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jueves, 10 de septiembre de 2009

Al que se va lo olvidan

Al que se va lo olvidan. Dímelo a mí, que para olvidar me fui, y el recuerdo me persiguió a todos lados. Todo para que al volver me enterara que yo, el que recordaba, fui totalmente olvidado. Ahora soy un ser de otra dimensión, que vive, quiere y respira, que aún siente; pero que siente, lamentando, que fue por completo olvidado. Los dados están cargados, la soldadura es dura, te lo digo, pero no lo es tanto como el olvido. Lo digo mal pero es la única manera en que puedo decirlo. El entierro sin difunto, sin dolo y sin duelo. La última vela que se apaga, se pierde en el horizonte del mar, al que se va lo olvidan, y eso es algo que no se puede cambiar.

jueves, 28 de mayo de 2009

Casual como el sexo de bar

"Me mandó un mensaje diciéndome que gracias por los mensajes y que me mandaba muchos besos", dijo a su compañera del servicio de limpieza la señora sin incisivos que tallaba los azulejos del baño público con un cepillo de dientes para niños, "ya ya no supe más". La afanosa mujer, una noche antes, había salido con un fulano de sonrisa prefabricada y lágrima domada, que la conquistó en una especie de bar de buena muerte (pues seguro allí por cualquier cosa te eutanasian). Tras los tragos baratos, tuvieron una mediocre relación sexual y él, después de la mediana satisfacción, decidió olvidarla cuando se despidieron con un beso de mármol. Grande fue la sorpresa del tipo que, a pesar tan poca destreza, después de despedirse al romper el alba (la llave se quebró al entrar en la cerradura) ella le mandara 48 mensajes de amor a su celular. Unos más melosos que la miel impura. Él, a la media hora de la separación, ya la había olvidado, ella estaba prendada y prendida por él; y no entendía que tras el mensaje de agradecimiento, él no contestara nada (fulano ingrato, después de tantos mensajes tiró ala basura su celular, dispuesto a robar otro para sí). Jamás se volverían a ver. Así pasó, el paso doble de la muerte que no fue contado como pensé que lo contaría. Pero tal como lo digo sucedió, y si no fue así, fue peor.

viernes, 10 de abril de 2009

Abundancia de vagabundos

Ayer en menos de una hora tres vagabundos me hicieron pensar en muchas cosas. Uno estaba sentado en la banqueta, con los pantalones recogidos hasta las rodillas, contando sin parar los extremos de sus agujetas; el total siempre le daba cuatro, sin importar qué tanto se esforzara en lo contrario. El segundo estaba en un parque, en donde no había niños, hablando en voz alta consigo mismo, o igual estaba charlando con Dios. El tercero iba conduciendo mi automóvil. Pero esta mañana vi a un vagabundo aún cuerdo. Él estaba de pie en la banqueta, observando con cierta nostalgia el aparador de una tienda de antigüedades en una exclusiva zona residencial. Si tú fueras el vagabundo, en el interior de la tienda hubieras visto un viejo comedor decorado con los más disímbolos vejestorios. Un busto dorado de un egocéntrico Napoleón que cejijunto observaba una réplica del teocéntrico Moisés que alguna vez esculpió Miguel Ángel. Entre ellos había un candelabro que no hubiese nunca estado fuera de lugar sobre el piano de Liberace. En las paredes, marcos rococó delimitaban pinturas: la última cena de Da Vinci (bueno fue de Cristo en realidad, sólo que Leonardo la pintó) compartiendo pared con la persistencia de la memoria de Dalí, opacada un poco por los girasoles de su vecina pintada por Van Gogh. Cabe señalar que el vagabundo conservaba un porte digno y quizás lo que realmente observaba en el aparador eran recuerdos descontrolados no muy remotos. Quizás su vida cambió radicalmente hacía no mucho tiempo, con alguna crisis mundial, y él tuvo hasta entonces un comedor similar, ahora ya irrecuperable para él. Aún recordaba. ¿Cuánto tardará en olvidar todo y ponerse a contar sus agujetas o a hablar con alguien imaginario? No lo sé, ¿cuánto tardaré yo en echar de menos un comedor?

martes, 17 de marzo de 2009

Tres ángeles

Tres ángeles sobre un arco de piedra, no en una tienda donde quieren venderte fe o superstición enlatada a precios divinos. Un simple arco de piedra, no de los que sirven para disparar flechas que cruzan el corazón de los enamorados. El trío miraba a la gente pasar. Un domingo cualquiera, día del Señor, cuando mucha gente tiende a descansar. Es extraño que esos días suelan ser soleados y que en ellos a veces se cumplan las ilusiones familiares de niños afortunados. Muchos padres llevan a sus hijos a vivir aventuras de un solo día, de oasis laboral, que posiblemente queden en la memoria de los pequeños por muchos años. Dicen que los ángeles son seres casi perfectos, que para ellos no existe el tiempo. Si son casi perfectos y no conocen el tiempo, ¿por qué entonces envidian un poco a ciertos niños y lamentan no tener recuerdos dorados? Los arcos de piedra no disparan flechas, pero los tres ángeles salieron de allí disparados, molestos, rumbo al cielo.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

El parque

Ignoro cuántos primeros pasos se han dado aquí, cuántos niños hicieron sus primeros descubrimientos y cuántos ancianos han dado sus últimos pasos; cuántos enamorados descubrieron en este sitio el universo que se abre con el primer beso. Cuántos recuerdos se forjaron aquí y cuántos momentos que la gente preferiría olvidar. A pesar de todos los recuerdos que se crean en este parque, a pesar de que si me esforzara un poquito podría llenar hojas y hojas de mis memorias, realmente en este lugar siempre me acuerdo de ti. Sé que aquí te dije que te amo, nada original pues en este lugar muchos habrían dicho lo mismo. Sé que aquí sentí más de tres veces que era la última vez que te vería, y sin embargo nos volvimos a ver. Recuerdo la vez del taxi, con tus cajas, recuerdo también la vez que dijiste que lo nuestro carecía de futuro (quizá no en esas palabras, pero así lo entendí), recuerdo cuando dijiste que esperabas un hijo y la primera vez que lo vi. Recuerdo que aquí solucionamos una de nuestras mayores diferencias. Recuerdo haber sentido aquí mismo que mi sombrero de trucos estaba ya vacío y que también se me habían acabado los ases en la manga. Cuando más sentía eso, sin habértelo mencionado, tú me dijiste lo contrario. Lamento decir que si alguna vez hubo aquí un beso, lo he olvidado. Siento a este sitio como el lugar de los adioses y de los holas; de abrazos y de lágrimas, de noticias que podían construir monumentos de esperanza en el alma y de frases que los destruían hasta sus cimientos sin dejar siquiera ruinas. Hoy quise venir sin esperar encontrarte, pero de todas maneras te encuentro. Tengo la sospecha de que si algún día pierdo la memoria, no podré perder esos recuerdos.