sábado, 13 de diciembre de 2008

Síntomas

Con una caperuza roja andaba, sin saltar, sin cantar, ni el lalalá más simple, pensando que el capitalismo es tan venenoso como el comunismo. El amor a veces cae como una roca que aplasta a coyotes, salida de la nada, desde el cielo. Las secuelas de ese golpe contundente pueden durarte años, probablemente el resto de tu vida, aunque haya quien diga que todo se pierde en el olvido. El tiempo cura, pero el tiempo no siempre es medicinal. Hay medicinas veneno, eso también es cierto. El problema del amor es cuando el objeto de éste es una persona como Jeckill y Hyde, que te ama y que a la vez quiere alejarse, sin importarle mucho la destrucción. Combina eso con el síndrome de Tom y Jerry, así le llamo a las relaciones con muchas emociones violentas, amor apache, que se van tragando, destruyendo a sí mismas poco a poco, y te van minando, hasta que ya no puedes siquiera mantenerte erguido y te importa un bledo que existan siete enanitos que saquen los diamantes de allí. Llega un momento en el que no quieres salir, pero que también es imposible permanecer adentro. Llegas a la cima, a la punta del Everest de las crisis, y de allí, sinceramente no queda otro camino más que tirarse de cabeza al vacío. No me crees, ya verás si te pasa. Ojalá no te pase, eso no se le desea a nadie. La memoria es selectiva, aunque los problemas hayan estado allí desde un principio, el autoengaño te dice que lo bueno siempre ha sido más constante, que por eso te has mantenido en la relación. No es cierto. Eso es lo que crees. Si llevaras un registro verías que el infierno ha estado allí, al igual que el cielo, en todo momento. Lo ideal del asunto es verdadero como el sueño y tan falso como un billete de cuatro dólares, ilegalmente tierno (ilegal tender). Descubrirás que probablemente también eres un ser disfuncional, uno para el otro, supermán y kriptonita queriendo formar una vida juntos. La función debe continuar. Y bailan, como a la fuerza, un vals en el campo minado, viendo cómo vuela un miembro distinto casi a cada paso, pero aferrados a continuar. Ocasionalmente la razón los visita, pero como buenos maleducados la corren arrojándole macetas vacías (y a veces llenas) a la cabeza. No hay contrato, no hay papeles, es ese tipo de uniones en las que se sigue por mera voluntad, más fuertes que un contrato social, aunque muchas veces uno de los dos sienta que ya no quiere seguir, sigue argumentando que hay mucho cariño allí y que no se puede desperdiciar. Me imagino que siempre hay un momento límite, en el que se acepta haberlo perdido TODO y se decide seguir hasta que la muerte los separe o matar de tajo la relación. Nada es sano, porque no fue sano siquiera al empezar. Se desconfía de todo y de todos en ese momento, hasta de uno mismo. Es la confusión inicial del vendado tras las vueltas y los giros en el juego la gallinita ciega, pero experimentada todos los días, de manera perpetua, sin venda y sin vueltas, más que las de los regresos. O te quedas allí, masoquista de capilla en Iglesia recién inventada o te arrojas, como te dije, al vacío sin paracaídas. Lo más feo es que a estas alturas ya hasta le encontraste buen sabor al sufrimiento, pero a la vez duele insoportablemente. La costumbre es algo más difícil de romper que los principios. Al final el cuento no termina bien porque, como dije, empezó mal.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Un martes 13

La reina del Blues se fue apagando con la noche, mientras que el poeta perdido ya no tuvo por quién escribir. Los héroes de antaño se fueron rindiendo, uno a uno, pavimentando con sus viejas corazas el desnivelado camino. “¿En dónde están los valores?”, preguntó el iluso dormido. “De seguro bien guardados en un banco”, fue lo que respondió el exportador cínico, mientras que alguien se lavaba las manos en la sombra. Nada parecía cobrar dimensiones nuevas, todos estaban bien pagados de sí, las letras cambiaban en las letras de cambio; todas las mentiras eran verdades y las verdades sólo eran falsedades. Lo que estaba arriba, bajó; lo que estaba debajo se hizo a un lado. La credibilidad se mezcló con la desesperanza, y el pelotón de Magdalenas lloraba ignorando una razón de peso. La elefantástica amistad de dos adolescentes huyó cuando se enfrentó a la primera adversidad de la mañana y el cobarde decidió hundirse en el alcohol. Los filósofos se fueron vendiendo poco a poco, ya sólo faltaba que el tiempo se dejara de contar, nadie podía detenerlo y a pesar de la incomodidad, nadie lo quería intentar. “El mundo es de quien sabe vanagloriarse efectivamente de sus bajezas (sin importar que éstas sean ficticias)”, decía la pinta en la gran muralla china (¿dónde más cabría un mensaje tan largo?). Un rayo cruzó el horizonte partiendo en dos el cielo, como si de un gran pastel azul se tratara o Moisés confundiendo el mar con el firmamento. Todos se asustaron de repente, pero al asegurarse que nada pasaba, se encogieron de hombros, nada sanforizados, y retomaron sus actividades habituales. Era martes, era 13, y el tiempo no dejó de contar.

Promesas y Don Juan

Las grandes botas de cuero hacen resonar los pasos de Don Juan en la gran sala. Él llega pensando en lo fácil de sus conquistas y en las tres damas que hoy dejó burladas. Todo parece ser más sencillo cuando nada se toma en serio y se eluden los sentimientos. Todo es más probable cuando no se va más allá de la superficie del celo. La gente parece tener ansias de que le mientan por siempre, luego, cuando las cosas terminan mal, gustan de culpar a la surte. Don Juan sonríe y sabe mantener el encanto, mientras clava sus dagas en tu espalda. Yo no soy un santo, ni siquiera soy bueno, y en tu corazón aún no logro nada. Quizás mañana aprenda a mentir y a hacer bien el mal; quizás mañana aprenda a decir que te amo mientras sólo busco un cuerpo que acariciar. Pero eso lo he pensado desde un remoto pasado y nada ha cambiado, sigo siendo el mismo idiota que teme herir y ser herido, ser el que con justicia es acusado. Don Juan sonríe sabiendo que una de sus conquistas me interesaba a mí; esa que con palabras insinceras y sus promesas irreales se adjudicó para sí. Espero que con un poco de fortuna yo pueda encontrar a la mujer que no se deje llevar fácilmente por la seductora voz de un falsario. Pero yo no soy un santo.

martes, 9 de diciembre de 2008

Otoño que sabe a invierno

Me escapo de la lluvia de rocas, con una piedra en cada mano, la conservo porque aún no acepto que exista nadie con más culpas que yo. Los ases se me escaparon de la manga en plena mesa de juego y mis sueños de grandeza se encogieron con el rocío del amanecer (“búscate sueños sanforizados”, me recomendó una vez el dueño de una tintorería, quien sólo bebía vino blanco), y ahora me siento tan solo como el risueño forzado que come sin compañía en restaurantes de segunda, únicamente para poder coquetear con las meseras. Ahora las cosas sólo son graciosas cuando son excesivamente tristes, pues de tanto llorar no me queda de otra más que reír, y realmente carezco de ganas para reírme. La última vez que usé corbata me fue fácil ligar a una bella señorita, pero ambas cosas me sofocan y volví a liberar mi cuello y a escribir historias bajo la luna. Lamento decirle a quien se ilusionó conmigo que me inspira una gran pereza fundar una familia, pero le recuerdo que a la larga, pasaré más noches que ella hundido en el sinsentido de la soledad. A veinte años de distancia los mosqueteros ya buscan el calor del hogar, quieren dejar atrás sus aventuras, no tanto porque les aburran, sino porque ya nada es igual. No se distinguen las cosas que están lejos y los saltos cuestan mucho trabajo. Siento que me quedan bastantes caminos por recorrer, pero creo que ya no quiero recorrerlos. El sol sigue brillando, y seguirá haciendo lo mismo cuando me haya ido. Ya no sueño con conocer a Sócrates en otra vida, pues en esta ya conocí a gente interesante. Mi objetivo es llegar a un lugar de paz. Dije y digo lo que pienso, y me sigo equivocando a cada rato. Tiro las piedras al vacío, pues de nada me sirven ya. Ojalá exista la bruja que tiene el secreto de lo que busco, ojalá y la encuentre pronto; mientras tanto tendré que seguir acabándome bolígrafos y cuadernos para plasmar en tinta mis superficialidades. La gracia salvadora ¿será en tren o en barco?

jueves, 4 de diciembre de 2008

El porqué

Si fuera sólo por tus palabras o por la forma en que callas, estaría enamorado de un libro o de un muro; si fuera sólo por tu cuerpo o por tu aroma, amaría a una estatua florida. Si únicamente fueran tus ideas o tu espíritu, conmigo me bastaría; por eso te amo… por eso y por mucho más. Si fuera sólo por tus movimientos y por tu luz, amaría entonces al mar y a la luna; si se tratara únicamente de tu variedad y ocurrencias, querría a los circos y a cualquier sabio de ocasión; si fuera sólo por tu compañía o porque me entiendes, estaría inscrito en un asilo de lujo; pero ya sabes que te amo por eso y por mucho más. Si te amara sólo por tu poesía y nuestra identificación me bastarían la naturaleza y dos espejos; si fueran sólo tus promesas y tu realidad estaría con alguien ahogada en política o con una documentalista; si fuera sólo por la manera en que cocinas o por lo que a ambos nos gusta seguro estaría con una mesera llamada Mesalina o Salomé; pero no… yo quiero seguir estando contigo. Espero que te hayas hecho una idea de porque te amo.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Ilusiones en la barra

Donde sólo venden alimentos obtenidos del mar, en un extremo de la barra estilizada, decoración de la década de 1920 en pleno siglo XXI, comen y conversan dos tipos: altos, mediterráneos, latinos, apuestos galanes y fornidos. Llega ante la barra, a dos lugares de distancia de ellos, una rubia natural, bajita, delgada, tan delicada como una canción de cuna, joven y guapa como una muñeca sin tiempo. La chica espera que le lleven el menú. Ocasionalmente lanza miradas a los dos que tiene al lado, para ver si éstas hacen contacto con los ojos de ellos. No pasa nada. Ella ordena su comida, su bebida. Come, bebe y suspira. Decide optar por la táctica última cuando va a la mitad de su segundo plato, cuando le queda un cuarto de su segunda copa de vino: deja caer su servilleta al suelo. Ella espera, espera y luego suspira desesperada, la táctica no produce nada más que un dolor en su corazón. La chica termina sus alimentos y paga; se aleja de allí herida de una forma que ninguna medicina de farmacia puede curar. Los dos tipos se quedan conversando, como dos enamorados, para ellos no ha pasado nada más allá de sus personas. La servilleta negra, tan estilizada de pasado, se queda olvidada en el piso. Un punto más a la cuenta de la derrota.

12 horas

Doce horas seguidas de dormir, sin soñar. Como un tronco, como una piedra que no rueda, que a lo más sólo gira sobre su propio eje. Doce horas en apariencia improductivas. Despertar con un mareo por el exceso de descanso y los ojos hinchados como ligeramente golpeados por el campeón de los pesos más pesados. Moverse se siente al principio difícil, como si por una amnesia uno hubiese olvidado la manera de hacerlo, pero poco a poco se aplica la de Galileo (“y sin embargo…”). Doce horas de olvido, fuera de este mundo de amarguras y maravillas, de horripilancia y belleza, de fanatismo e indiferencia. Ausente, estando allí, ajeno a todo. Y al despertar, lejos de sentir la frescura y la energía recuperadas, sólo queda un gran cansancio por haber dormido tanto. Que ironía.