una marca que se anuncia en las carreras de Fórmula 1, en Europa y en el continente Americano), va para interpretar sus desafinadas y arrítmicas melodías que resultarán tan irreconocibles como repulsivas para cualquiera. Va rumbo a uno de los muchos restaurantes con mesas sobre las aceras, ubicados en el pasaje de falso lujo, llamados ‘bistros’ porque es la moda arribista. Cuando el viejo casi llega a su lugar acostumbrado para iniciar su tradicional repertorio de música improvisada, siente que se le congela el profuso sudor de su cuerpo. Con la mirada que pondría el amante sincero al encontrar a su amada en brazos de otro (dale un vistazo a algunas películas de Buñuel) el viejo se para en seco y observa a un elegante saxofonista, quien con un impecable y pulido instrumento interpreta de manera igual de impecable una bella melodía que se encuentra escrita en las hojas pautadas que sostiene un atril tan plateado como el reflejo de la luna en un río calmado de aguas puras. Impura la madre en la que piensa el viejo y sin decir una sola palabra, maldiciendo mentalmente a la progenitora del joven músico que el restaurante contrató para beneplácito de los comensales y comenazúcares, el viejo retoma su camino hacia el cruce de un gran avenida para interpretar sus melodías en 20 segundos de los 30 que dura la luz roja, y aprovechar los 10 segundos restantes para recoger las monedas que algunos automovilistas pudieran obsequiarle. El viejo del saxofón golpeado fue hoy otra víctima de la elegante modernidad tercermundista que se rige por las apariencias dictadas por el submundo llamado primer mundo, qué le vamos a hacer.
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martes, 2 de septiembre de 2008
El viejo del saxofón golpeado
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sábado, 22 de marzo de 2008
El espectacular Payaso Malabarista (Ciudad de México)
Luz roja. Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho). Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso. Levantas la vista y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno. Un hombre calvo, el poco cabello que le queda, revuelto de forma desagradable, parece quemado, mal oxigenado, Marylin Monroe tras saltar del Hindenburg. Tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente con cigarrillo en la boca. Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un centro negro en cada uno de ellos. Cada punto negro es del grosor de la punta de un dedo, parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa. Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias. El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es el arco de la derrota, pasos cortos, cabeza gacha, la odiosa mirada siempre al frente. Es un frío día de marzo (el invierno se ha 'encariñado' con la ciudad y se niega a partir), su ropa delgada y desgastada lo protege muy poco. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’. Lo único que lo distingue de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos. Luz roja. Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’ (o lo que le permite su poca destreza en este negocio). Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así se pasan lentamente la bola durante veintidós segundos. Esporádicamente aspira su cigarro, quizás para darle al acto un factor de peligro. Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad). El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno. A veintitrés segundos de que la luz roja de paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda. Luz verde. Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.
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