domingo, 30 de octubre de 2016
Es horrible sentir celos y no ser nada
martes, 2 de junio de 2009
Cupido y la Dulce figura
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Ilusiones en la barra
Donde sólo venden alimentos obtenidos del mar, en un extremo de la barra estilizada, decoración de la década de 1920 en pleno siglo XXI, comen y conversan dos tipos: altos, mediterráneos, latinos, apuestos galanes y fornidos. Llega ante la barra, a dos lugares de distancia de ellos, una rubia natural, bajita, delgada, tan delicada como una canción de cuna, joven y guapa como una muñeca sin tiempo. La chica espera que le lleven el menú. Ocasionalmente lanza miradas a los dos que tiene al lado, para ver si éstas hacen contacto con los ojos de ellos. No pasa nada. Ella ordena su comida, su bebida. Come, bebe y suspira. Decide optar por la táctica última cuando va a la mitad de su segundo plato, cuando le queda un cuarto de su segunda copa de vino: deja caer su servilleta al suelo. Ella espera, espera y luego suspira desesperada, la táctica no produce nada más que un dolor en su corazón. La chica termina sus alimentos y paga; se aleja de allí herida de una forma que ninguna medicina de farmacia puede curar. Los dos tipos se quedan conversando, como dos enamorados, para ellos no ha pasado nada más allá de sus personas. La servilleta negra, tan estilizada de pasado, se queda olvidada en el piso. Un punto más a la cuenta de la derrota.
lunes, 25 de agosto de 2008
Que hable ahora o que calle para siempre
Soleado día de primavera, ¿por qué el muy desgraciado tenía que elegir un día tan bello?, ¿por qué Dios le concedió la gracia de un día así? Lo recordará con el cielo azul y el sol radiante. Ella estaba sentada en la cuarta banca de la izquierda, justo detrás de los familiares de la novia, así que lo que se proponía decir saldría justo de la zona en la que haría más daño. Estaba convencida de que él la amaba a ella y no a la mujer que ese día vestía de blanco y caminaba por el pasillo, nerviosa y orgullosa a la vez, rumbo al altar. Ella sabía que él estaba haciendo esto por una mezcla de capricho y compromiso, pues le había dicho más de mil veces: Yo a quien amo es a ti, y te lo digo con toda mi sinceridad. A lo que ella le contestó otras tantas veces: ¿entonces por qué te casas con ella y no conmigo? Y él siempre le respondía: porque tengo que hacerlo. Ella pensó que él desistiría al final, pero ya ves, hoy es el día de la boda, y ella está allí, en la cuarta banca de la izquierda, sintiendo náuseas y esperando el momento para hablar ahora y no callar para siempre. Pero justo cuando el sacerdote lanza tan resabida pregunta, ella toma sus cosas y se larga del templo. Hay veces que pesa más el pudor que el supuesto amor.
La caída
El tipo era una especie de simio, casi erguido, juguetón, con dejos de razón y destellos de conciencia humana. Era muy perezoso y buscaba ser mantenido, además tenía alma, o eso creía porque alguna vez quiso ser sacerdote. Por cuestiones apremiantes de la carne y tentaciones inherentes al ambiente fue expulsado del seminario. No sé qué papa dijo: “si vas a hacer algo malo, procura que nadie se dé cuenta de ello, o asegúrate de tener buenos amigos en las altas esferas”, y si ningún papa lo dijo, yo sé de uno que bien pudo haberlo pensado. Volviendo al frustrado fulano que quiso vivir a expensas de la religión, él no era precavido y no tenía amigos poderosos, por lo que tras su desgraciada gracia fue expulsado del seminario. Así se encontró de repente sin empleo y sin quien lo pudiera mantener. No le quedó de otra más que buscarse un trabajo, por eso cada domingo después de ir a misa y rogar a Dios, leía las largas listas de anuncios clasificados, donde por lo general sólo se solicitan vendedores, algo que representaba demasiado esfuerzo para nuestro simple amigo. La Providencia suele ser eficaz para quien cree en ella (sólo es cuestión de pedirle las cosas de manera adecuada) y el no-sacerdote creía verdaderamente, por eso encontró un empleo fácil y ‘de altura’ que, según él, lo mantendría cerca de Dios. El lunes siguiente se le vio vistiendo un uniforme amarillo y con unos largos zancos, caminando en la esquina de una calle, saludando como idiota a toda la gente que por allí pasaba para recordarles la existencia de una marca de teléfonos celulares. Un trabajo riesgoso, independientemente del consabido ridículo social. El zancudo ex aspirante a sacerdote estaba dando pasitos cortos para mantener el equilibrio cuando de repente dos adolescentes, víctimas del inmisericorde acné y de una risa estruendosa y estúpida, llegaron corriendo hasta él y le patearon los zancos. El hombre demostró la ley de la gravedad tan espectacularmente como un árbol bien talado, pero aullando como macaco rabioso. Un policía con aroma a chicle de menta y chicharrón con frijoles salió de la nada y atrapó a los dos barrosos, mientras que el lloriqueante zancudo permanecía inmóvil en la acera y era consolado por un anciano y desafinado saxofonista callejero que suele, a cambio de unas monedas, atormentar a los transeúntes de esa calle con su particular, dolida y dolorosa versión de “Strangers in the night”. Sé que los adolescentes no fueron a la cárcel, pues aunque torcido, vivimos en un estado de Derecho, y sus adinerados padres se encargaron de que no pasaran ni una noche en los separos. Ellos pagaron directamente al policía frijolero por la expedita liberación de los mocosos, la cantidad fue equivalente a 25 tacos de chicharrón, 12 de frijol con papas y 13 refrescos. Actualmente el saxofonista y el policía que huele a frijoles siguen en la misma esquina, atrapando incautos, cada uno a su manera, y el zancudo religioso se recupera quejumbrosamente de múltiples fracturas, pero eso sí, el muy ladino se las ingenió para enamorar a una enfermera con bigotes a la Pancho Villa que, por cierto, alguna vez intentó ser monja y que por razones naturales optó por tener un novio más carnal que el que le ofrecieron en el convento. El cuasisacerdote frustrado y la enfermera bigotuda tienen ya planes para casarse, por la Iglesia, claro está, tan pronto el tipo sea dado de alta. La mujer no gana mucho, pero cree en el dicho de ‘donde come uno comen dos’, al menos eso sabe que dicen los enamorados y ella realmente quiere tomar ese tren antes de que ya no pasen más por su estación. Ya lo dije, la Providencia escucha a quien cree en ella.