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martes, 25 de agosto de 2009

Limón

Llevo días tratando de decidir cuál será la moraleja de la historia. La verdad no sé si es que todos debemos llevar siempre algunas monedas en el bolsillo o aprender a respetar a los ancianos. Todo empezó un día en que llevé a mi trabajo un buen filete de pescado para la hora de la comida. Debo decir que para mí un filete de esos pero que no tenga un poco de limón vale lo que un predicador en el desierto o un neumático triangular. Pues bien, a la hora de comer descubrí que mi filete no tenía limón. Lo bueno es que recordé que a dos calles de mi oficina hay un gran mercado, en donde seguramente venderían limones. Presuroso me dirigí hacia allá hasta encontrarme frente a un gran puesto de frutas y verduras, atendido por una dulce anciana que tiernamente pasaba el tiempo tejiendo unas botas para bebé. En su puesto estaban a la venta los limones más jugosos que haya yo visto, bueno, quizás no tanto, pero lucían realmente jugosos. Tras saludar cortésmente a la viejecita (ella me devolvió el saludo con la misma amabilidad) tomé uno de los limones y le pregunté a ella el precio. “Son cincuenta centavos, joven”, me dijo sonriendo tras interrumpir su labor de tejedora. Busqué una moneda en mis bolsillos, pero lo único que tenía era un billete de quinientos pesos. Se lo hice saber a la anciana, quien sonriendo me dijo: “no hay problema joven lléveselo y al rato pasa los cincuenta centavos”. Yo guardé el limón en el bolsillo vacío y agradeciendo su confianza le dije: “Sí, al rato se los traigo”. Ahí comenzó el drama. Llegando a mi trabajo comí el delicioso filete, con el exquisito jugo del limón. Quedé tan feliz y satisfecho con mi comida que regresé alegre a retomar mis labores, antes de lo cual pensé en ir a pagarle a la anciana, pero no me dieron muchas ganas de salir de nuevo, optando por ir a pagar mi deuda al día siguiente. Tanto me gustó el filete que incluso esa noche, ya en mi casa, soñé que era yo un marinero naufragando y llegué hasta una isla paradisiaca en donde se daban los limones más jugosos del mundo y con facilidad se podían pescar peces que resultaban deliciosos. Jamás he vuelto a tener un sueño tan hermoso, bueno, quizás sí, pero ese fue bonito. Al día siguiente llegué como de costumbre a la oficina, me puse a trabajar y pensé en ir a pagarle a la viejecita al medio día. Cuando llegué al mercado me la encontré tan tierna y dulce como el día anterior, había terminado una de las botitas y ya iba a la mitad de la segunda. “Buen día señora”, la saludé y ella me contestó con mucha amabilidad mientras dejaba su labor a un lado y se ponía de pie quitándose los anteojos. Con un tono cortés, pero manteniendo su mirada triste fija en mí, me preguntó: “¿para usted qué es un rato?” La pregunta me sorprendió bastante y le respondí: “pues un momento breve”. “¡Ah!”, dijo y empezó a bajar unas piñatas que estaban colgadas sobre su puesto, sin dejar de mirarme continuó, “¿y usted cree que entre el instante en que se llevó el limón y el presente ha pasado sólo un momento breve?” Yo, estúpidamente, como si ella estuviera bromeando conmigo, le empecé a responder: “Bueno, usted sabe que el tiempo es relativo”, pero no mal había llegado a la palabra ‘tiempo’ cuando recibí un fuerte piñatazo en la cabeza. Se trataba de un burrito multicolor que la anciana me había arrojado. Y mientras alcanzaba otra piñata (ahora era de un winnie pooh) me gritó: “un breve momento, yo te voy a enseñar lo que es la brevedad, abusivo”. El winnie pooh fue a romperse en mis costillas y luego me arrojó un bob esponja, éste me dolió más porque no era una piñata de las pequeñitas. Yo estaba mudo de asombro ante la sorpresiva furia de la vieja, quien después de arrojarme cinco piñatas empezó a darme de puntapiés, ante las miradas divertidas de la gente que poco a poco se fue reuniendo alrededor de su puesto. Yo para entonces ya estaba en el suelo tratando de proteger mi rostro y mis partes nobles. “Ya estoy cansada de los abusivos como usted”, gritaba la viejecita sin que pareciera estar cerca del cansancio por tanto ejercicio. De repente dejó de golpearme y yo me atreví a asomarme. Su rostro era una desfiguración similar a la de las caras de los demonios tibetanos y de sus ojos ahora parecían salir dantescas llamas. Por un momento me temí que iba a reanudar su ataque, pero en vez de eso salió del mercado hacia la oficina de correos que estaba cerca y fijó su mirada en una de las motocicletas de los carteros. Seguro pensó en que si hubiera podido la levantaría para arrojármela, en vez de eso llamó al policía y le pidió ayuda. Adolorido pagué todo lo destruido. No fue necesario que el policía hiciera nada, pues los curiosos estaban todos a favor de la ancianita quien calculó que el total de daños fueron como quinientos pesos, lo cuales pagué gustoso para largarme de allí. Esa es la historia del limón más caro del mundo.

sábado, 25 de octubre de 2008

Apreciación del arte

Saliendo de la estación del metro Bellas artes, por esa salida que tiene una donación francesa, Art Nouveau en la capital azteca, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero que es de los pocos lugares en pleno centro de la ciudad donde hay más de seis árboles juntos. Es una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato. Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso compositor sordo está ella, acompañada de su grabadora de baterías, que toca a todo volumen los éxitos de una pseudo estrella cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente. Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudo estrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y que le permite mostrar sus delgadas piernas envueltas en medias negras, calza zapatos más negros que las medias, de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente. La mujer tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora de bocinas dañadas por los años. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, pero que realmente la observan de reojo. Unos son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo escucha dentro de su cabeza, diciendo en voz alta: “Gracias, son todos muy amables…”. Una canción más y un viejo con pinta extraña es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad, y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en el museo de arte moderno. Comienza otra canción de la pseudo estrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida. Mira a la mujer bailarina con una intensa atención, que él no se preocupa por disimular. Pero en sus ojos está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde, en su mirada realmente se nota la soledad y la compasión. La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apachurrable para bebé. La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles, los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo marrón sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción. Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y a la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión. Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe la actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora. De repente se hizo de noche y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse. El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El borracho par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la niña de sus ojos. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él. El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa. Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella imagina lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía. Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”. Otra cosa rara, el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación. La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas. En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños mal educados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.