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martes, 13 de octubre de 2009

Sola

Extraña manera de esperar el momento. Sentada con sus ochentaytantos años repartidos en sus posaderas (cuarentaypico en cada glúteo). Mirando al infinito. Sola en la mesa ante una taza de café. Junto al suyo hay otro mantel con cubiertos. ¿Espera a alguien más y no sólo al momento final? Es un café de segunda, de esos que pertenecen a cadenas de supermercados. Ella intenta disimular su edad con el cabello teñido de un tono tan oscuro como el de ningún cabello natural. Sus gafas son de grueso armazón y con lentes que parecen robados a un gran telescopio. Huele a muchos años, por más que intente disimularlo con perfume intenso. Huele a últimos días. Es curioso cómo la vida desperdiciada y la vida bien aprovechada huelen igual a esta edad. Probablemente está recordando un amor vivido o imaginado, estas alturas ya todo resulta lo mismo. Todo se confunde. Espera sin esperar y sin embargo tiene miedo de dar el paso final. ¿Será el miedo a lo desconocido? Esos temblores nerviosos y esos achaques la tienen harta. Pero ha aguantado tanto que siente que ya no vale la pena apresurar nada. Algunas veces pensó que la vida termina y uno es olvidado tarde o temprano. Ahora sabe que para ser olvidado no es necesario morir, sólo basta vivir lo suficiente. Le gustaría morir en su cama, durmiendo; y le da pavor perecer en un lugar público, como este café, o en la calle. Piensa en eso mientras le da un sorbo a su bebida, ahora tan fría como su corazón. Si tuviera mucho dinero igual y sería atractiva para algún joven, pero apenas tiene para ir al día y suprimir a medias sus carencias. ¿Quién irá a su funeral? ¿Sus nietos y bisnietos?, ¿los pocos hijos que le quedan vivos? Irá el que se sienta comprometido, nadie irá porque la quiera, si la quisieran no la dejarían tan sola. Y sola la dejaré también, perdida en su olvido.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Generaciones

En un sucio mercado del pulcro Singapur. En el área de comidas. El aire olía a frituras mezcladas con otros alimentos. Ante una de las muchas mesas de plástico había un viejo. A pesar de su piel, ahora arrugada, llena de pliegos y colgante como el puente primitivo, uno podía notar que ese hombre de canos cabellos, amarillenta piel y ojos rasgados fue un atleta en su juventud. Es muy probable que en la actualidad hiciera ejercicio todos los días, para mantenerse “en forma” y ser de esas raras personas que parecen querer morir de salud. El hombre miraba hacia ese lejano punto en el que no se puede ver más que lo que uno piensa muy dentro de la mente. En intensa desesperación esperaba. Le preocupaba mucho que lo plantaran, eso se notaba claramente en sus facciones, que se iluminaron como si les diera el sol cuando llegó a su lado una joven que lo besó en la mejilla, más por compromiso que por cariño. Ella se sentó al lado del viejo atleta. Éste estaba tan feliz que de ser un silencioso en espera, pasó a ser un parlanchín acompañado, tan feliz que no notaba el tedio en la cara de la joven. Tras un largo monólogo, el viejo le hacia preguntas que ella contestaba con seca brevedad o con rápidos sonidos guturales. El viejo empezó a notar lo obvio: la chica no compartía su felicidad y entusiasmo por el encuentro, y como pensando que esto la animaría, sacó de una mochila un viejo álbum de fotos. La joven miró al cielo como si rogara por paciencia y se puso a ver las amarillentas fotos de las viejas glorias fisicoculturistas de su anciano padre, pues eso es lo que el viejo era. El hombre le contaba la historia de cada foto, pero al llegar como a la mitad del álbum la chica se puso de pie súbitamente, le dijo algo a su padre, señaló los puestos de comida y luego desapareció entre ellos mientras el hombre sonreía con ternura. El viejo se quedó sólo de nuevo, esperando. Volvió a colocar su mirada en el infinito mientras con una de sus temblorosas manos se acariciaba un brazo, mecánicamente, perdidamente; esperando a su hija. Tras veinte minutos el viejo decidió volver de sus lejanos pensamientos y se puso a mirar las fotos que había enseñado a la chica. Vio dos veces todas las fotos del álbum. Transcurrieron así cuarenta minutos más. La chica seguramente no iba a regresar con comida. Dándose cuenta que a uno lo pueden dejar plantado aunque asista la persona que uno espera, el atleta amarillo guardó el álbum en su mochila y con una lágrima corriendo por su mejilla izquierda se alejó de allí.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Estampa callejera

La Justicia con ojos de lince, a la que nada se le escapa, descubrió que su balanza está rota y se inclina hacia donde hay oro. El Chaplin posmoderno hace malabares en la esquina al son del violinista sin empleo que de vez en cuando, bajo un árbol, corta el pelo. Un Romeo solitario contempla los pedazos de su corazón, como reliquias, en la puerta de salida del teatro por donde vio entrar sola a su Julieta, para después verla salir muy bien acompañada, por un tipo sin caballerosidad a pesar de su buen porte. El más corrupto llega a la cima y se divierte viendo la lluvia de gente que quiso también escalar. Sus bufones son los mil gusanos que lo admiran ignorando su triste futuro, tanto el de ellos como el del rey en turno. Hay cosas que no se pueden conseguir aunque tengas todo el poder en tus manos, así como hay cosas que no se pueden ocultar aunque uno crea estar solo y abandonado. Un payaso con un niño aturdido con drogas que hace pasar como su propio hijo, recibirá mañana menos monedas que las que recibió ayer; mientras tú te vas pareciendo cada vez más a tus padres. Quien llora como Magdalena jamás podrá pagar todo lo que debe, si sus deudas ascienden a veinte veces más que lo que tiene. Los nuevos Judas no piden monedas, ahora hacen lo que hacen, incluyendo traiciones a plena luz, por puro amor al arte, mientras la reina de papel se mueve ofreciendo todo aquello que crees que siempre soñaste. El anciano que habla solo mientras barre las calles prefiere simular que no sabe nada de esto. En realidad todo lo sabe aquel que es más grande que nosotros, pero nos negamos a creerlo y él decide no hacerse notar… tanto.