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miércoles, 28 de octubre de 2009

Colectivo ruta 2

Lamento ser miope. Tratar de encontrar el colectivo, o el bus, correcto al atardecer puede ser una tarea difícil para mí. No me gusta usar gafas, no es por vanidad sino por evitarme la incomodidad. Los lentes de contacto, ni pensarlo, de hecho no me los podría ni colocar (cierro los párpados al ver que algo se aproxima demasiado a la niña de mis ojos... no es metáfora). De hecho encontrar el colectivo correcto es una tarea difícil para mí a cualquier hora. Se aproxima, se aproxima, y el letrero de extrañas letras flourescentes no lo alcanzo a leer. ¿Qué dirá? Me entero hasta que el vehículo está a tres metros de mí. Si no es el que espero, lo dejo ir, tal como la novia con escrúpulos dejaría ir al novio en el altar si no se sintiese segura de su amor. Si es el colectivo correcto, pues le pido que se detenga y dependo de la generosidad del chofer para ver si se detiene. En caso de que se detenga abordo la cosa y pregunto cuánto es la tarifa para mi destino. Seis pesos para donde voy. No sabría decir si sólo soy miope de vista o también he perdido el olfato, quizás ya estoy acostumbrado, pero los colectivos de la ciudad ya no huelen tanto a orines como solían apestar en mi juventud. Igual y ya los limpian más... no, no, esos cambios conductuales de una especie no suceden en tan poco tiempo... quizás en mil años, es probable que éste en particular haya sido lavado por la mañana. Estéreo a todo volumen, canciones repetitivas de mantra hueco y alta lascivia. Acelerones y frenazos constantes, ambos diseñados aparentemente para probar los reflejos de los pasajeros. “Aférrense al fierro si quieren conservar su vida”, debiera ser el lema de un chofer de colectivo en el DF. Si lo fuera, seguro lo dirían como burla y con doble sentido. Si acaso hubiera un asiento disponible en el colectivo, no podría yo tomarlo. No es que sea yo muy alto, pero los asientos parecen estar diseñados para seres sin piernas o para los más pequeños enanos del circo. Además, no faltaría el tornillo mal puesto en el asiento capaz de rasgar cualquier prenda, o hacer carreras tipo derby de Kentucky en una media (incluso en una entera). Pasaré por alto el riesgo del tétanos para no sonar hipocondriaco. En el bus se hace esperar el 'show' del payaso callejero, que aborda para recibir monedas a cambio de unos chistes malos, algo subidos de tono; o el exadicto con cara de penitenciario que llega a pedir limosna aclarando que lo hace 'en buena onda' porque ya no quiere robar más. Una táctica que seguro tomó de algún manual de viejos gangsters de Chicago. El tráfico es eterno. En el transporte no puede faltar una imagen de la Guadalupana, o de San Judas Tadeo. Aunque de un tiempo para acá, la Santa Muerte ha ganado muchos adeptos. ¿Será que los choferes de colectivo le surten muchos clientes a la huesuda? La gente va ensimismada. Quisiera creer que está concentrada, pero es más probable que vayan pensando en nada. Mente en blanco, objetivo Yoga que aquí se alcanza sin desearlo. Monotonía de mono tendido en jaula del zoológico. Es ilógico ser tantos en un espacio tan pequeño (no hablo del colectivo, sino de la ciudad). Un niño se entretiene mirando pasar el asfalto de la calle a través de varios agujeros que hay en el piso del vehículo, un piso picado, carcomido por el tiempo. Más que nada parece colador. Aún no sé de decapitamientos múltiples en un bus, porque al ir a gran velocidad el piso se le cayó de repente... sólo espero que éste no sea el primero de esos casos. Sube un señor que vende golosinas, el chofer le compra un cigarro, y se lo fuma a pesar de que está prohibido, y de que hay más de tres anuncios en el interior que prohíben fumar. Ya me imagino que si alguien le dice algo al chofer, respecto al humo del cigarro, el conductor invitaría al osado a bajarse del colectivo usando un vocabulario capaz de sonrojar a verduleros y piratas por igual. Alguien deja escapar subrepticiamente un gas de sus entrañas. El gas es un ninja silencioso y la pestilencia me hace pensar que los buitres y demás carroñeros también deben expeler gases. Ahora descubro que no he perdido el olfato. Las ventanas cerradas, y el fijador que consume el culpable sería la envidia de cualquier perfumero. Nadie muestra culpabilidad en su rostro. Maldito pasajero. Ya casi voy a bajar, sólo un poco más y descenderé de este vehículo. De repente un giro inesperado, del destino y de las cuatro ruedas, que están tan lisas como la mona. Desviación por arreglos de la calle. Me alejo cada vez más y más del lugar a donde yo iba. Adentrándome a infiernos desconocidos sin un Virgilio. Lugares que ni mis peores sueños (y en verdad llego a tenerlos muy malos) han concebido. Pasa una hora de incertidumbre y me pongo a pensar si en realidad no se habría despegado el piso hace rato y todos somos ahora conducidos al inframundo sin notar que hemos muerto. El colectivo retoma la ruta original, pero como a 35 calles de mi destino principal. Me acerco a la puerta de salida. Grito al chofer "bajan" y salto del vehículo en movimiento, rara vez lo detienen completamente para que la gente descienda. Al final salgo vivo, y con una hora de retraso llego a donde tenía que llegar.

viernes, 10 de abril de 2009

Abundancia de vagabundos

Ayer en menos de una hora tres vagabundos me hicieron pensar en muchas cosas. Uno estaba sentado en la banqueta, con los pantalones recogidos hasta las rodillas, contando sin parar los extremos de sus agujetas; el total siempre le daba cuatro, sin importar qué tanto se esforzara en lo contrario. El segundo estaba en un parque, en donde no había niños, hablando en voz alta consigo mismo, o igual estaba charlando con Dios. El tercero iba conduciendo mi automóvil. Pero esta mañana vi a un vagabundo aún cuerdo. Él estaba de pie en la banqueta, observando con cierta nostalgia el aparador de una tienda de antigüedades en una exclusiva zona residencial. Si tú fueras el vagabundo, en el interior de la tienda hubieras visto un viejo comedor decorado con los más disímbolos vejestorios. Un busto dorado de un egocéntrico Napoleón que cejijunto observaba una réplica del teocéntrico Moisés que alguna vez esculpió Miguel Ángel. Entre ellos había un candelabro que no hubiese nunca estado fuera de lugar sobre el piano de Liberace. En las paredes, marcos rococó delimitaban pinturas: la última cena de Da Vinci (bueno fue de Cristo en realidad, sólo que Leonardo la pintó) compartiendo pared con la persistencia de la memoria de Dalí, opacada un poco por los girasoles de su vecina pintada por Van Gogh. Cabe señalar que el vagabundo conservaba un porte digno y quizás lo que realmente observaba en el aparador eran recuerdos descontrolados no muy remotos. Quizás su vida cambió radicalmente hacía no mucho tiempo, con alguna crisis mundial, y él tuvo hasta entonces un comedor similar, ahora ya irrecuperable para él. Aún recordaba. ¿Cuánto tardará en olvidar todo y ponerse a contar sus agujetas o a hablar con alguien imaginario? No lo sé, ¿cuánto tardaré yo en echar de menos un comedor?

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Estampa callejera

La Justicia con ojos de lince, a la que nada se le escapa, descubrió que su balanza está rota y se inclina hacia donde hay oro. El Chaplin posmoderno hace malabares en la esquina al son del violinista sin empleo que de vez en cuando, bajo un árbol, corta el pelo. Un Romeo solitario contempla los pedazos de su corazón, como reliquias, en la puerta de salida del teatro por donde vio entrar sola a su Julieta, para después verla salir muy bien acompañada, por un tipo sin caballerosidad a pesar de su buen porte. El más corrupto llega a la cima y se divierte viendo la lluvia de gente que quiso también escalar. Sus bufones son los mil gusanos que lo admiran ignorando su triste futuro, tanto el de ellos como el del rey en turno. Hay cosas que no se pueden conseguir aunque tengas todo el poder en tus manos, así como hay cosas que no se pueden ocultar aunque uno crea estar solo y abandonado. Un payaso con un niño aturdido con drogas que hace pasar como su propio hijo, recibirá mañana menos monedas que las que recibió ayer; mientras tú te vas pareciendo cada vez más a tus padres. Quien llora como Magdalena jamás podrá pagar todo lo que debe, si sus deudas ascienden a veinte veces más que lo que tiene. Los nuevos Judas no piden monedas, ahora hacen lo que hacen, incluyendo traiciones a plena luz, por puro amor al arte, mientras la reina de papel se mueve ofreciendo todo aquello que crees que siempre soñaste. El anciano que habla solo mientras barre las calles prefiere simular que no sabe nada de esto. En realidad todo lo sabe aquel que es más grande que nosotros, pero nos negamos a creerlo y él decide no hacerse notar… tanto.

sábado, 25 de octubre de 2008

Apreciación del arte

Saliendo de la estación del metro Bellas artes, por esa salida que tiene una donación francesa, Art Nouveau en la capital azteca, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero que es de los pocos lugares en pleno centro de la ciudad donde hay más de seis árboles juntos. Es una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato. Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso compositor sordo está ella, acompañada de su grabadora de baterías, que toca a todo volumen los éxitos de una pseudo estrella cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente. Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudo estrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y que le permite mostrar sus delgadas piernas envueltas en medias negras, calza zapatos más negros que las medias, de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente. La mujer tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora de bocinas dañadas por los años. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, pero que realmente la observan de reojo. Unos son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo escucha dentro de su cabeza, diciendo en voz alta: “Gracias, son todos muy amables…”. Una canción más y un viejo con pinta extraña es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad, y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en el museo de arte moderno. Comienza otra canción de la pseudo estrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida. Mira a la mujer bailarina con una intensa atención, que él no se preocupa por disimular. Pero en sus ojos está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde, en su mirada realmente se nota la soledad y la compasión. La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apachurrable para bebé. La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles, los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo marrón sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción. Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y a la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión. Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe la actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora. De repente se hizo de noche y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse. El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El borracho par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la niña de sus ojos. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él. El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa. Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella imagina lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía. Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”. Otra cosa rara, el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación. La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas. En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños mal educados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.