Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que "se haya ido" ha regresado para contar la experiencia, que nos cuente lo que hay "del otro lado" (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?).
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata —de colgar los tenis, de entregar el equipo— debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror, de duda absoluta. ¿Y qué tal que recuperar la fe no represente ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan en el instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que "se nos adelantaron" y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, puede que así sea el paso hacia la muerte.
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viernes, 11 de octubre de 2019
viernes, 18 de septiembre de 2009
El día que me muera
El día que me muera la noche será oscura, como suele ser; y si me muero de noche el sol saldrá algunas horas después. Habrá muchos recién nacidos y no seré el único en morir. El día que me muera todo seguirá igual, en su mismo cambio. Habrá gente desperdiciando lágrimas y habrá gente cantando. No creo que entonces exista el último corazón roto. Los políticos dirán mentiras y se odiará al que diga la verdad. El poder será aún el mejor afrodisíaco y muchos seguirán ocultando su edad. Muchos se seguirán adjudicando el invento del hilo negro y habrá miles que necesiten a un dios, ya te dije, si me muero de noche, unas horas después saldrá de nuevo el sol. Quizás después haya alguien que me recuerde, pero sólo será para que pueda olvidarme. El día que me muera, espero sinceramente, que no llegue muy tarde.
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miércoles, 8 de octubre de 2008
Tren de Praga a Hamburgo
Tren de Praga a Hamburgo. Alguien aborda pensando en la persona que ha dejado atrás y también piensa en el reencuentro que tiene por delante; en lo que ha sucedido mal y en lo que pudo prevenirse, en lo que se echará a perder aunque se tomen todas las precauciones y en lo que resultará exitoso sin hacer siquiera un movimiento. Hay cosas que uno no puede cambiar, parece ser cierto que el destino existe. “Así está escrito y así será”, dicen que decía un Faraón. Vagón de pasajeros, en el centro ocho asientos, cuatro miran de frente a otros cuatro, divididos por un pasillo. Imagen de la ficha de dominó del doble cuatro si lo miras desde arriba, como si fueras un arcángel que por rebeldía incontrolable se cae del cielo. Los ocho pasajeros: un chino casi centenario, prueba de la vieja medicina natural y de sus milagros, piel apergaminada que ya ha dado el primer paso en el proceso de la momificación. Pasos lentos similares a los de un juguete no articulado manipulado por un niño imaginativo. El chino de milenaria apariencia es acompañado por su esposa, un poco menos anciana que él, pero muy ansiosa de que esté todo bien. Ninguno de ellos habla alemán ni inglés. Para las traducciones va con ellos su hijo, joven para sus padres, añejo para el resto del mundo. Todo es relativo y cada cosa tiene al menos dos puntos de vista. El hijo chino se ve ya bastante occidentalizado. La familia china viaja para cumplir la ilusión del padre: conocer Berlín antes de morir. Al otro lado del pasillo, en los otros cuatro asientos que tienen a dos parejas de frente, paralelos a los chinos, viaja un ciego con un perro, que le muestra los caminos, lazarillo quizás nacido en una tormenta, el hombre no ve nada en absoluto, ciego como quisiéramos que la justicia fuera. Al lado del hombre con su can, iba una muda, silenciosa tal y como quisiéramos que los impertinentes fueran, una mujer maquillada en exceso, quizás pensando que tanto maquillaje le daría las expresiones que le fueron negadas con las palabras habladas. Marcel Marceau y Max Factor combinados. La vida puede ser en realidad un teatro. El ciego y la muda eran una pareja, románticamente relacionada, que por sus condiciones físicas podrían llevar una relación carente de discusiones y violencias psicológicas. Los acompañaba una mujer, especie de guía, que hablaba hasta por los codos y que traducía verbalmente los gestos y señales constantes de la muda a una tercera mujer que acompañaba al trío recién descrito. Del otro lado, con los chinos, completando el cuarteto de asientos, iba un octavo pasajero, solitario, perdido en sus pensamientos, en despedidas y reencuentros. Ninguna relación con los otro siete, sólo el complemento del cuadro. Un incompleto que viajaba solo. El chino centenario tuvo de repente hambre y su hijo, como por arte de magia, sacó una manzana. Sin gusano ni tentación; nada de sabiduría relacionada. El viejo más viejo devoró la fruta presumiendo que su dentadura estaba entera y era fuerte. Su esposa lo vio comer la manzana hasta que la venció el sueño, compañero constante en las horas del día cuando se tienen mucho años, y se fue mentalmente del tren a un país donde todos podemos volar y hasta reencontrarnos con gente que no está. Al otro lado del pasillo, los otros cuatro conversaban sin descanso, hasta que a la muda le dolieron las manos. La parlanchina dejo de traducir las señales de la mujer maquillada, para expresar ansiosamente sus propias ideas. Mencionaba algo como que la mejor manera de decir NO a un pretendiente insistente es: “mejor seamos amigos”, pues así aparentemente no se pierde todo. Los verdaderos diluvios se acaban tras cuarenta días, y las amistades irreales pueden durar quizás lo que dos diluvios antes de que se les caiga el disfraz.. El octavo pasajero ya no pensaba, tocaba “el tema de Lara” en una cajita de música, había concluido que hay pocas mujeres realmente libres, pues la mayoría cuando no están atadas a sus sueños, están bien amarradas a sus pesadillas. Fue la muda la primera que descubrió que había llegado la muerte en el funesto viaje. Sucedió aproximadamente 43 minutos antes de que llegaran todos a Berlín. La muda vio cómo el rostro del chino mostró un intenso dolor, pero fue un gesto tan rápido, que hubiera pasado inadvertido para alguien que no estuviera enamorado o para alguien que no fuera un mudo acostumbrado a ver el mínimo movimiento en la cara de la gente. Tras el dolor, el chino pareció quedarse dormido. La muda miró más fijamente, y desde su asiento notó que el chino no respiraba. Ella empezó a manotear para indicarle a sus compañeros que un hombre acababa de morir allí mismo, que dormía lo que se conoce como el sueño eterno, ese que algunos insisten que será interrumpido por el Juicio final, quitándole su cualidad de eternidad. El ciego percibió el manoteo, pero sólo sentía indescifrables movimientos urgentes. La parlanchina no prestaba atención a la muda, pues estaba reconcentrada exponiendo sus ideas a su otra compañera, por eso tardó un poco en notar las señales desesperadas; pero tan pronto descifró el mensaje gritó y pidió que llegaran los empleados del tren, pues un hombre acababa de morir. Hay despedidas que sin saberlo son definitivas, y reencuentros que, aunque planeados, jamás se dan; es por eso que no es bueno elaborar un plan. Entonces en el vagón hubo un ajetreo digno del mejor carnaval, sin disfraces ni confeti, pero sí con algunas máscaras, naturales. Donde hay personas siempre habrá máscaras, es un hecho. El que sea sincero totalmente que sea la onda de un David sin miedo y arroje piedras a la cabeza de un enemigo mortal. La esposa china despertó desconcertada en este concierto sin ton ni son. Al final los empleados del tren retiraron eficazmente el cadáver del vagón, para que empezara el proceso de los muertos enterrando a sus muertos. Al poco tiempo el tren llegó a Berlín y descendieron los siete pasajeros, ningún enano, y se apearon todos ellos, pues ninguno iba a Hamburgo. El pasajero finado por obvias razones no descendió por su propio pie. Fue en la estación donde encontraron a una persona que hablara chino para que pudiera explicar al anciano nonagenario, o quizás centenario, un ciclo de un siglo en las velitas de su probable pastel de Ginseng, o de Gin Zen, para que le explicara a él y a su mujer, que el hijo de ambos había muerto de un fulminante ataque al corazón, posiblemente debilitado por la química medicina occidental o por las ajenas hamburguesas rápidas de cadena extranjera. El viejo más viejo conoció Berlín con su esposa, pero no de la manera que hubieran querido.
viernes, 1 de agosto de 2008
Y esto es todos los días
Cada día se levantan imperios, se destruyen confianzas y de acumula dinero. Cada día se derrumban esperanzas, se inventan ilusiones y se escriben canciones. Cada día se alejan conocidos, se hacen nuevos amigos y se marchitan cariños. Cada día crecen los recuerdos, se glorifica el pasado y se acorta el futuro. Cada día se nos va la vida, nos hacemos viejos y cuesta aprender trucos nuevos. Cada día el sol se sorprende menos, las cosas se hacen trizas y perfeccionamos sonrisas. Cada día fingimos que todo es para siempre, día a día, hasta que la muerte nos sorprende.
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