lunes, 25 de mayo de 2009
Sin embargo el mundo no es tan feo
viernes, 21 de noviembre de 2008
Que verde era mi valle
“Debo ir al baño antes de salir de casa”, me repetía mentalmente, aunque de manera demasiado tardía, pues eso debí decírmelo inmediatamente después de haber bebido tanta agua de jamaica en la comida. Ahora esa frase sólo me servía de inútil mantra mientras estrujaba con fuerza los papeles que llevaba en mi mano derecha y un sudor frío comenzaba a perlar mi frente.
Como suele suceder cuando la vejiga apremia fuera de casa, la necesidad de encontrar un baño era directamente proporcional a la distancia que me separaba del w.c. más cercano. Empecé a experimentar esa dolorosa desesperación y exasperante nerviosismo que acomete en estos casos. Seguía caminando, pero por donde yo andaba tras una casa sólo aparecía otra, seguida de otra más, y otra, etc. Cruzando la calle había un gran taller mecánico que imagino ocupaba toda esa cuadra. No tenía puerta ni entrada a la vista.
“¿Y si les pido que me permitan usar su w.c.?”, pensé cuando el sudor nervioso empezaba a humedecer mis axilas, “quizás se rían, pero puede que no sean tan inhumanos como para negarse”. Entonces surgió un nuevo problema: la imposibilidad de atravesar la calle, pues el flujo de autos era muy cargado y ellos iban a gran velocidad, como si en el ansia de despegar hacia los cielos se les fuera la vida a los conductores. He ahí que decidí llegar hasta la esquina y atravesar la calle tal y como Moisés lo hubiera exigido si los judíos hubiesen inventado el automóvil en esos tiempos. Pero no había semáforo, los autos no son un mar de agua y yo no soy Moisés. Agua, decidí no pensar en agua.
Como ya habrás adivinado, mi cerebro no suele pensar las cosas más oportunas, y mientras casi corría yo hacia la próxima esquina, pensé: “que bien que traigo puestas mis gafas oscuras, pues así no notarán la vergonzosa desesperación en mis ojos cuando les pida usar el baño”. Pero no llegaba, no llegaba, las apremiantes ganas querían premiarme con una pena pública. Claro que aún no concluía ese pensamiento, cuando mi cerebro mencionó: “que ridículo espectáculo sería que un individuo de 30 años (la cual era justamente mi edad entonces) moje sus pantalones en plena vía pública”. Ese es el condenado sentido del humor inoportuno de mi cerebro.
Mis pies estaban en esa competencia entre ellos por tomar la delantera (que la mayoría de las personas que hablamos español llamamos ‘caminar’) y yo comenzaba a resignarme a efectuar el espectáculo ridículo que recién había invocado mi cerebro, cuando de repente, como un gran milagro divino, la hilera continua de casas fue interrumpida por un verde terreno baldío salvajemente gobernado por la verdosa vegetación. En medio del terreno se abría un senderito de tierra que se perdía hacia el fondo entre tanta hierba del aparentemente virginal lote.
Sin pensarlo dos veces corrí hacia el interior del camino (que si hubiese estado pavimentado de oro, no hubiera sido más valioso para mí en ese momento) para ocultarme pudorosa y momentáneamente de la civilización y realizar mi acto incivilizado. Corrí esquivando múltiples restos sólidos de necesidades fisiológicas humanas, que además de quitarle la aparente virginidad natural al terreno, estaban allí retadores como vestigios de que varias personas se habían visto en necesidades similares a la mía, aunque de posterior expresión.
Llegué hasta un sitio que consideré lo suficientemente alejado y procedí a liberarme del líquido que pugnaba por abandonarme.
Y allí estaba yo, sintiendo un gran alivio cuando al alzar la vista divisé a un policía que caminaba por la misma acera que yo había caminando hacía algunos momentos, pero en dirección opuesta, y que de repente se detuvo a la altura del terreno baldío. El tipo llevaba gafas oscuras y parecía mirar al lugar en donde yo me encontraba. Opté por poner cara de perro de cartel, inexpresiva y como si mirase a un punto lejano, pero sin ver hacía ningún lado a la vez (las gafas oscuras me permitían este truco), para fingir demencia si acaso me decía algo el oficial. Creí que el moreno policía estaba mirándome o haciendo el mismo truco de can de cartel; sin esperar a comprobarlo, apresuré mi actividad y tras bajar la vista para cerciorarme que el pantalón estaba bien cerrado y cuidar de no pisar el charco que recién había creado, volví levantar la mirada para sorprenderme con el hecho de que el oficial de la ley había desaparecido.
Mi cerebro me dijo que quizás el policía estaba preparándome una emboscada a la salida del caminito, para arrestarme por ‘faltas a la moral’. Claro que también me dije que si el representante de la ley se atrevía a amonestarme o, lo más probable, a sobornarme, le diría que había ido hasta dentro del baldío a recoger un papel que me había sido arrebatado por una súbita corriente de aire. Es más, si el tipo insistía y me llevaba hasta el charco del delito, yo lo retaría a que comprobara que eso había sido obra mía.
Al salir del terreno, no fue pequeña mi sorpresa al notar que en la calle no había rastros del policía. “Quizás era un fantasma”, me dijo mi mente, “el espíritu de un oficial que murió atropellado en esta transitada calle, mientras cumplía su deber. O igual y fue secuestrado (‘abducido’ para ser exacto y científico) por una nave de extraterrestres invisibles en tanto yo cerraba el cierre de mi pantalón”.
Tras pensar que gracias a tanta tontería de mi cerebro casi nunca me aburro, decidí retomar mi camino. No había dado más de tres pasos cuando descubrí otro caminito hacia el interior del mismo baldío. Y, apenas divisible, detrás de un arbusto, se alcanzaba a notar por arriba de las ramas una trémula gorra azul de policía, en tanto que por debajo de las ramas se podían ver dos morenas lunas siamesas desprendiéndose de un cuerpo sólido, habano lejano y no cubano, que en ese momento de alivio se transformaba en un obstáculo para futuras personas en apuros.
Satisfecho de que al menos en ese momento no tendría yo problemas con la ley, me alejé de allí reflexionado dos cosas... que los restos de lo que antes fue una zona de extensos prados ocasionalmente visitados por pastorcillos, era ahora un baño público y natural, donde hasta la ley descargaba sus presiones. Ah, sí, mi segunda reflexión fue la de que quizás escribiría algún día esta experiencia, pero definitivamente no la mencionaría en la entrevista de trabajo a la que iba ese día.
sábado, 25 de octubre de 2008
Apreciación del arte
Saliendo de la estación del metro Bellas artes, por esa salida que tiene una donación francesa, Art Nouveau en la capital azteca, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero que es de los pocos lugares en pleno centro de la ciudad donde hay más de seis árboles juntos. Es una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato. Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso compositor sordo está ella, acompañada de su grabadora de baterías, que toca a todo volumen los éxitos de una pseudo estrella cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente. Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudo estrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y que le permite mostrar sus delgadas piernas envueltas en medias negras, calza zapatos más negros que las medias, de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente. La mujer tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora de bocinas dañadas por los años. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, pero que realmente la observan de reojo. Unos son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo escucha dentro de su cabeza, diciendo en voz alta: “Gracias, son todos muy amables…”. Una canción más y un viejo con pinta extraña es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad, y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en el museo de arte moderno. Comienza otra canción de la pseudo estrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida. Mira a la mujer bailarina con una intensa atención, que él no se preocupa por disimular. Pero en sus ojos está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde, en su mirada realmente se nota la soledad y la compasión. La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apachurrable para bebé. La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles, los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo marrón sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción. Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y a la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión. Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe la actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora. De repente se hizo de noche y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse. El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El borracho par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la niña de sus ojos. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él. El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa. Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella imagina lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía. Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”. Otra cosa rara, el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación. La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas. En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños mal educados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.