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jueves, 28 de mayo de 2009

Casual como el sexo de bar

"Me mandó un mensaje diciéndome que gracias por los mensajes y que me mandaba muchos besos", dijo a su compañera del servicio de limpieza la señora sin incisivos que tallaba los azulejos del baño público con un cepillo de dientes para niños, "ya ya no supe más". La afanosa mujer, una noche antes, había salido con un fulano de sonrisa prefabricada y lágrima domada, que la conquistó en una especie de bar de buena muerte (pues seguro allí por cualquier cosa te eutanasian). Tras los tragos baratos, tuvieron una mediocre relación sexual y él, después de la mediana satisfacción, decidió olvidarla cuando se despidieron con un beso de mármol. Grande fue la sorpresa del tipo que, a pesar tan poca destreza, después de despedirse al romper el alba (la llave se quebró al entrar en la cerradura) ella le mandara 48 mensajes de amor a su celular. Unos más melosos que la miel impura. Él, a la media hora de la separación, ya la había olvidado, ella estaba prendada y prendida por él; y no entendía que tras el mensaje de agradecimiento, él no contestara nada (fulano ingrato, después de tantos mensajes tiró ala basura su celular, dispuesto a robar otro para sí). Jamás se volverían a ver. Así pasó, el paso doble de la muerte que no fue contado como pensé que lo contaría. Pero tal como lo digo sucedió, y si no fue así, fue peor.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La historia que no quiero contar

Ahora me pasa lo contrario. Tengo personajes de sobra pero la única historia que se me ocurre es la que no quiero contar. Tengo a la mujer que quiso independizarse y poner un negocio; puso el café en mal lugar, y pese a que no es fea y usa ropa entallada, los clientes no llegan. Pero hasta allí, no puedo contar más porque sólo pienso en ti y en lo que pudimos haber hecho mal. Tengo al anciano que el día del trabajo se enteró que su presente es tan aburrido como el resto de los días de su anquilosada vida. Tomó sus bolsas y salió de compras, pero al intentar cruzar la calle hacia el supermercado, lo atropelló una joven con toda la esperanza por delante. No puedo desarrollar nada más, sólo me acuerdo que los buenos momentos que viví contigo eclipsan a los pocos instantes amargos, aunque me bastó una palabra para acabar con todo. Tengo al afortunado hombre opulento que se divertía vistiéndose mal y baratamente para entrar así a tiendas ‘exclusivas’ y provocar que lo maltrataran; después, mostrando su verdadera identidad, creía dar una buena lección a aquellos que se dejan llevar por las apariencias. Hasta allí, no se me ocurre nada más, pues me pregunto si eres tú a la que verdaderamente amé, ¿por qué no resultó lo nuestro? Tengo a la mujer fea que logró casarse con el hombre de sus sueños y que convenció a éste que ella era lo mismo para él, pero cómo puedo escribir esta historia si tú y yo fracasamos tras mis esfuerzos y a pesar de los tuyos. Es por eso que tengo un desperdicio de personajes y ninguna historia que contar, excepto aquella que no quiero.