domingo, 13 de octubre de 2019
Chidiando calacas
"Sí 'má, 'ta chiiiiiida", respondió a su madre el niño, como de 9 años y medio, aprobando la apreciación estética de su progenitora y agregando: "'ira 'ma es'otra calaca, 'ta chiiiiiida", señalando la siguiente calavera que se vislumbraba en la acera.
"Sí'ijo, tá chiiiiiida", asintió la madre, "'ira es'otra, también 'ta chiiiiiida...".
"Sí 'má, 'ta chiiiiiida. Pero 'ira es'otra, también 'ta chiiiiiida...", dijo el niño.
Ese diálogo no tuvo variación durante las siguientes 32 calaveras en la avenida, hasta que en su turno del responsorio pagano el niño, algo cansado del monótono juego, dijo: "no 'má, esa no'stá chida, ¡hasta parece que la hicistes tú!".
Ese insulto hirió hondo el orgullo de la feliz madre, fue como un trago del vino marca Gólgota, cosecha año 0. La dolida mamá respondió: "¡No seas grosero!", y queriendo cambiar de inmediato la conversación, al ver la Fuente de la Diana Cazadora dijo: "'ira, una vez te traje a esta fuente, ¿te acuerdas?".
Claro que el niño lo recordaba bien, en su memoria estaba bien grabada la impresión de ver una 'ñora encuerada hasta arriba de la fuente, pero con ánimo de seguir jodiendo a su progenitora negó como cualquier Pedro embriagado de poder: "no 'ma, nunca venimos ahí, tú me confundes con otro niño".
La ofensa de la madre se hizo más profunda, porque su supuesto arreglo resultó agravar las cosas. Ahora no sólo estaba ofendida, sino también humillada y encabronada, y le respondió al hijo ingrato con enfado: "¡cómo que te confundo wey!, si eres mi único pinche hijo. Qué pinche grosero eres, 'ora nos regresamos a la casa y no te llevo a las lanchas".
El niño no era borracho que traga fuego (eso lo será en unos 10 años más) y, tras percatarse que se había pasado un poco de la raya, dijo zalamero: "'ira má, esa calaca 'ta chiiiiiida".
La madre de inmediato se conmovió por la dulzura de su pequeño y le respondió: "sí, 'tá bien chiiiiiida... 'ira es'otra también 'ta chiiiiiida...".
Y así siguieron los dos, como si nada feo hubiese pasado entre ellos, chiiiidiando calacas el resto del camino, hasta que llegaron a las lanchas del lago de Chapultepec, donde se divirtieron mucho esa tarde de domingo.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Colectivo ruta 2
viernes, 10 de abril de 2009
Abundancia de vagabundos
sábado, 7 de marzo de 2009
Dolores
domingo, 1 de marzo de 2009
Olfato callejero
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Estampa callejera
jueves, 30 de octubre de 2008
Jalogüí y día de muertos
sábado, 25 de octubre de 2008
Apreciación del arte
Saliendo de la estación del metro Bellas artes, por esa salida que tiene una donación francesa, Art Nouveau en la capital azteca, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero que es de los pocos lugares en pleno centro de la ciudad donde hay más de seis árboles juntos. Es una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato. Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso compositor sordo está ella, acompañada de su grabadora de baterías, que toca a todo volumen los éxitos de una pseudo estrella cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente. Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudo estrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y que le permite mostrar sus delgadas piernas envueltas en medias negras, calza zapatos más negros que las medias, de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente. La mujer tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora de bocinas dañadas por los años. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, pero que realmente la observan de reojo. Unos son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo escucha dentro de su cabeza, diciendo en voz alta: “Gracias, son todos muy amables…”. Una canción más y un viejo con pinta extraña es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad, y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en el museo de arte moderno. Comienza otra canción de la pseudo estrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida. Mira a la mujer bailarina con una intensa atención, que él no se preocupa por disimular. Pero en sus ojos está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde, en su mirada realmente se nota la soledad y la compasión. La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apachurrable para bebé. La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles, los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo marrón sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción. Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y a la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión. Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe la actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora. De repente se hizo de noche y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse. El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El borracho par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la niña de sus ojos. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él. El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa. Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella imagina lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía. Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”. Otra cosa rara, el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación. La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas. En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños mal educados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.
martes, 2 de septiembre de 2008
El viejo del saxofón golpeado
El saxofonista anciano de Prado Norte, (con su saxofón golpeado como cualquier digno representanta de una economía terrenal) caminaba por una de las calles en apariencia más pudientes de esta contaminada ciudad, pero no te dejes engañar, la pudiente calle es en su mayoría maquillaje y oropel, con jóvenes profesionistas que simulan ser exitosos, tal como ven el éxito representado en las películas de Estados Unidos, o ‘americanas’, como les dicen los muy idiotas, esos jóvenes profesionales que tienen algo, y que todo lo que tienen lo tienen gracias a deudas que ya hace mucho sobrepasaron sus cogotes. El saxofonista es viejo, no tiene tampoco nada de profesional ni de globalizado, quizás sólo su barriga con parásitos, no sé qué edad tenga, pero el hambre envejece más que los años (abre bien los ojos y compruébalo), su rostro repleto de arrugas me recuerda esa tierra árida que durante tres años no ha tenido ni un leve encuentro con la lluvia. El viejo camina, calle tras calle, gastando con cada paso sus ya muy desgastados huaraches de suela de llanta radial (de una marca que se anuncia en las carreras de Fórmula 1, en Europa y en el continente Americano), va para interpretar sus desafinadas y arrítmicas melodías que resultarán tan irreconocibles como repulsivas para cualquiera. Va rumbo a uno de los muchos restaurantes con mesas sobre las aceras, ubicados en el pasaje de falso lujo, llamados ‘bistros’ porque es la moda arribista. Cuando el viejo casi llega a su lugar acostumbrado para iniciar su tradicional repertorio de música improvisada, siente que se le congela el profuso sudor de su cuerpo. Con la mirada que pondría el amante sincero al encontrar a su amada en brazos de otro (dale un vistazo a algunas películas de Buñuel) el viejo se para en seco y observa a un elegante saxofonista, quien con un impecable y pulido instrumento interpreta de manera igual de impecable una bella melodía que se encuentra escrita en las hojas pautadas que sostiene un atril tan plateado como el reflejo de la luna en un río calmado de aguas puras. Impura la madre en la que piensa el viejo y sin decir una sola palabra, maldiciendo mentalmente a la progenitora del joven músico que el restaurante contrató para beneplácito de los comensales y comenazúcares, el viejo retoma su camino hacia el cruce de un gran avenida para interpretar sus melodías en 20 segundos de los 30 que dura la luz roja, y aprovechar los 10 segundos restantes para recoger las monedas que algunos automovilistas pudieran obsequiarle. El viejo del saxofón golpeado fue hoy otra víctima de la elegante modernidad tercermundista que se rige por las apariencias dictadas por el submundo llamado primer mundo, qué le vamos a hacer.