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domingo, 13 de octubre de 2019

Chidiando calacas

"'ira wey esa calaca, 'ta chiiiiiida", dijo la mamá a su hijo, que viajaba junto a ella en el autobús, mientras apuntaba su índice a una calavera enorme en la acera, la cual estaba decorada con muchos colores, al igual que otras tantas calaveras exhibidas a lo largo de la avenida con motivo de la inminente celebración de Día de Muertos en la Ciudad de México. 

"'má, 'ta chiiiiiida", respondió a su madre el niño, como de 9 años y medio, aprobando la apreciación estética de su progenitora y agregando: "'ira 'ma es'otra calaca, 'ta chiiiiiida", señalando la siguiente calavera que se vislumbraba en la acera.

"Sí'ijo, tá chiiiiiida", asintió la madre, "'ira es'otra, también 'ta chiiiiiida...". 

" 'má, 'ta chiiiiiida. Pero 'ira es'otra, también 'ta chiiiiiida...", dijo el niño.

Ese diálogo no tuvo variación durante las siguientes 32 calaveras en la avenida, hasta que en su turno del responsorio pagano el niño, algo cansado del monótono juego, dijo: "no 'má, esa no'stá chida, ¡hasta parece que la hicistes tú!".

Ese insulto hirió hondo el orgullo de la feliz madre, fue como un trago del vino marca Gólgota, cosecha año 0. La dolida mamá respondió: "¡No seas grosero!", y queriendo cambiar de inmediato la conversación, al ver la Fuente de la Diana Cazadora dijo: "'ira, una vez te traje a esta fuente, ¿te acuerdas?".

Claro que el niño lo recordaba bien, en su memoria estaba bien grabada la impresión de ver una 'ñora encuerada hasta arriba de la fuente, pero con ánimo de seguir jodiendo a su progenitora negó como cualquier Pedro embriagado de poder: "no 'ma, nunca venimos ahí, tú me confundes con otro niño".

La ofensa de la madre se hizo más profunda, porque su supuesto arreglo resultó agravar las cosas. Ahora no sólo estaba ofendida, sino también humillada y encabronada, y le respondió al hijo ingrato con enfado: "¡cómo que te confundo wey!, si eres mi único pinche hijo. Qué pinche grosero eres, 'ora nos regresamos a la casa y no te llevo a las lanchas".

El niño no era borracho que traga fuego (eso lo será en unos 10 años más) y, tras percatarse que se había pasado un poco de la raya, dijo zalamero: "'ira má, esa calaca 'ta chiiiiiida".

La madre de inmediato se conmovió por la dulzura de su pequeño y le respondió: "sí, 'tá bien chiiiiiida... 'ira es'otra también 'ta chiiiiiida...".

Y así siguieron los dos, como si nada feo hubiese pasado entre ellos, chiiiidiando calacas el resto del camino, hasta que llegaron a las lanchas del lago de Chapultepec, donde se divirtieron mucho esa tarde de domingo.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Colectivo ruta 2

Lamento ser miope. Tratar de encontrar el colectivo, o el bus, correcto al atardecer puede ser una tarea difícil para mí. No me gusta usar gafas, no es por vanidad sino por evitarme la incomodidad. Los lentes de contacto, ni pensarlo, de hecho no me los podría ni colocar (cierro los párpados al ver que algo se aproxima demasiado a la niña de mis ojos... no es metáfora). De hecho encontrar el colectivo correcto es una tarea difícil para mí a cualquier hora. Se aproxima, se aproxima, y el letrero de extrañas letras flourescentes no lo alcanzo a leer. ¿Qué dirá? Me entero hasta que el vehículo está a tres metros de mí. Si no es el que espero, lo dejo ir, tal como la novia con escrúpulos dejaría ir al novio en el altar si no se sintiese segura de su amor. Si es el colectivo correcto, pues le pido que se detenga y dependo de la generosidad del chofer para ver si se detiene. En caso de que se detenga abordo la cosa y pregunto cuánto es la tarifa para mi destino. Seis pesos para donde voy. No sabría decir si sólo soy miope de vista o también he perdido el olfato, quizás ya estoy acostumbrado, pero los colectivos de la ciudad ya no huelen tanto a orines como solían apestar en mi juventud. Igual y ya los limpian más... no, no, esos cambios conductuales de una especie no suceden en tan poco tiempo... quizás en mil años, es probable que éste en particular haya sido lavado por la mañana. Estéreo a todo volumen, canciones repetitivas de mantra hueco y alta lascivia. Acelerones y frenazos constantes, ambos diseñados aparentemente para probar los reflejos de los pasajeros. “Aférrense al fierro si quieren conservar su vida”, debiera ser el lema de un chofer de colectivo en el DF. Si lo fuera, seguro lo dirían como burla y con doble sentido. Si acaso hubiera un asiento disponible en el colectivo, no podría yo tomarlo. No es que sea yo muy alto, pero los asientos parecen estar diseñados para seres sin piernas o para los más pequeños enanos del circo. Además, no faltaría el tornillo mal puesto en el asiento capaz de rasgar cualquier prenda, o hacer carreras tipo derby de Kentucky en una media (incluso en una entera). Pasaré por alto el riesgo del tétanos para no sonar hipocondriaco. En el bus se hace esperar el 'show' del payaso callejero, que aborda para recibir monedas a cambio de unos chistes malos, algo subidos de tono; o el exadicto con cara de penitenciario que llega a pedir limosna aclarando que lo hace 'en buena onda' porque ya no quiere robar más. Una táctica que seguro tomó de algún manual de viejos gangsters de Chicago. El tráfico es eterno. En el transporte no puede faltar una imagen de la Guadalupana, o de San Judas Tadeo. Aunque de un tiempo para acá, la Santa Muerte ha ganado muchos adeptos. ¿Será que los choferes de colectivo le surten muchos clientes a la huesuda? La gente va ensimismada. Quisiera creer que está concentrada, pero es más probable que vayan pensando en nada. Mente en blanco, objetivo Yoga que aquí se alcanza sin desearlo. Monotonía de mono tendido en jaula del zoológico. Es ilógico ser tantos en un espacio tan pequeño (no hablo del colectivo, sino de la ciudad). Un niño se entretiene mirando pasar el asfalto de la calle a través de varios agujeros que hay en el piso del vehículo, un piso picado, carcomido por el tiempo. Más que nada parece colador. Aún no sé de decapitamientos múltiples en un bus, porque al ir a gran velocidad el piso se le cayó de repente... sólo espero que éste no sea el primero de esos casos. Sube un señor que vende golosinas, el chofer le compra un cigarro, y se lo fuma a pesar de que está prohibido, y de que hay más de tres anuncios en el interior que prohíben fumar. Ya me imagino que si alguien le dice algo al chofer, respecto al humo del cigarro, el conductor invitaría al osado a bajarse del colectivo usando un vocabulario capaz de sonrojar a verduleros y piratas por igual. Alguien deja escapar subrepticiamente un gas de sus entrañas. El gas es un ninja silencioso y la pestilencia me hace pensar que los buitres y demás carroñeros también deben expeler gases. Ahora descubro que no he perdido el olfato. Las ventanas cerradas, y el fijador que consume el culpable sería la envidia de cualquier perfumero. Nadie muestra culpabilidad en su rostro. Maldito pasajero. Ya casi voy a bajar, sólo un poco más y descenderé de este vehículo. De repente un giro inesperado, del destino y de las cuatro ruedas, que están tan lisas como la mona. Desviación por arreglos de la calle. Me alejo cada vez más y más del lugar a donde yo iba. Adentrándome a infiernos desconocidos sin un Virgilio. Lugares que ni mis peores sueños (y en verdad llego a tenerlos muy malos) han concebido. Pasa una hora de incertidumbre y me pongo a pensar si en realidad no se habría despegado el piso hace rato y todos somos ahora conducidos al inframundo sin notar que hemos muerto. El colectivo retoma la ruta original, pero como a 35 calles de mi destino principal. Me acerco a la puerta de salida. Grito al chofer "bajan" y salto del vehículo en movimiento, rara vez lo detienen completamente para que la gente descienda. Al final salgo vivo, y con una hora de retraso llego a donde tenía que llegar.

viernes, 10 de abril de 2009

Abundancia de vagabundos

Ayer en menos de una hora tres vagabundos me hicieron pensar en muchas cosas. Uno estaba sentado en la banqueta, con los pantalones recogidos hasta las rodillas, contando sin parar los extremos de sus agujetas; el total siempre le daba cuatro, sin importar qué tanto se esforzara en lo contrario. El segundo estaba en un parque, en donde no había niños, hablando en voz alta consigo mismo, o igual estaba charlando con Dios. El tercero iba conduciendo mi automóvil. Pero esta mañana vi a un vagabundo aún cuerdo. Él estaba de pie en la banqueta, observando con cierta nostalgia el aparador de una tienda de antigüedades en una exclusiva zona residencial. Si tú fueras el vagabundo, en el interior de la tienda hubieras visto un viejo comedor decorado con los más disímbolos vejestorios. Un busto dorado de un egocéntrico Napoleón que cejijunto observaba una réplica del teocéntrico Moisés que alguna vez esculpió Miguel Ángel. Entre ellos había un candelabro que no hubiese nunca estado fuera de lugar sobre el piano de Liberace. En las paredes, marcos rococó delimitaban pinturas: la última cena de Da Vinci (bueno fue de Cristo en realidad, sólo que Leonardo la pintó) compartiendo pared con la persistencia de la memoria de Dalí, opacada un poco por los girasoles de su vecina pintada por Van Gogh. Cabe señalar que el vagabundo conservaba un porte digno y quizás lo que realmente observaba en el aparador eran recuerdos descontrolados no muy remotos. Quizás su vida cambió radicalmente hacía no mucho tiempo, con alguna crisis mundial, y él tuvo hasta entonces un comedor similar, ahora ya irrecuperable para él. Aún recordaba. ¿Cuánto tardará en olvidar todo y ponerse a contar sus agujetas o a hablar con alguien imaginario? No lo sé, ¿cuánto tardaré yo en echar de menos un comedor?

sábado, 7 de marzo de 2009

Dolores

Siempre hay personas demasiado jijas. Recuerdo cuando Juan, carcajeándose a cada rato, me narró la historia de su tía Dolores. Ella actualmente tendría unos 65 años, fue la primera hija de un matrimonio que esperaba un varón. Nomás no la ahogaron en un balde de agua como a un gatito sobrante porque las leyes impiden hacer eso con los humanos y en el pueblo donde ella nació todos hubieran sospechado de su desaparición. Su padre huyó antes de que Dolores cumpliera un año, con una gitana, tras notar que su esposa no podía darle el hijo que él quería. Juan no supo qué fue de su abuelo. No acababa de enfriarse el lecho del esposo fugitivo cuando la esposa abandonada volvió a descubrirse embarazada. Según las matemáticas, el chamaco que nació después bien pudo haber sido hijo del marido escapista, pero algunos le colgaban en secreto el santo al curita del pueblo, pues doña Rufina, la madre de Dolores, debido a la pena que le provocó el abandono no salía de la iglesia. El caso es que fue niño y Dolores comenzó a ser educada, no para casarse, sino para ser la compañera de su madre hasta que ésta muriese. Pobre Dolores, desde pequeñita vestía ropas gruesas y oscuras, telas que apenas dejaban asomar su cabeza y sus manos. No era nada fea, como ahora podemos comprobar, pero esa increíble timidez extrema que Rufina le inculcó tuvo nefastos resultados. Con decirte que ni siquiera le permitió a su hija asistir a la escuela. Rufina enseñó a dolores a leer y escribir, previendo los días en que su vista decayera. Le enseñó a hacer las cuentas básicas también, eso nunca está de más. La pobre Dolores no se atrevía a levantar la mirada del suelo cuando acompañaba a su madre al mercado, pues con tantito que la joven alzara los ojos su progenitora le propinaba tremendo varazo en la espalda. Lo curioso es que nadie escuchó a Dolores proferir ni una queja. Ella era la sirvienta de su hogar, casi casi una esclava, pues ayudaba a su madre a hacer los bordados que las mantenían, siempre después de hacer todas las labores domésticas. Cuando Dolores cumplió los 18 años era una joven muy bella, y su lindura era conocida; por eso varios pretendientes rondaban por su casa como perros en celo. Sólo que las puertas permanecían bien cerradas para todos ellos. ¡Ah!, pero las cosas fueron bien distintas cuando el febril Romeo fue don Primitivo Chávez, el más poderoso ejidatario de la región, a quien podríamos llamar señor feudal, sin exagerar. Rufina permitió que Primitivo le hiciera la corte a Dolores, quien taimada como ella sola no sabía ni dónde posar los ojos cuando su otoñal enamorado la visitaba. La boda fue una gran comilona y mucho baile. Pero a Primitivo lo que le urgía era ver lo que había debajo de las gruesas ropas de su ahora mujer (eso de ‘ver’ sabrás que es un mero eufemismo de mi parte). Presa de la emoción, se llevó a Dolores a su casa a la mitad de la celebración y una vez en la alcoba le pidió marcialmente que ‘se encuerara’. Dolores temblaba de terror, pues el solo hecho de pensar que alguien viera su desnudez la hacía sentirse digna del peor rincón de los infiernos. Primitivo, al notar que su mujer no lo obedecía, no tardó en encolerizarse y se propuso desnudarla a como diera lugar. Pero tan pronto le arrancó la primera prenda, Dolores empezó a dar unos chillidos como de puerco atorado. Eso en un principio aumentó la furia de Primitivo, quien intentó arrancarle más prendas a su bella mujer. Pero a mayor furia, mayor intensidad de los alaridos. El novio sentía que los gritos le taladraban los oídos y que pronto le empezarían a sangrar. “¡Ya cállate jija de la…!”, le ordenó a Dolores con toda la violencia de la que era capaz, la cargó y la llevó hasta la carreta en la que habían llegado de la boda. Mientras tanto la fiesta continuaba, el ánimo del baile se incrementaba y más de una joven estaba casi dispuesta a aminorar sus resistencias ante su enamorado. De repente todo quedó en silencio, como si les hubieran vaciado a los festejantes un balde gigante de agua fría. Primitivo había llegado, cargando en sus brazos a la joven que ese mismo día había desposado. El furibundo ejidatario se acercó hasta donde se encontraba doña Rufina y le arrojó a Dolores a sus pies. “Ahí tiene a su pinche hija que no sirve para una chingada”. Rufina no dijo nada, esperaba que Primitivo no le pidiera de vuelta la cuantiosa suma que le había dado para poder matrimoniarse con su hija. Primitivo se dio la media vuelta y se fue de allí, su orgullo fue tan herido que nunca quiso rebajarse a pedir que le devolvieran ni un centavo. “Serás pendeja”, le dijo Rufina a Dolores cuando la tomó de la mano para abandonar el recinto en el que hasta hacía pocos instantes albergaba una fiesta. A partir de entonces nadie volvió a ver a Dolores. Se pasó el resto de su vida encerrada en la casa materna, cubierta hasta con guantes y velo. Dicen que cuando alguna persona llegaba a entrar en la casa y notaba la presencia de Dolores, ésta pegaba una carrera como de diablo en catedral, para esconderse. Dolores cuidó de su madre y de su hermano, quien creció hasta convertirse en un apuesto mozo, se casó, tuvo un hijo y, como si el esposo fugado hubiera sido su verdadero padre, huyó con una gitana que visitó un día el pueblo. Rufina no soportó ver el mismo drama por segunda vez y a la semana siguiente del escape de su hijo murió maldiciendo a las malas mujeres y a la ‘pendeja de su hija’. La cuñada de Dolores pensó que era injusto echar a perder lo que le quedaba de juventud por los malos tratos de un hombre y decidió dejar a su hijo, recién bautizado Juan, al cuidado de Dolores. Fue casi increíble que ella se encargara sola de la casa y del niño. No sólo alimentó y vistió a su sobrino, sino que lo educó y hasta le costeó los estudios de medicina. Juan, en vez de enfocarse en el amor que le prodigaba su tía, creció resentido con sus padres que lo abandonaron, por eso no perdía nunca la oportunidad de maldecir a su tía Dolores, como si ella fuera la responsable de su mala suerte. Juan nunca fue un buen estudiante, ya desde muy joven era famoso por sus juergas y por la cantidad de vino que ingería. Así que cuando se recibió nadie le auguraba un futuro prometedor. Su afición al juego lo obligó a buscar desesperadamente dinero para pagar deudas que no eran precisamente de honor. Desesperado, se tragó el orgullo y, fue con su tía para pedirle ayuda económica. El muy bruto no sabía que Dolores ya no tenía ni para que la enterraran en una fosa común. Juan, creyendo que su tía le negaba el dinero, le dio una bofetada y se fue a buscar ayuda a otro lado. Donde quiera encontraremos gente capaz de cualquier cosa con tal de lograr un fin, y el destino suele juntar a individuos con características similares. Eso fue lo que sucedió esa noche en la facultad de medicina. De visita se encontraba el famoso anatomista alemán Franz Von Hayer conversando con el profesor Raymundo Fernández. El primero estaba ideando una exposición de anatomía que visitara las principales ciudades del mundo, el problema es que no tenía cadáveres que exhibir aún. Necesitaba especímenes recién fallecidos para empezar a hacer realidad su sueño; precisamente por eso había ido a visitar a Fernández. “¿No conocerá usted a algún sepulturero dispuesto a proporcionarme cadáveres frescos para mi exposición?” Mientras hacía la propuesta iba por allí pasando Juan y a Fernández se le ocurrió una idea. ¿Quién mejor que Juan para la tarea? Con su necesidad de dinero y su carencia de escrúpulos, Juan era capaz de desenterrar a cualquier muerto fresco a cambio de una buena suma. Tras proponerle el negocio al disipado calavera, a éste nomás le brillaron los ojitos de codicia y alegría. Salió de la facultad rumbo a casa pensando en el cadáver más fresco que pudiese encontrar. Una vez en su habitación sacó lo que quedaba sin empeñar de su maletín de prácticas, llenó una jeringa con una sustancia eficaz para sus fines y ocultándola salió a buscar a su tía. La disculpa fue breve, las fáciles lágrimas de cocodrilo arrepentido brotaron de los ojos de Juan y tras el abrazo con el que se sellaba el perdón vino la inyección letal. Según el asesino su tía no sufrió mucho. Durante la noche el joven se quedó mirando el cuerpo inerte, cubierto de gruesos y oscuros ropajes, que yacía ante él. No hubo necesidad de ponerle ropa funeraria, pues ella después de su boda siempre estaba vestida para morir, aunque la vestimenta no era necesaria. Sólo era cuestión de esperar a que la recatada mujer se enfriara para llevársela al profesor y cobrar lo prometido. Entre los respetables médicos no fue difícil efectuar los trámites necesarios y barnizar de legalidad el asunto. Por primera vez Dolores fue vista desnuda por un hombre, el famoso anatomista alemán, quien procedió a extraer todos los líquidos del cadáver para empezar el proceso de momificación. Yo soy el vigilante del museo de anatomía en donde se encuentra exhibido, sin recato alguno, el cuerpo desnudo de Dolores. Mucha gente viene aquí para analizar las disecciones de su brazo y pierna izquierdos, otros vienen a ver el interior de su abdomen, pero casi todos quedan asombrados por la belleza del rostro y la escultural silueta de esta mujer que sigue mostrando su cuerpo desnudo sin poder siquiera ruborizarse. Todo esto contó el mismo Juan, un pobre borracho que deambula por las afueras del museo, dispuesto a contar la historia del cuerpo de su tía a cualquiera que le invite un trago. En fin, yo sólo espero que cuando me muera me incineren y que ninguno de mis hijos salga tan jijo como el pinche Juan.

domingo, 1 de marzo de 2009

Olfato callejero

Huele a muerto, como el rancio ranchero musical de antaño al que todos recordaron sólo por que se murió, al morir resucitó del olvido. Apesta a perro sucio, pues a los viejos canes de la casa jamás los bañan. Hiede a anciano, un vejete que espera sentado en el lado del conductor de esa gran camioneta último modelo, en la que espera con impaciencia a que descienda su esposa. La misma de siempre. Huele a naftalina, la ropa bien limpia de la añosa mujer que baja, como la economía de mi país. Apesta a diferencia la humilde sirvienta indígena que les abrió la reja de la cochera, para que los dos viejos opulentos metieran su gran camioneta. Hiede a un pasado negro, pero ahora ambos viejos se ven tan inofensivos, sin embargo uno se pregunta ¿cómo es que esos viejecitos vivan en una mansión digna de un joven poderoso? Apestas a crítico, parece decirme la vieja con su mirada al verme pasar. Huele a humedad o al menos eso dijo alguien recientemente acerca de mí. Yo puedo oler a muchas cosas, pero no a humedad. Los viejos entran en su casa seguidos de su sirvienta, y sus perros pestilentes duermen la siesta mientras yo paso de largo por una calle familiar que probablemente no vuelva a recorrer más. Aunque el olfato funcione, el tiempo no se detiene y el destino sigue trabajando. ¿A alguien le importaría realmente que los viejos bañen a sus perros? ¿A alguien de verdad le importa a qué huele un anciano? ¿A alguien realmente le interesa que yo huela a humedad? Vaya manera de despedirme de esta calle tantas veces recorrida.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Estampa callejera

La Justicia con ojos de lince, a la que nada se le escapa, descubrió que su balanza está rota y se inclina hacia donde hay oro. El Chaplin posmoderno hace malabares en la esquina al son del violinista sin empleo que de vez en cuando, bajo un árbol, corta el pelo. Un Romeo solitario contempla los pedazos de su corazón, como reliquias, en la puerta de salida del teatro por donde vio entrar sola a su Julieta, para después verla salir muy bien acompañada, por un tipo sin caballerosidad a pesar de su buen porte. El más corrupto llega a la cima y se divierte viendo la lluvia de gente que quiso también escalar. Sus bufones son los mil gusanos que lo admiran ignorando su triste futuro, tanto el de ellos como el del rey en turno. Hay cosas que no se pueden conseguir aunque tengas todo el poder en tus manos, así como hay cosas que no se pueden ocultar aunque uno crea estar solo y abandonado. Un payaso con un niño aturdido con drogas que hace pasar como su propio hijo, recibirá mañana menos monedas que las que recibió ayer; mientras tú te vas pareciendo cada vez más a tus padres. Quien llora como Magdalena jamás podrá pagar todo lo que debe, si sus deudas ascienden a veinte veces más que lo que tiene. Los nuevos Judas no piden monedas, ahora hacen lo que hacen, incluyendo traiciones a plena luz, por puro amor al arte, mientras la reina de papel se mueve ofreciendo todo aquello que crees que siempre soñaste. El anciano que habla solo mientras barre las calles prefiere simular que no sabe nada de esto. En realidad todo lo sabe aquel que es más grande que nosotros, pero nos negamos a creerlo y él decide no hacerse notar… tanto.

jueves, 30 de octubre de 2008

Jalogüí y día de muertos

“Mi calaverita tiene hambre y no ha comidooo, ¿no tiene un dulce por hay? No se los acabén todos ¡déjennos la mitá! Quereeemos jalogüí. Quereeemos jalogüí, Ouí ouí ouí!” Combinación de culturas en mi México a veces no tan lindo pero aún querido, supongo que por ciertas personas más que por el lugar en sí. Tan cerca de los EEUU y tan lejos de Dios. Crecí en una zona arribista, clasemediera, un suburbio submental que mira a los EEUU como ejemplo de nación sin importar qué tan ajenas nos sean las ideas o las formas. No digo que el admirado país del Norte sea malo, ni que sea bueno, sólo diferente a esta caricatura rara del Sur. El lugar donde crecí es una zona donde de repente les dio por rescatar valores culturales propios, pero sin dejar de admirar al jefe mundial. Eso se nota más entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, pues se hace una verdadera mezcla de fiestas entre el día de muertos nacional tradicional y el Halloween, divertido pero importado. Así los niños salen a la calle a pedir su “calaverita-jalogüí”. Y por si la mezcla fuera poca, crecí en un lugar donde la clase media y la pobreza casi extrema conviven como vecinos potencialmente mortales. Desde el 31 de octubre las calles de mi fraccionamiento se llenan de niños disfrazados de fantasmas, duendes, brujas, demonios y piratas, con disfraces hechos en China, pero algunos traídos de los EEUU. También los pobres se contagian, con este carnaval de época fría, y dejan de ser muy tradicionalistas, cambian las ofrendas por el disfraz, y sin querer sonar cruel, muchos niños calaveritas que no requieren de disfraz salen a las calles a pedir limosna que durante esos días se le llama “calaverita” o “jalogüí”. Después de esos días son simples calaveritas que piden limosna. Es curioso vivir en este país que presume de tanta autenticidad y de glorias pasadas, que es una encrucijada, un tanto servil para mi gusto, donde en el fondo se imita lo que se quiere pero que por naturaleza no se puede tener. Donde se deífica al señor Dólar y se pondera la limpieza de las calles del vecino poderoso, donde incluso es grandioso contaminar el lenguaje propio con extranjerismos que parecen llenar de estúpida satisfacción (así la gente se siente cosmopolita, ciudadana del mundo, o de plano gringa). Ya lo dije, no somos ni menos ni más, sólo diferentes.

sábado, 25 de octubre de 2008

Apreciación del arte

Saliendo de la estación del metro Bellas artes, por esa salida que tiene una donación francesa, Art Nouveau en la capital azteca, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero que es de los pocos lugares en pleno centro de la ciudad donde hay más de seis árboles juntos. Es una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato. Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso compositor sordo está ella, acompañada de su grabadora de baterías, que toca a todo volumen los éxitos de una pseudo estrella cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente. Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudo estrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y que le permite mostrar sus delgadas piernas envueltas en medias negras, calza zapatos más negros que las medias, de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente. La mujer tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora de bocinas dañadas por los años. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, pero que realmente la observan de reojo. Unos son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo escucha dentro de su cabeza, diciendo en voz alta: “Gracias, son todos muy amables…”. Una canción más y un viejo con pinta extraña es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad, y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en el museo de arte moderno. Comienza otra canción de la pseudo estrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida. Mira a la mujer bailarina con una intensa atención, que él no se preocupa por disimular. Pero en sus ojos está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde, en su mirada realmente se nota la soledad y la compasión. La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apachurrable para bebé. La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles, los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo marrón sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción. Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y a la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión. Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe la actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora. De repente se hizo de noche y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse. El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El borracho par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la niña de sus ojos. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él. El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa. Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella imagina lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía. Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”. Otra cosa rara, el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación. La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas. En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños mal educados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.

martes, 2 de septiembre de 2008

El viejo del saxofón golpeado

El saxofonista anciano de Prado Norte, (con su saxofón golpeado como cualquier digno representanta de una economía terrenal) caminaba por una de las calles en apariencia más pudientes de esta contaminada ciudad, pero no te dejes engañar, la pudiente calle es en su mayoría maquillaje y oropel, con jóvenes profesionistas que simulan ser exitosos, tal como ven el éxito representado en las películas de Estados Unidos, o ‘americanas’, como les dicen los muy idiotas, esos jóvenes profesionales que tienen algo, y que todo lo que tienen lo tienen gracias a deudas que ya hace mucho sobrepasaron sus cogotes. El saxofonista es viejo, no tiene tampoco nada de profesional ni de globalizado, quizás sólo su barriga con parásitos, no sé qué edad tenga, pero el hambre envejece más que los años (abre bien los ojos y compruébalo), su rostro repleto de arrugas me recuerda esa tierra árida que durante tres años no ha tenido ni un leve encuentro con la lluvia. El viejo camina, calle tras calle, gastando con cada paso sus ya muy desgastados huaraches de suela de llanta radial (de una marca que se anuncia en las carreras de Fórmula 1, en Europa y en el continente Americano), va para interpretar sus desafinadas y arrítmicas melodías que resultarán tan irreconocibles como repulsivas para cualquiera. Va rumbo a uno de los muchos restaurantes con mesas sobre las aceras, ubicados en el pasaje de falso lujo, llamados ‘bistros’ porque es la moda arribista. Cuando el viejo casi llega a su lugar acostumbrado para iniciar su tradicional repertorio de música improvisada, siente que se le congela el profuso sudor de su cuerpo. Con la mirada que pondría el amante sincero al encontrar a su amada en brazos de otro (dale un vistazo a algunas películas de Buñuel) el viejo se para en seco y observa a un elegante saxofonista, quien con un impecable y pulido instrumento interpreta de manera igual de impecable una bella melodía que se encuentra escrita en las hojas pautadas que sostiene un atril tan plateado como el reflejo de la luna en un río calmado de aguas puras. Impura la madre en la que piensa el viejo y sin decir una sola palabra, maldiciendo mentalmente a la progenitora del joven músico que el restaurante contrató para beneplácito de los comensales y comenazúcares, el viejo retoma su camino hacia el cruce de un gran avenida para interpretar sus melodías en 20 segundos de los 30 que dura la luz roja, y aprovechar los 10 segundos restantes para recoger las monedas que algunos automovilistas pudieran obsequiarle. El viejo del saxofón golpeado fue hoy otra víctima de la elegante modernidad tercermundista que se rige por las apariencias dictadas por el submundo llamado primer mundo, qué le vamos a hacer.

sábado, 22 de marzo de 2008

El espectacular Payaso Malabarista (Ciudad de México)

Luz roja. Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho). Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso. Levantas la vista y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno. Un hombre calvo, el poco cabello que le queda, revuelto de forma desagradable, parece quemado, mal oxigenado, Marylin Monroe tras saltar del Hindenburg. Tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente con cigarrillo en la boca. Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un centro negro en cada uno de ellos. Cada punto negro es del grosor de la punta de un dedo, parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa. Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias. El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es el arco de la derrota, pasos cortos, cabeza gacha, la odiosa mirada siempre al frente. Es un frío día de marzo (el invierno se ha 'encariñado' con la ciudad y se niega a partir), su ropa delgada y desgastada lo protege muy poco. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’. Lo único que lo distingue de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos. Luz roja. Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’ (o lo que le permite su poca destreza en este negocio). Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así se pasan lentamente la bola durante veintidós segundos. Esporádicamente aspira su cigarro, quizás para darle al acto un factor de peligro. Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad). El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno. A veintitrés segundos de que la luz roja de paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda. Luz verde. Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.