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martes, 18 de noviembre de 2008

La princesa Fatalidad en el reino mediocre

La princesa fatalidad expresaba elegantemente sus insultos tornasolados. No decía malas palabras, sólo pulcros malos deseos. Muy al contrario de la jauría de las perras, para quienes el lenguaje carretonero era la única forma de expresión. Solitario, en medio de la multitud, más frío que la lápida del que cayó de la gracia popular, decidí escribir lo que cabalgaba por mi mente, sólo para pasar el tiempo. El Don Juan decadente esgrimía los datos que con tanto esfuerzo había memorizado para presumirlos a la primera oportunidad, deslumbrando ignorantes y siendo ignorado por los indolentes. La muñeca plástica de cabeza hueca sonreía de la manera mecánica que le enseñaron en la escuela de modelos. El legislador sin ley no sabía qué dictar, sintiéndose como un déspota sin autoridad. Los grises mal nacidos escondieron la llave a alguien que era el eje de sus envidias, ella tenía lo que ellos ni se atrevían a soñar para sí. No sé cuánto soportaré, escribiendo, cuando tengo que convivir con esta gente la mayor parte de las horas en que estoy despierto. Vigilia que trata de escapar hacia lejanas tierras, sin embargo para ir allá en realidad debo estar aquí. Rutina absoluta, carente de sorpresas, todo comienza a la misma hora y a la hora de siempre termina, para al día siguiente volver a empezar. ¿Habrá sido la farsa igual antes de que la historia comenzase a ser registrada y contada? Horas de 60 minutos, jornadas de más de 10 horas. Princesas, perras y juanes, legisladores, muñecas y demás, agazapada tras el asombro y la novedad iniciales siempre está la costumbre; quisiera correr pero me da miedo vivir sin techo, además lo malo puede ponerse peor. Me quedo matando el tiempo en las ruinas de la sorpresa.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Resignación

Ayer la esperanza de muchos colores, hoy la resignación en un solo tono de gris, mucho pudo ser, el destino prometía, pero a la larga nada pasó. Tu voz solía encantar a mil serpientes que en ensueños podía correr, pero el encanto se acaba y tarde o temprano se descubre la verdad. Ayer tu cariño era un sol, hoy sólo queda un témpano de invierno, tan aturdido estoy que no distingo la derecha de la quebrada. Igual estoy pagando un error de otra vida, igual es el costo para entrar a algún paraíso sin policías. Tirando la primera piedra escondo la mano y registro lo que por pudor callamos. Ayer tu conversación, hoy el silencio de cuatro paredes desnudas. Si no pude alcanzar tu amor no quiero conformarme con tu desprecio. Mis manos que solían ser expertas en tocarte hoy se encuentran aturdidas y ateridas. Nada debe lograse a la fuerza, y de entre todo, menos debe obligarse a la compañía. Un adiós antes de perderme, mi última oportunidad para que me pidas quedarme. Ayer el esplendor de las estrellas, hoy el simple canto de un gallo, negándome lo que yo mismo me negué. No me gusta vivir de recuerdos, perdido en los laberintos del pasado, y sin embargo no siento tener presente sin ti. Un intento más o si no el último clavo, para empezar la carrera hacia la resignación.

sábado, 2 de agosto de 2008

Emancipación y decadencia

En la cima de la montaña huraña una araña teje el destino alrededor de la quietud de tus frías acciones sin mercado aplicadas a tus Romeos de fuego, mientras tus caballeros andantes, amantes, se derriten por un deseo oscuro e insatisfecho. Las cuerdas de tus marionetas estetas se rompen como botellas de rompope monacal fuera del convento convexo de tu irreligión. Un ladrón fue crucificado junto a su señor y tú esperas que no desesperen tus pretendientes y se queden hasta quedarse sin dientes; ellos en nada te entienden cuando imaginas maravilla en tierras extrañas que no existen. Pero tú tampoco te mueves, sólo conmueves y excitas con éxito sembrando frustraciones y futuros desamores amargos, que sabrán rancios con la leche del destiempo de mañana sin maña, donde se rezarán resignaciones originadas por los insignificantes instantes en que ellos, los amantes de antes, se dedicarán a voltear hacia atrás sin más remedio para ver tu mal recuerdo y alegrarse de haber roto las candentes cadenas cardenalicias de tu oscuro deseo. Con frío de río deshielándose pagaste sus fervorosos regalos sin otorgarles demasiados favores y ninguna de tus gracias, que al final serán desgracias y una pérdida absolutamente disoluta de tus segundos disueltos y de tus horas doradas, dedicadas a tu completa autoadoración. Todos quedarán como mudas estatuas estatales cuando les digas que no los quisiste. Tu infelicidad crónica es contagiosa y aguda, clavada como aguja en el corazón de cada iluso que te ama. El león no es como lo pintan y tú no eres quien pretendes. Ellos se recuperarán, tú no. Estas son pálidas palabras de lo que pasa y pasará cuando tu tiempo se pasado.