Lamento ser miope. Tratar de encontrar el colectivo, o el bus, correcto al atardecer puede ser una tarea difícil para mí. No me gusta usar gafas, no es por vanidad sino por evitarme la incomodidad. Los lentes de contacto, ni pensarlo, de hecho no me los podría ni colocar (cierro los párpados al ver que algo se aproxima demasiado a la niña de mis ojos... no es metáfora). De hecho encontrar el colectivo correcto es una tarea difícil para mí a cualquier hora. Se aproxima, se aproxima, y el letrero de extrañas letras flourescentes no lo alcanzo a leer. ¿Qué dirá? Me entero hasta que el vehículo está a tres metros de mí. Si no es el que espero, lo dejo ir, tal como la novia con escrúpulos dejaría ir al novio en el altar si no se sintiese segura de su amor. Si es el colectivo correcto, pues le pido que se detenga y dependo de la generosidad del chofer para ver si se detiene. En caso de que se detenga abordo la cosa y pregunto cuánto es la tarifa para mi destino. Seis pesos para donde voy. No sabría decir si sólo soy miope de vista o también he perdido el olfato, quizás ya estoy acostumbrado, pero los colectivos de la ciudad ya no huelen tanto a orines como solían apestar en mi juventud. Igual y ya los limpian más... no, no, esos cambios conductuales de una especie no suceden en tan poco tiempo... quizás en mil años, es probable que éste en particular haya sido lavado por la mañana. Estéreo a todo volumen, canciones repetitivas de mantra hueco y alta lascivia. Acelerones y frenazos constantes, ambos diseñados aparentemente para probar los reflejos de los pasajeros. “Aférrense al fierro si quieren conservar su vida”, debiera ser el lema de un chofer de colectivo en el DF. Si lo fuera, seguro lo dirían como burla y con doble sentido. Si acaso hubiera un asiento disponible en el colectivo, no podría yo tomarlo. No es que sea yo muy alto, pero los asientos parecen estar diseñados para seres sin piernas o para los más pequeños enanos del circo. Además, no faltaría el tornillo mal puesto en el asiento capaz de rasgar cualquier prenda, o hacer carreras tipo derby de Kentucky en una media (incluso en una entera). Pasaré por alto el riesgo del tétanos para no sonar hipocondriaco. En el bus se hace esperar el 'show' del payaso callejero, que aborda para recibir monedas a cambio de unos chistes malos, algo subidos de tono; o el exadicto con cara de penitenciario que llega a pedir limosna aclarando que lo hace 'en buena onda' porque ya no quiere robar más. Una táctica que seguro tomó de algún manual de viejos gangsters de Chicago. El tráfico es eterno. En el transporte no puede faltar una imagen de la Guadalupana, o de San Judas Tadeo. Aunque de un tiempo para acá, la Santa Muerte ha ganado muchos adeptos. ¿Será que los choferes de colectivo le surten muchos clientes a la huesuda? La gente va ensimismada. Quisiera creer que está concentrada, pero es más probable que vayan pensando en nada. Mente en blanco, objetivo Yoga que aquí se alcanza sin desearlo. Monotonía de mono tendido en jaula del zoológico. Es ilógico ser tantos en un espacio tan pequeño (no hablo del colectivo, sino de la ciudad). Un niño se entretiene mirando pasar el asfalto de la calle a través de varios agujeros que hay en el piso del vehículo, un piso picado, carcomido por el tiempo. Más que nada parece colador. Aún no sé de decapitamientos múltiples en un bus, porque al ir a gran velocidad el piso se le cayó de repente... sólo espero que éste no sea el primero de esos casos. Sube un señor que vende golosinas, el chofer le compra un cigarro, y se lo fuma a pesar de que está prohibido, y de que hay más de tres anuncios en el interior que prohíben fumar. Ya me imagino que si alguien le dice algo al chofer, respecto al humo del cigarro, el conductor invitaría al osado a bajarse del colectivo usando un vocabulario capaz de sonrojar a verduleros y piratas por igual. Alguien deja escapar subrepticiamente un gas de sus entrañas. El gas es un ninja silencioso y la pestilencia me hace pensar que los buitres y demás carroñeros también deben expeler gases. Ahora descubro que no he perdido el olfato. Las ventanas cerradas, y el fijador que consume el culpable sería la envidia de cualquier perfumero. Nadie muestra culpabilidad en su rostro. Maldito pasajero. Ya casi voy a bajar, sólo un poco más y descenderé de este vehículo. De repente un giro inesperado, del destino y de las cuatro ruedas, que están tan lisas como la mona. Desviación por arreglos de la calle. Me alejo cada vez más y más del lugar a donde yo iba. Adentrándome a infiernos desconocidos sin un Virgilio. Lugares que ni mis peores sueños (y en verdad llego a tenerlos muy malos) han concebido. Pasa una hora de incertidumbre y me pongo a pensar si en realidad no se habría despegado el piso hace rato y todos somos ahora conducidos al inframundo sin notar que hemos muerto. El colectivo retoma la ruta original, pero como a 35 calles de mi destino principal. Me acerco a la puerta de salida. Grito al chofer "bajan" y salto del vehículo en movimiento, rara vez lo detienen completamente para que la gente descienda. Al final salgo vivo, y con una hora de retraso llego a donde tenía que llegar.
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miércoles, 28 de octubre de 2009
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Estampa callejera
La Justicia con ojos de lince, a la que nada se le escapa, descubrió que su balanza está rota y se inclina hacia donde hay oro. El Chaplin posmoderno hace malabares en la esquina al son del violinista sin empleo que de vez en cuando, bajo un árbol, corta el pelo. Un Romeo solitario contempla los pedazos de su corazón, como reliquias, en la puerta de salida del teatro por donde vio entrar sola a su Julieta, para después verla salir muy bien acompañada, por un tipo sin caballerosidad a pesar de su buen porte. El más corrupto llega a la cima y se divierte viendo la lluvia de gente que quiso también escalar. Sus bufones son los mil gusanos que lo admiran ignorando su triste futuro, tanto el de ellos como el del rey en turno. Hay cosas que no se pueden conseguir aunque tengas todo el poder en tus manos, así como hay cosas que no se pueden ocultar aunque uno crea estar solo y abandonado. Un payaso con un niño aturdido con drogas que hace pasar como su propio hijo, recibirá mañana menos monedas que las que recibió ayer; mientras tú te vas pareciendo cada vez más a tus padres. Quien llora como Magdalena jamás podrá pagar todo lo que debe, si sus deudas ascienden a veinte veces más que lo que tiene. Los nuevos Judas no piden monedas, ahora hacen lo que hacen, incluyendo traiciones a plena luz, por puro amor al arte, mientras la reina de papel se mueve ofreciendo todo aquello que crees que siempre soñaste. El anciano que habla solo mientras barre las calles prefiere simular que no sabe nada de esto. En realidad todo lo sabe aquel que es más grande que nosotros, pero nos negamos a creerlo y él decide no hacerse notar… tanto.
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