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martes, 2 de junio de 2009

Cupido y la Dulce figura

“Ningún día es soleado aunque no haya ninguna nube en el cielo”, pensando en esta frase ambigua danzaba el Gordo Cupido Fracasado cuidando de que no se le cayeran sus gafas de grueso armazón. Iba desnudo por el parque y saltando sobre un solo pie gritaba: “¡Albricias!, ¡albricias!” Yo pensaba en quitarme ese maldito blanco de mi mente para poder decirte algo. Un individuo, tan negro como la mayoría de las consciencias, y tan estúpido como la mayoría, intentaba correr con sus pantalones bajados a la altura de sus tobillos. Un beso flotaba en el aire, pero no encontraba labios en dónde posarse y se pasó de largo. “Un recuerdo poderoso es lo único que se requiere para amedrentar tu presente”, ese es el dogma de la Eterna Novia Amarilla. En una banca estaba sentado el Anciano Prematuro aterrorizado por la idea de envejecer y hacia él se aproximaba el Muerto cuya obsesión es la muerte. Yo intentaba decirte cualquier cosa, por simple que ésta fuera, pero no se me ocurría nada. El Mendigo De Afecto seguía solicitando limosnas de amor, ahora estaba enamorado de un perro que había lamido su saco. Más de una persona se identificaba con el Mendigo. La Dulce Figura que conquistaba corazones sin esfuerzo intentó decirme algo al oído. ¿Sería algo importante? Jamás lo sabré, yo continuaba preso en la habitación mental en donde creía que estaban las palabras que te tenía que decir. El Gordo Cupido Fracasado comenzaba a darse cuenta que no es bueno del todo (y quizá en absoluto, como pensaría más tarde) mezclar los negocios con lo más profundo de tu persona. Tras este descubrimiento cambió de pie para sus saltos y comenzó a gritar: “¡Maldición!, ¡maldición!” Aquí puedes encontrar el perdón de Dios, de tus padres, hermanos, hermanas, amigos, enemigos, vecinos, jefes, empleados, seres despechados, amantes suegras, cuñadas, carceleros, reyes, envenenados, jueces, acusados y parientes, pero jamás encontrarás el perdón del tiempo. Cuando por fin se me ocurrió algo qué decirte noté que tú, con todo y tu Dulce Figura, te habías ya ido.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

El parque

Ignoro cuántos primeros pasos se han dado aquí, cuántos niños hicieron sus primeros descubrimientos y cuántos ancianos han dado sus últimos pasos; cuántos enamorados descubrieron en este sitio el universo que se abre con el primer beso. Cuántos recuerdos se forjaron aquí y cuántos momentos que la gente preferiría olvidar. A pesar de todos los recuerdos que se crean en este parque, a pesar de que si me esforzara un poquito podría llenar hojas y hojas de mis memorias, realmente en este lugar siempre me acuerdo de ti. Sé que aquí te dije que te amo, nada original pues en este lugar muchos habrían dicho lo mismo. Sé que aquí sentí más de tres veces que era la última vez que te vería, y sin embargo nos volvimos a ver. Recuerdo la vez del taxi, con tus cajas, recuerdo también la vez que dijiste que lo nuestro carecía de futuro (quizá no en esas palabras, pero así lo entendí), recuerdo cuando dijiste que esperabas un hijo y la primera vez que lo vi. Recuerdo que aquí solucionamos una de nuestras mayores diferencias. Recuerdo haber sentido aquí mismo que mi sombrero de trucos estaba ya vacío y que también se me habían acabado los ases en la manga. Cuando más sentía eso, sin habértelo mencionado, tú me dijiste lo contrario. Lamento decir que si alguna vez hubo aquí un beso, lo he olvidado. Siento a este sitio como el lugar de los adioses y de los holas; de abrazos y de lágrimas, de noticias que podían construir monumentos de esperanza en el alma y de frases que los destruían hasta sus cimientos sin dejar siquiera ruinas. Hoy quise venir sin esperar encontrarte, pero de todas maneras te encuentro. Tengo la sospecha de que si algún día pierdo la memoria, no podré perder esos recuerdos.