jueves, 11 de diciembre de 2008

Promesas y Don Juan

Las grandes botas de cuero hacen resonar los pasos de Don Juan en la gran sala. Él llega pensando en lo fácil de sus conquistas y en las tres damas que hoy dejó burladas. Todo parece ser más sencillo cuando nada se toma en serio y se eluden los sentimientos. Todo es más probable cuando no se va más allá de la superficie del celo. La gente parece tener ansias de que le mientan por siempre, luego, cuando las cosas terminan mal, gustan de culpar a la surte. Don Juan sonríe y sabe mantener el encanto, mientras clava sus dagas en tu espalda. Yo no soy un santo, ni siquiera soy bueno, y en tu corazón aún no logro nada. Quizás mañana aprenda a mentir y a hacer bien el mal; quizás mañana aprenda a decir que te amo mientras sólo busco un cuerpo que acariciar. Pero eso lo he pensado desde un remoto pasado y nada ha cambiado, sigo siendo el mismo idiota que teme herir y ser herido, ser el que con justicia es acusado. Don Juan sonríe sabiendo que una de sus conquistas me interesaba a mí; esa que con palabras insinceras y sus promesas irreales se adjudicó para sí. Espero que con un poco de fortuna yo pueda encontrar a la mujer que no se deje llevar fácilmente por la seductora voz de un falsario. Pero yo no soy un santo.

martes, 9 de diciembre de 2008

Otoño que sabe a invierno

Me escapo de la lluvia de rocas, con una piedra en cada mano, la conservo porque aún no acepto que exista nadie con más culpas que yo. Los ases se me escaparon de la manga en plena mesa de juego y mis sueños de grandeza se encogieron con el rocío del amanecer (“búscate sueños sanforizados”, me recomendó una vez el dueño de una tintorería, quien sólo bebía vino blanco), y ahora me siento tan solo como el risueño forzado que come sin compañía en restaurantes de segunda, únicamente para poder coquetear con las meseras. Ahora las cosas sólo son graciosas cuando son excesivamente tristes, pues de tanto llorar no me queda de otra más que reír, y realmente carezco de ganas para reírme. La última vez que usé corbata me fue fácil ligar a una bella señorita, pero ambas cosas me sofocan y volví a liberar mi cuello y a escribir historias bajo la luna. Lamento decirle a quien se ilusionó conmigo que me inspira una gran pereza fundar una familia, pero le recuerdo que a la larga, pasaré más noches que ella hundido en el sinsentido de la soledad. A veinte años de distancia los mosqueteros ya buscan el calor del hogar, quieren dejar atrás sus aventuras, no tanto porque les aburran, sino porque ya nada es igual. No se distinguen las cosas que están lejos y los saltos cuestan mucho trabajo. Siento que me quedan bastantes caminos por recorrer, pero creo que ya no quiero recorrerlos. El sol sigue brillando, y seguirá haciendo lo mismo cuando me haya ido. Ya no sueño con conocer a Sócrates en otra vida, pues en esta ya conocí a gente interesante. Mi objetivo es llegar a un lugar de paz. Dije y digo lo que pienso, y me sigo equivocando a cada rato. Tiro las piedras al vacío, pues de nada me sirven ya. Ojalá exista la bruja que tiene el secreto de lo que busco, ojalá y la encuentre pronto; mientras tanto tendré que seguir acabándome bolígrafos y cuadernos para plasmar en tinta mis superficialidades. La gracia salvadora ¿será en tren o en barco?

jueves, 4 de diciembre de 2008

El porqué

Si fuera sólo por tus palabras o por la forma en que callas, estaría enamorado de un libro o de un muro; si fuera sólo por tu cuerpo o por tu aroma, amaría a una estatua florida. Si únicamente fueran tus ideas o tu espíritu, conmigo me bastaría; por eso te amo… por eso y por mucho más. Si fuera sólo por tus movimientos y por tu luz, amaría entonces al mar y a la luna; si se tratara únicamente de tu variedad y ocurrencias, querría a los circos y a cualquier sabio de ocasión; si fuera sólo por tu compañía o porque me entiendes, estaría inscrito en un asilo de lujo; pero ya sabes que te amo por eso y por mucho más. Si te amara sólo por tu poesía y nuestra identificación me bastarían la naturaleza y dos espejos; si fueran sólo tus promesas y tu realidad estaría con alguien ahogada en política o con una documentalista; si fuera sólo por la manera en que cocinas o por lo que a ambos nos gusta seguro estaría con una mesera llamada Mesalina o Salomé; pero no… yo quiero seguir estando contigo. Espero que te hayas hecho una idea de porque te amo.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Ilusiones en la barra

Donde sólo venden alimentos obtenidos del mar, en un extremo de la barra estilizada, decoración de la década de 1920 en pleno siglo XXI, comen y conversan dos tipos: altos, mediterráneos, latinos, apuestos galanes y fornidos. Llega ante la barra, a dos lugares de distancia de ellos, una rubia natural, bajita, delgada, tan delicada como una canción de cuna, joven y guapa como una muñeca sin tiempo. La chica espera que le lleven el menú. Ocasionalmente lanza miradas a los dos que tiene al lado, para ver si éstas hacen contacto con los ojos de ellos. No pasa nada. Ella ordena su comida, su bebida. Come, bebe y suspira. Decide optar por la táctica última cuando va a la mitad de su segundo plato, cuando le queda un cuarto de su segunda copa de vino: deja caer su servilleta al suelo. Ella espera, espera y luego suspira desesperada, la táctica no produce nada más que un dolor en su corazón. La chica termina sus alimentos y paga; se aleja de allí herida de una forma que ninguna medicina de farmacia puede curar. Los dos tipos se quedan conversando, como dos enamorados, para ellos no ha pasado nada más allá de sus personas. La servilleta negra, tan estilizada de pasado, se queda olvidada en el piso. Un punto más a la cuenta de la derrota.

12 horas

Doce horas seguidas de dormir, sin soñar. Como un tronco, como una piedra que no rueda, que a lo más sólo gira sobre su propio eje. Doce horas en apariencia improductivas. Despertar con un mareo por el exceso de descanso y los ojos hinchados como ligeramente golpeados por el campeón de los pesos más pesados. Moverse se siente al principio difícil, como si por una amnesia uno hubiese olvidado la manera de hacerlo, pero poco a poco se aplica la de Galileo (“y sin embargo…”). Doce horas de olvido, fuera de este mundo de amarguras y maravillas, de horripilancia y belleza, de fanatismo e indiferencia. Ausente, estando allí, ajeno a todo. Y al despertar, lejos de sentir la frescura y la energía recuperadas, sólo queda un gran cansancio por haber dormido tanto. Que ironía.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Carta cartesiana tras una persiana persa

“Sé que es imposible que me quieras y sé que tu amor para mí fue sólo un sueño, del que tuve que despertar desesperado, cuando comenzamos a hablar de dinero. Sé que te necesité como el agua y como el aire, sé que para ti fui un verdadero don nadie. Ahora debo empezar a acostumbrarme, congraciarme con la soledad que por ti abandoné. No fui bueno y tampoco fuiste del todo mala, no fui un villano y tampoco personificaste la bondad. Ahora no sé ni quiénes somos, me la vivo recogiendo trozos de recuerdos. Sólo veo un completo desconocido cuando me miro en el espejo. ¿Qué fue lo que pasó si nos queríamos tanto?”

Atentamente,

El dubitativo aspirante a pasivo, cartesiano, que no existe mientras no se pregunta nada.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Que verde era mi valle

Andaba a las cuatro de la tarde por una muy transitada calle de la ciudad. Era una tarde extremadamente soleada, de esas en las que el sol hace resaltar el blanco de las paredes hasta convertirlo en el ideal de pureza que dudo haya tenido algún alma en toda la existencia de la humanidad. Pero el blanco de las casas dispuestas, una tras otra, en moderna monotonía, no era el único color reinante en este barrio, pues debido a que también era temporada de lluvias, la vegetación había recobrado su orgulloso tono verde en camellones y jardines. Mi caminar, de por sí rápido, se aceleró repentinamente por una súbita y apremiante necesidad fisiológica de desalojar líquidos.

“Debo ir al baño antes de salir de casa”, me repetía mentalmente, aunque de manera demasiado tardía, pues eso debí decírmelo inmediatamente después de haber bebido tanta agua de jamaica en la comida. Ahora esa frase sólo me servía de inútil mantra mientras estrujaba con fuerza los papeles que llevaba en mi mano derecha y un sudor frío comenzaba a perlar mi frente.

Como suele suceder cuando la vejiga apremia fuera de casa, la necesidad de encontrar un baño era directamente proporcional a la distancia que me separaba del w.c. más cercano. Empecé a experimentar esa dolorosa desesperación y exasperante nerviosismo que acomete en estos casos. Seguía caminando, pero por donde yo andaba tras una casa sólo aparecía otra, seguida de otra más, y otra, etc. Cruzando la calle había un gran taller mecánico que imagino ocupaba toda esa cuadra. No tenía puerta ni entrada a la vista.

“¿Y si les pido que me permitan usar su w.c.?”, pensé cuando el sudor nervioso empezaba a humedecer mis axilas, “quizás se rían, pero puede que no sean tan inhumanos como para negarse”. Entonces surgió un nuevo problema: la imposibilidad de atravesar la calle, pues el flujo de autos era muy cargado y ellos iban a gran velocidad, como si en el ansia de despegar hacia los cielos se les fuera la vida a los conductores. He ahí que decidí llegar hasta la esquina y atravesar la calle tal y como Moisés lo hubiera exigido si los judíos hubiesen inventado el automóvil en esos tiempos. Pero no había semáforo, los autos no son un mar de agua y yo no soy Moisés. Agua, decidí no pensar en agua.

Como ya habrás adivinado, mi cerebro no suele pensar las cosas más oportunas, y mientras casi corría yo hacia la próxima esquina, pensé: “que bien que traigo puestas mis gafas oscuras, pues así no notarán la vergonzosa desesperación en mis ojos cuando les pida usar el baño”. Pero no llegaba, no llegaba, las apremiantes ganas querían premiarme con una pena pública. Claro que aún no concluía ese pensamiento, cuando mi cerebro mencionó: “que ridículo espectáculo sería que un individuo de 30 años (la cual era justamente mi edad entonces) moje sus pantalones en plena vía pública”. Ese es el condenado sentido del humor inoportuno de mi cerebro.

Mis pies estaban en esa competencia entre ellos por tomar la delantera (que la mayoría de las personas que hablamos español llamamos ‘caminar’) y yo comenzaba a resignarme a efectuar el espectáculo ridículo que recién había invocado mi cerebro, cuando de repente, como un gran milagro divino, la hilera continua de casas fue interrumpida por un verde terreno baldío salvajemente gobernado por la verdosa vegetación. En medio del terreno se abría un senderito de tierra que se perdía hacia el fondo entre tanta hierba del aparentemente virginal lote.

Sin pensarlo dos veces corrí hacia el interior del camino (que si hubiese estado pavimentado de oro, no hubiera sido más valioso para mí en ese momento) para ocultarme pudorosa y momentáneamente de la civilización y realizar mi acto incivilizado. Corrí esquivando múltiples restos sólidos de necesidades fisiológicas humanas, que además de quitarle la aparente virginidad natural al terreno, estaban allí retadores como vestigios de que varias personas se habían visto en necesidades similares a la mía, aunque de posterior expresión.

Llegué hasta un sitio que consideré lo suficientemente alejado y procedí a liberarme del líquido que pugnaba por abandonarme.

Y allí estaba yo, sintiendo un gran alivio cuando al alzar la vista divisé a un policía que caminaba por la misma acera que yo había caminando hacía algunos momentos, pero en dirección opuesta, y que de repente se detuvo a la altura del terreno baldío. El tipo llevaba gafas oscuras y parecía mirar al lugar en donde yo me encontraba. Opté por poner cara de perro de cartel, inexpresiva y como si mirase a un punto lejano, pero sin ver hacía ningún lado a la vez (las gafas oscuras me permitían este truco), para fingir demencia si acaso me decía algo el oficial. Creí que el moreno policía estaba mirándome o haciendo el mismo truco de can de cartel; sin esperar a comprobarlo, apresuré mi actividad y tras bajar la vista para cerciorarme que el pantalón estaba bien cerrado y cuidar de no pisar el charco que recién había creado, volví levantar la mirada para sorprenderme con el hecho de que el oficial de la ley había desaparecido.

Mi cerebro me dijo que quizás el policía estaba preparándome una emboscada a la salida del caminito, para arrestarme por ‘faltas a la moral’. Claro que también me dije que si el representante de la ley se atrevía a amonestarme o, lo más probable, a sobornarme, le diría que había ido hasta dentro del baldío a recoger un papel que me había sido arrebatado por una súbita corriente de aire. Es más, si el tipo insistía y me llevaba hasta el charco del delito, yo lo retaría a que comprobara que eso había sido obra mía.

Al salir del terreno, no fue pequeña mi sorpresa al notar que en la calle no había rastros del policía. “Quizás era un fantasma”, me dijo mi mente, “el espíritu de un oficial que murió atropellado en esta transitada calle, mientras cumplía su deber. O igual y fue secuestrado (‘abducido’ para ser exacto y científico) por una nave de extraterrestres invisibles en tanto yo cerraba el cierre de mi pantalón”.

Tras pensar que gracias a tanta tontería de mi cerebro casi nunca me aburro, decidí retomar mi camino. No había dado más de tres pasos cuando descubrí otro caminito hacia el interior del mismo baldío. Y, apenas divisible, detrás de un arbusto, se alcanzaba a notar por arriba de las ramas una trémula gorra azul de policía, en tanto que por debajo de las ramas se podían ver dos morenas lunas siamesas desprendiéndose de un cuerpo sólido, habano lejano y no cubano, que en ese momento de alivio se transformaba en un obstáculo para futuras personas en apuros.

Satisfecho de que al menos en ese momento no tendría yo problemas con la ley, me alejé de allí reflexionado dos cosas... que los restos de lo que antes fue una zona de extensos prados ocasionalmente visitados por pastorcillos, era ahora un baño público y natural, donde hasta la ley descargaba sus presiones. Ah, sí, mi segunda reflexión fue la de que quizás escribiría algún día esta experiencia, pero definitivamente no la mencionaría en la entrevista de trabajo a la que iba ese día.