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domingo, 27 de octubre de 2019

Muros

Él, arrastrando las palabras como cadenas de esclavo cansado, pidió una nueva bola de cristal, pues había consumido hasta la última gota de la que aún tenía sobre la mesa.

Su acólito estaba alcoholizado.

Ella presintió claramente lo que seguía. Era como si se le revelara el guion de esa obra barata que ambos interpretaban allí, a media luz, rodeados de extraños.

"Por favor no digas nada...", le suplicó ella con voz y con miradas.

Tras dar un largo trago al oscuro contenido de la nueva bola, él se aclaró la garganta. Ella pensó con la tristeza de la derrota: "aquí viene...".

Desinhibido por el alcohol, él abrió las compuertas de su corazón permitiendo la fuga salvaje de palabras que intentaban describir lo que pensaba y sentía por ella en un tiempo que no sabría si medir en meses o en años, pero que por su silencio sentía como siglos. El afluente desbordado de confesiones valientes, pero no razonadas, cuyos detalles él jamás recordaría, calaron hondo en el ánimo de ella.

Ella supo entonces por qué le resultaba tan familiar este guion: en un pasado tan adyacente como la ausencia de condón, ella había representado el papel de acólita alcoholizada en una situación similar, diciéndole a un hombre mayor cosas parecidas a las que ahora escuchaba de este joven, que tenía la misma edad que ella.

En aquella ocasión, ella logró lo que quería, al menos por una noche. Pero el mañoso otoñal no sólo continúo al lado de su esposa, a quien juraba detestar con el alma, sino que aprovechó la ocasión que se le presentaba en bandeja de plata dejando a la chica embarazada.

Ella tuvo que afrontar sola el aborto cuando se hizo patente el resultado de aquella noche. Del hombre ya no supo nada, pues había levantado un muro enorme para impedir la comunicación entre ambos. Luego, para ella todo fue salir de la depresión que nadie se explicaba, volver a frecuentar a la gente, salir y retomar una vida "normal".

Ella siempre supo las intenciones de este chico, sabía que con él no se trataba de un viaje por la ruta de la amistad. Ella en verdad lo apreciaba, disfrutaba de su compañía, pero nada más. ¿Por qué las cosas no podían seguir como hasta entonces? Ella se había convencido de que podría controlar la situación indefinidamente, como hasta ahora, pero como suele suceder, subestimó la fuerza del alcohol.

Ella dejó que él terminara todo lo que quería decir, soportó con paciencia de mártir todas las reiteraciones que mareaban y las incongruencias discursivas. Él nada dejó de lado para expresar todo su mensaje.

Al final ella le dijo: "Disculpa si te di esperanzas, esa nunca fue mi intención", y le propuso que ambos siguieran como si nada, como si aún nada se hubiese dicho en esa velada, continuar la relación como hasta ese momento y, quién sabe, quizás en el futuro...

Pero él no mordió el anzuelo. En extraña iluminación etílica supo que ese era el fin.

Pagaron la cuenta y se fueron de allí actuando como si nada. Él la acompañó hasta la puerta de su casa, y antes de despedirse se sintió obligado a pedirle perdón, sin que le quedara en claro cuál había sido su falta.

Ese perdón fue el primer ladrillo de su muro de incomunicación.
cerveza bola

domingo, 16 de agosto de 2009

Ojos entreabiertos

Sigo sin poder determinarlo. ¿Es el fin de mi vida o el principio de mi persona? ¿Por fin abro los ojos o es que comienzo a cerrarlos? Ya no soy tan bueno como creí serlo, y la maldad ya no es tan mala. Comencé olvidando la palabra de Dios y terminé perdiendo respetos. Los labios no sirven nomás para lanzar palabras al aire y las manos pueden hacer trucos con la carne. Amanecí arrepentido de lo que con mi consentimiento hiciste conmigo. Sólo que no estaba acostumbrado. Yo lo creí incorrecto y ahora es lo único que hago. El jefe de pista luce elegante y huele a jabón, pero ahora sé cómo es por dentro. Todo aquello que ayer miraba por encima de mi hombro, ahora lo miro a la altura de un zapato. Ya nada volverá a ser igual. La inocencia se deslava con cierta clase de calor, y jamás la recuperas. Sólo soy otro más, cambié mis valores por la normalidad. Ha sido pesado, ojalá sea sólo una fase o una temporada; pero sé que el sabor de boca permanecerá. Me siento mal, me siento idiota. No sé si esto es el fin de mi vida o el principio de mi persona. ¿Abrí por fin los ojos o comencé a cerrarlos? ¿Ahora cómo podré ver de frente a la gente sin sentirme apenado?

martes, 11 de agosto de 2009

Cartita

Quisiera decir que ya no pienso en ti, pero te sigues apareciendo en mis sueños y te miro en cada tres de cuatro parpadeos en mi vigilia. Quisiera decirte que te he olvidado, pero justo contigo fue que me acordé cómo se recuerda. Se que los momentos a tu lado no fueron perdidos, y sin embargo me perdí de ti, extraviado y sin mapa con la brújula rota que dejó de apuntar a tu punto principal. Si pudiera retroceder el tiempo lo haría, hasta el momento en que de manera escalonada te conocí, aunque seguramente haría lo mismo que hice, pero tratando de hacerlo mejor. Lo que me pregunto es ¿por qué tuvo esto que acabar así? Los títulos finales de la película los siento antes de tiempo, apenas rugía el león y ya estaba terminando la función. No hay arrepentimientos ni rencor, sólo esta incómoda situación de que estás lejos de mí, en kilómetros y en sentimiento, si supieras cuánto lo siento. ¿Hicimos lo mejor que pudimos?, ¿nos aferramos a lo imposible? Extrañas jugadas que a veces nos hace el destino, con su humor más negro que el carbón, y en nuestro caso prometía ser diamante. ¡Lo que aún nos queda por ver! Cosas que quisiera y otras que, sin quererlas, sucederán. Caras nuevas, días soleados, y sin embargo sigo creyendo que la cara más hermosa es la tuya y que sin ti el sol no brilla ni siquiera como la luna. Quisiera muchas cosas, ya hasta le escribí a los Reyes, pero siempre lo primero en mi lista es pedir que podamos volver, sin la frente marchita y de ser posible antes de 20 años, que sí son algo.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Voy por cigarros

“Voy por cigarros”, dijo y cerró la puerta. Jamás volvió. Lo buscaron en el lugar de la abuela que vuela, donde lo rancio y pasado sólo por ser viejo es considerado ‘clásico’. Un clásico idiota. Lo buscaron en un puerto sin mar y en el tugurio del mal augurio; en el edificio sin tiempo y en la ciudad del estrés, cualquier ciudad que se precie de serlo desborda estrés, a la una, a las dos y a todas horas. Lo buscaron en la montaña artificial de aventuras dosificadas, empaquetadas, y en los lentos rápidos de agua clorada. Lo buscaron en los brazos vacíos de sus viejas amantes y en la mirada descarada de la Maleva de San Telmo. Lo dieron por muerto. “Voy por cigarros”, dijo el mismo día que pensó que su vida no era realmente suya, que la curiosidad murió cuando cambió sus tiendas de campaña por una casa de ladrillos construida por un práctico cerdo. La perdió el día en que su aerostático globo se llenó de lustrosos niños lastrosos y lloraba en silencio, sin lágrimas; el día en que su egoísmo fue enterrado por las arenas de un autoconvencimiento con fines ilusorios. Había que ser excelente. Perdió su vida el día en que confundió la felicidad con lo que se dice que debe ser. El final empezó cuando el sexo fue maquinal, cuando la sal sabía a papel blanco y los besos ya no tenían electricidad, cuando le importó un carajo lo que salía de boca de su esposa, cuando la puerta no estaba allí para impedir la entrada sino para no dejar salir. El día en que ya no lo calentaba el sol, sino la hoguera de Juana de Arco. Todo le dio asco y terror, hasta el momento que sin haberlo planeado dijo: “Voy por cigarros”, y después de cerrar la puerta por fuera jamás volvió.