Mostrando entradas con la etiqueta historias jamás contadas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historias jamás contadas. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de enero de 2009

El error

Una joven blanca, completamente vestida de negro, con grandes gafas oscuras que ocultaban casi la mitad de su rostro, se acerca presurosa arrastrando su negra maleta, como el último vagón de un tren que viaja alimentado por furia, y llega hasta la banca de cuatro asientos, dos de los cuales están ocupados por sendos viajeros cansados. Ella le grita exigente y acusadora a uno de ellos (el que se encuentra más cerca de la orilla izquierda de la banca): “¡Oiga!,¿ha visto mi bolsa?” Su tono es tan ofensivo como desesperado. El tipo -quien dejó de lado el libro que antes de ser interrumpido tan groseramente estaba leyendo (un best seller para freír bien sus pocos sesos y poder presumir que lee)- responde bastante sorprendido y temeroso con un tembloroso monosílabo negativo en minúsculas a pesar del punto en el signo de interrogación previo. La joven sale de escena, igual que como llegó: como un torbellino, para volver casi inmediatamente acompañada de un policía. “Le digo que aquí estaba mi bolsa, no pasó ni un minuto que me fui de aquí y me acordé de ella. Regresé y ya no estaba”. El policía llama por radio a sus compañeros y en la llamada despierta al encargado de vigilar lo que las diversas cámaras de video le muestran en pequeños monitores (hay gente a la que le pagan por ver TV). El Gran Hermano de la seguridad, recién despertado, maldice el hecho de tener que revisar las grabaciones de las cámaras para resolver el misterio de la bolsa desvanecida, abducida, tomada y/o robada, como sea. El policía que está con la joven sonríe y trata de calmarla, cada minuto ella está más molesta que los 60 segundos anteriores. De repente, como un magnífico mago en su último acto de la noche, la joven se agacha y saca triunfante de debajo de la banca una bolsa negra, que resulta ser su bolsa ‘perdida’. “¡Oh!, perdone”, le dice ruborizada la oscura chica al gentil policía, “aquí está, ésta es mi bolsa”. El policía le sonríe, pero no se preocupa por disimular su mirada que claramente, en lenguage esféricamente corporal, le dice “estúpida” a la joven y con la voz le comunica a ésta: “no se preocupe señorita, pasa todo el tiempo. Qué bueno que la encontró”. El policía se va a hacer cosas más importantes que prestarle su atención a una loca. La chica toma su bolsa, también la agarradera de su maleta negra y con una cara tan roja como el tomate más saludable le dice al sentado viajero del best seller: “odio cuando me pasa esto”. El viajero le dice con palabras: “a veces sucede”, pero con la mirada le dice: “estúpida”. Ella se va presurosa, aún con la cara roja, que no se ve tan mal combinada con sus negras prendas. El viajero simplemente retoma su lectura hasta que empiece el abordaje del avión que espera. El otro viajero registra su historia en una libreta.

Sept 17 2008. Roma. Inspirado en algo visto en el aeropuerto de Gatewick.

sábado, 9 de agosto de 2008

Historias no registradas

Pocos temas sobre los cuales hablar, y sin embargo seguimos hablando de ellos; pero por otro lado la añeja pareja que llega a comer a un restaurante de segunda no dice ni una palabra entre sí. Hay historias que dejaré ir por desgana. La déspota mesera que trata con la punta del zapato a los comensales (quienes no salen, sino que entran a comer) tendría como verdadera vocación el futbol, si el balón tuviera forma de trasero, pero tampoco despierta en mí el interés suficiente y por eso se quedará en la nada. En el ignorado anonimato quedará también el vendedor de enciclopedias y cuentos ilustrados para niños a los que no les gusta leer. Cientos de imágenes y pocas palabras, porque según se dice “una imagen siempre dice más que mil palabras”. El tipo vende sus productos diciendo que el fomento de la lectura es un gran obsequio que un padre puede hacerle a sus hijos (aunque el vendedor, que no lee ni sus horóscopos abreviados, no piensa darle nada de esto a sus hijos, y a él de niño sus padres jamás le compraron un libro). Perdida en la nada quedará también la historia jamás contada de la chica no guapa cuyo no galán la presume a sus amigos como “mi peor-es-nada”, y que a pesar de estar académicamente bien preparada no pasará nunca de ser una empleada explotada e infravalorada (y como fondo se escucha el “Tema de Lara”, que no es de Agustín). Y la joven de largos cabellos y ojos pequeños quien, al no sentirse particularmente atractiva, gusta de juntarse con chicas oficialmente declaradas feas, porque en el reino de los ciegos el tuerto es rey. El anonimato y las aguas grises son el territorio de las masas, por eso todos quieren sus cinco minutos de fama, para así darle sentido a su existencia. Claro que la mayoría no tendrá esos cinco minutos, sólo días eslabonados, voces sin sonido y un hueco en donde debe ir el alma. Mira que te lo dice un aspirante a escritor quien es el único lector de sus propias obras. Todo esto desde la ‘tierra de lo que pudo haber sido’. Y mi historia tampoco quedará escrita.