jueves, 5 de marzo de 2009

Noches comunes

La tormenta había liberado las últimas gotas de su furia, el verdor regresó a gobernar los jardines y el médico brujo sentía el anacronismo de su profesión, aunque seguía ganando mucho dinero. Miles de personas sufrían la soledad de la ciudad sin saber cómo matarla. El médico brujo no tenía la cura para ellos, y tampoco el cura podía curarlos. El alcohol corría por las calles húmedas, era otra noche de fuga. Los confusos eran confundidos, los poemas eran poco como para brindar consuelo a todos. Remedios que sólo curan por momentos la enfermedad. Así había sucedido durante siglos, por eso el médico brujo seguía ganando mucho dinero. El verdor no se aprecia bien de noche, me sorprendiste en falta y descubriste que miento; pero sabes muy bien cuándo digo la verdad. Sientes que algo te calma, pero la paz no dura mucho, es tiempo de tu cita con el médico brujo. En tu camino salúdame al fantasma de neón.

miércoles, 4 de marzo de 2009

El campeón

Se acerca desgarbado dando tumbos con su anatomía de tambo. Una panza descomunal como la que yo empiezo a formarme a finales de los 30 (que quizá alcance la descomunalidad a los 45), pero él no tiene ni 20. Exceso de McDonald’s y cosas similares, mezcladas con horas de videojuegos. Sus únicos músculos fuertes son los de sus ojos y sus dedos pulgares. Lleva el pelo en una larga trenza solidificada y tiesa por el sebo y la mugre. En las manos no lleva un libro, sino un disco, su premio por un campeonato de videojuegos. Aborda el colectivo que resiente su peso, si las cosas hablaran, el colectivo seguro lo insultaba. Mira con cierta envidia los anuncios que afean las calles, soñando con ser uno de los musculosos o flacos modelos andróginos que aparecen en ellos anunciando hasta ropa interior. Yo alguna vez soñé con ser escritor y terminé traduciendo. No puedo evitar preguntarme en qué acabará él. Quizá sea un gerente en un restaurante de comida rápida o en una tienda de videojuegos. Quizá repartidor de pizzas. Igual y tiene suerte y se saca la lotería, pero seguro se compraría todas las consolas de video habidas y por haber, para encontrar consuelo existencial en ellas. Como están las cosas es probable que termine como lector de noticias en un noticiario matutino. Bueno, si es que se hace la liposucción. Lo más probable es que el fulano acabe en la misma cola de desempleados que yo, mendigando un trabajo que nos permita ganar nuestro pan de cada día. No es melancolía, es la realidad.

martes, 3 de marzo de 2009

A ver qué pasa

No te prometo nada que ni pueda ni quiera darte, ni me regresaré a mi encierro para dejarte ir; sólo debes poner lo que está de tu parte para ver si cumplimos lo que nos dicen que es bueno. No negaré tu libertad y respetaré tus ideas, quizás ya no escriba tanto acerca de ti, el que no te mencione siempre no debe ser tomado como si te hubiera olvidado. Ahora no sin sólo palabras para quedar bien, tampoco promesas que se deslavan con la primera lluvia, vayamos juntos hasta donde nos lleve el tren, y después de eso, pues ya veremos qué.

Noche de fábula

Allí estaba el gran cerdo, con una rosa tatuada en el trasero, con la frase “bésame mucho”, grabada en letras amarillas neón. Demasiada TV acerca de situaciones que en realidad no importan, fumé otro cigarro y un gato empezó maullar mi nombre, entre el humo de las estupideces quemadas, bajo la luna. Nadie sabía en ese momento hacia dónde íbamos, y muy tarde descubrimos que no fuimos a ningún lado, eso fue después de que la pluma expiró. Extraños secretos y febriles delirios, si no me crees pregunta a edgar alan poe. Algunas hermanas de la caridad ofrecieron su ayuda a las estrellas y a ciertas personas que nunca pudieron verlas. El tiempo es más relativo de lo que pensaba y terminé preguntándome hasta cuando iba a soportar la obra. “Ding, Ding, Dong”, cantaron el villancico unos chinos invadidos en su propia casa por una cadena de supermercados. Lo ridículo está de moda y tu amor siempre se fue con el mejor postor, tras dejar mi pozo en la peor sequía. Dentro de su complejidad todo está muy claro. El beso del alcatraz negro fue la despedida. Moraleja: No hables de lo que ignoras y no ignores lo que debes conocer.

domingo, 1 de marzo de 2009

Los hermanos Bloco

Cuenta la leyenda, y lamentablemente las leyendas casi nunca pasan las pruebas que la estricta ciencia con su cara larga les hace, que los hermanos Bloco viven juntos en una casona simplemente para presumir que tienen un techo sobre sus calvas cabezas y para no dejarle al otro hermano el derecho de adjudicarse la propiedad. Dicen que esa era la razón por la que ninguno de los dos quiere abandonar la gran casa que su madre les heredó cuando murió. Como buitres testarudos, ansiando que el otro muera, los hermanos Bloco llegaron a convertirse en un par de ancianos amargados, moribundos y pensionados, por el circo estático, al que se fugaron cuando niños, abandonando a su madre, para trabajar en la carpa perpetua que estaba justo enfrente de la casa materna. Ahora se pasan la vida sentados, uno frente al otro, en sendas mecedoras, esperando la llegada de la muerte. Ambos en continuo silencio para no compartir ni siquiera lo que en la existencia habían aprendido. Ambos temblando, porque es invierno, y de sus sillas no se levantan más que para comer e ir al baño. Esta tarde un vecino de ellos pasó por la gran mansión y les dijo: “son una blasfemia existencial, miren que desperdiciar sus vidas de esta manera es algo pecaminoso”, dicho lo cual apresuró el paso para llegara su casa y ponerse a ver televisión durante horas. Cuentan que una noche, de mendigante luna menguante, un empedernido romántico pensó en los Bloco y en la total falta de amor fraternal que había entre ellos. “¿Cómo han podido vivir todo este tiempo sin amar a alguien?”, había exclamado el romántico en lo oscuro de su propia habitación y luego se calló para aguzar el oído en espera de las pisadas de aquella mujer que tanto amó y que lo había abandonado hacía, en ese momento, catorce años, siete meses, cuarenta y cinco horas y tres minutos. Para ser honestos, nadie puede afirmar que los Bloco son infelices, aunque tampoco nadie puede afirmar lo contrario. “Si tan sólo hubieran sido más ambiciosos, hubiesen gozado y hubieran obtenido más de la vida”, dijo el empresario moribundo que esta misma mañana había tenido que abandonar su mansión para ser internado de emergencia en un hospital debido a otro ataque del corazón ocasionado por el estrés. Ese ataque fue el último de su vida. Posiblemente los Bloco serán olvidados, pues no dejarán nada que permita a las generaciones futuras conocerlos. Y eso lo digo yo, quien escribe estas palabras que ni yo mismo creo volver a leer mañana. Bueno, después de todo sólo fue una leyenda.

Olfato callejero

Huele a muerto, como el rancio ranchero musical de antaño al que todos recordaron sólo por que se murió, al morir resucitó del olvido. Apesta a perro sucio, pues a los viejos canes de la casa jamás los bañan. Hiede a anciano, un vejete que espera sentado en el lado del conductor de esa gran camioneta último modelo, en la que espera con impaciencia a que descienda su esposa. La misma de siempre. Huele a naftalina, la ropa bien limpia de la añosa mujer que baja, como la economía de mi país. Apesta a diferencia la humilde sirvienta indígena que les abrió la reja de la cochera, para que los dos viejos opulentos metieran su gran camioneta. Hiede a un pasado negro, pero ahora ambos viejos se ven tan inofensivos, sin embargo uno se pregunta ¿cómo es que esos viejecitos vivan en una mansión digna de un joven poderoso? Apestas a crítico, parece decirme la vieja con su mirada al verme pasar. Huele a humedad o al menos eso dijo alguien recientemente acerca de mí. Yo puedo oler a muchas cosas, pero no a humedad. Los viejos entran en su casa seguidos de su sirvienta, y sus perros pestilentes duermen la siesta mientras yo paso de largo por una calle familiar que probablemente no vuelva a recorrer más. Aunque el olfato funcione, el tiempo no se detiene y el destino sigue trabajando. ¿A alguien le importaría realmente que los viejos bañen a sus perros? ¿A alguien de verdad le importa a qué huele un anciano? ¿A alguien realmente le interesa que yo huela a humedad? Vaya manera de despedirme de esta calle tantas veces recorrida.

Zoo rutinario

Allí estaba el hambriento de afecto, mendigando cariño en la mesa de los insatisfechos involuntarios. Se efectuaban demasiadas acciones, pero ninguna se hacía con la intención de que tuviera sentido. La princesa de chocolate amargo, por ejemplo, se sentía toda una anciana y apenas tenía 22 años de edad. Por otro lado, la Indecisa profesional no sabía ni lo que quería ni lo que no quería, no sabía siquiera si quería algo en absoluto. “Dame un mundo aparentemente satisfecho y te mostraré miles de almas torturadas”, era el mensaje de la galletita de la mala suerte que se suponía que tenía que ser tan inútil para nosotros como la estrella más lejana. El hambriento de afecto se puso de pie y optó por esperar afuera, de pie junto a la puerta alfombrada, con el fin de ver si su destino cambiaba con la marea de los pensamientos múltiples. El Mentiroso compulsivo ahora estaba molesto consigo mismo, pues se había creído todas las mentiras, incluyendo las suyas. El corazón de la Anciana ansiosa (quien no tenía nexo alguno con la Princesa de chocolate) estaba tan seco como la boca del Tímido perpetuo, y sin embargo aún tenía un raspón de esperanza. Sandra la salamandra tiraba de nuevo los dados en el centro del incendio para encontrar otra respuesta, pero ya era demasiado tarde, ella carecía de honor, de dinero y también de afecto (jamás se enteró de que los dados no dicen nada más que los resultados de un juego que no se relaciona de ninguna manera con la vida). El hambriento de afecto soportó estoico la tormenta, de pie junto a la puerta alfombrada. La perpetuamente decaída Lucía depresiones bebía y compraba para olvidar su situación mientras que Adonis anabólico hacía ejercicios y fortalecía su meta de encontrar una compañía tan perfecta como su espejo. El Contador metódico tachonaba con rabia la palabra “rutina” cada que la veía impresa y golpeaba la boca de quien se atrevía a pronunciarla, llevaba 27 años haciendo lo mismo. Juana sagrada leía las mismas tres páginas de su Biblia, creyendo comprenderlo todo, pero sin querer ir más allá (pobre Juana, ni cuenta se dio cuando un Lázaro resucitado se pasó de vivo con ella). Romeo y Julieta de plástico se besaban insensiblemente, en tanto que Laura desesperación escuchaba los mensajes de su correo de voz para ver qué tan efectivo resultaba el anuncio que puso en el periódico (“Dama decente desea ser deseada. Seriedad absoluta”). El agua tenía el mismo sabor que el tiempo perdido. Fue entonces que al no ver cambio alguno el Hambriento de afecto perdió su paciencia y se alejó de la mísera puerta. “Quizás aún no sea demasiado tarde para mí”. El día siguiente fue casi lo mismo.