Extraña manera de esperar el momento. Sentada con sus ochentaytantos años repartidos en sus posaderas (cuarentaypico en cada glúteo). Mirando al infinito. Sola en la mesa ante una taza de café. Junto al suyo hay otro mantel con cubiertos. ¿Espera a alguien más y no sólo al momento final? Es un café de segunda, de esos que pertenecen a cadenas de supermercados. Ella intenta disimular su edad con el cabello teñido de un tono tan oscuro como el de ningún cabello natural. Sus gafas son de grueso armazón y con lentes que parecen robados a un gran telescopio. Huele a muchos años, por más que intente disimularlo con perfume intenso. Huele a últimos días. Es curioso cómo la vida desperdiciada y la vida bien aprovechada huelen igual a esta edad. Probablemente está recordando un amor vivido o imaginado, estas alturas ya todo resulta lo mismo. Todo se confunde. Espera sin esperar y sin embargo tiene miedo de dar el paso final. ¿Será el miedo a lo desconocido? Esos temblores nerviosos y esos achaques la tienen harta. Pero ha aguantado tanto que siente que ya no vale la pena apresurar nada. Algunas veces pensó que la vida termina y uno es olvidado tarde o temprano. Ahora sabe que para ser olvidado no es necesario morir, sólo basta vivir lo suficiente. Le gustaría morir en su cama, durmiendo; y le da pavor perecer en un lugar público, como este café, o en la calle. Piensa en eso mientras le da un sorbo a su bebida, ahora tan fría como su corazón. Si tuviera mucho dinero igual y sería atractiva para algún joven, pero apenas tiene para ir al día y suprimir a medias sus carencias. ¿Quién irá a su funeral? ¿Sus nietos y bisnietos?, ¿los pocos hijos que le quedan vivos? Irá el que se sienta comprometido, nadie irá porque la quiera, si la quisieran no la dejarían tan sola. Y sola la dejaré también, perdida en su olvido.
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martes, 13 de octubre de 2009
martes, 9 de diciembre de 2008
Otoño que sabe a invierno
Me escapo de la lluvia de rocas, con una piedra en cada mano, la conservo porque aún no acepto que exista nadie con más culpas que yo. Los ases se me escaparon de la manga en plena mesa de juego y mis sueños de grandeza se encogieron con el rocío del amanecer (“búscate sueños sanforizados”, me recomendó una vez el dueño de una tintorería, quien sólo bebía vino blanco), y ahora me siento tan solo como el risueño forzado que come sin compañía en restaurantes de segunda, únicamente para poder coquetear con las meseras. Ahora las cosas sólo son graciosas cuando son excesivamente tristes, pues de tanto llorar no me queda de otra más que reír, y realmente carezco de ganas para reírme. La última vez que usé corbata me fue fácil ligar a una bella señorita, pero ambas cosas me sofocan y volví a liberar mi cuello y a escribir historias bajo la luna. Lamento decirle a quien se ilusionó conmigo que me inspira una gran pereza fundar una familia, pero le recuerdo que a la larga, pasaré más noches que ella hundido en el sinsentido de la soledad. A veinte años de distancia los mosqueteros ya buscan el calor del hogar, quieren dejar atrás sus aventuras, no tanto porque les aburran, sino porque ya nada es igual. No se distinguen las cosas que están lejos y los saltos cuestan mucho trabajo. Siento que me quedan bastantes caminos por recorrer, pero creo que ya no quiero recorrerlos. El sol sigue brillando, y seguirá haciendo lo mismo cuando me haya ido. Ya no sueño con conocer a Sócrates en otra vida, pues en esta ya conocí a gente interesante. Mi objetivo es llegar a un lugar de paz. Dije y digo lo que pienso, y me sigo equivocando a cada rato. Tiro las piedras al vacío, pues de nada me sirven ya. Ojalá exista la bruja que tiene el secreto de lo que busco, ojalá y la encuentre pronto; mientras tanto tendré que seguir acabándome bolígrafos y cuadernos para plasmar en tinta mis superficialidades. La gracia salvadora ¿será en tren o en barco?
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