martes, 15 de octubre de 2019

La falsa reina pequeña

La falsa reina pequeña era aún más mentirosa que toda su joyería de plástico.

No niego que yo le hice la corte, y que ella terminó cortándome.

Lo que me sorprende es que ella siga creyendo todavía en sus trucos de magia verde, que nada tienen que ver con la ecología.

Es una pena el desperdicio de su carisma. Es una pena escuchar sus falsos ideales, como esa humildad que presume y que siempre termina arrastrándote.

Lo siento reina, tengo que salir de tu castillo, pagas muy mal el puesto de bufón.

Cómprate un cocodrilo sin caries para que sigas admirando sonrisas y un barril de orgullos tragados para que guardes en él tus amarguras.

Tú que lees, te diré que no entres en ese castillo, pues el tiempo castiga cruelmente a la reina y en un momento de distracción podrías terminar siendo el inestimado candado de su alcoba apolillada.

Reina, no niego que alguna vez adoré la imagen que representabas tan bien.

Septiembre de 1995
reina

domingo, 13 de octubre de 2019

Chidiando calacas

"'ira wey esa calaca, 'ta chiiiiiida", dijo la mamá a su hijo, que viajaba junto a ella en el autobús, mientras apuntaba su índice a una calavera enorme en la acera, la cual estaba decorada con muchos colores, al igual que otras tantas calaveras exhibidas a lo largo de la avenida con motivo de la inminente celebración de Día de Muertos en la Ciudad de México. 

"'má, 'ta chiiiiiida", respondió a su madre el niño, como de 9 años y medio, aprobando la apreciación estética de su progenitora y agregando: "'ira 'ma es'otra calaca, 'ta chiiiiiida", señalando la siguiente calavera que se vislumbraba en la acera.

"Sí'ijo, tá chiiiiiida", asintió la madre, "'ira es'otra, también 'ta chiiiiiida...". 

" 'má, 'ta chiiiiiida. Pero 'ira es'otra, también 'ta chiiiiiida...", dijo el niño.

Ese diálogo no tuvo variación durante las siguientes 32 calaveras en la avenida, hasta que en su turno del responsorio pagano el niño, algo cansado del monótono juego, dijo: "no 'má, esa no'stá chida, ¡hasta parece que la hicistes tú!".

Ese insulto hirió hondo el orgullo de la feliz madre, fue como un trago del vino marca Gólgota, cosecha año 0. La dolida mamá respondió: "¡No seas grosero!", y queriendo cambiar de inmediato la conversación, al ver la Fuente de la Diana Cazadora dijo: "'ira, una vez te traje a esta fuente, ¿te acuerdas?".

Claro que el niño lo recordaba bien, en su memoria estaba bien grabada la impresión de ver una 'ñora encuerada hasta arriba de la fuente, pero con ánimo de seguir jodiendo a su progenitora negó como cualquier Pedro embriagado de poder: "no 'ma, nunca venimos ahí, tú me confundes con otro niño".

La ofensa de la madre se hizo más profunda, porque su supuesto arreglo resultó agravar las cosas. Ahora no sólo estaba ofendida, sino también humillada y encabronada, y le respondió al hijo ingrato con enfado: "¡cómo que te confundo wey!, si eres mi único pinche hijo. Qué pinche grosero eres, 'ora nos regresamos a la casa y no te llevo a las lanchas".

El niño no era borracho que traga fuego (eso lo será en unos 10 años más) y, tras percatarse que se había pasado un poco de la raya, dijo zalamero: "'ira má, esa calaca 'ta chiiiiiida".

La madre de inmediato se conmovió por la dulzura de su pequeño y le respondió: "sí, 'tá bien chiiiiiida... 'ira es'otra también 'ta chiiiiiida...".

Y así siguieron los dos, como si nada feo hubiese pasado entre ellos, chiiiidiando calacas el resto del camino, hasta que llegaron a las lanchas del lago de Chapultepec, donde se divirtieron mucho esa tarde de domingo.

viernes, 11 de octubre de 2019

Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que "se haya ido" ha regresado para contar la experiencia, que nos cuente lo que hay "del otro lado" (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?).
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata de colgar los tenis, de entregar el equipo debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror, de duda absoluta. ¿Y qué tal que recuperar la fe no represente ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan en el instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que "se nos adelantaron" y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, puede que así sea el paso hacia la muerte.
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=0D_e6pJiwqo]

domingo, 30 de octubre de 2016

Es horrible sentir celos y no ser nada

"Es horrible sentir celos y no ser nada", dijo triste el fantoche cuando le expedían de nuevo la visa para la 'zona de la amistad', esa del 'te quiero como hermano', cuando siempre había estado claro para todos que sus ambiciones iban en otra dirección, hacia otro país más 'comprometido' y 'carnal'. Al menos eso creía el triste fantoche de romería. Pero él decidió seguir allí. Total, igual con el tiempo ella aprendería a amarlo, él la convencería con su constancia, presencia y apoyo. La gota que agujera la roca, la fe que mueve montañas, la Roma que no se construyó en un día. Su amor Roma era verdadero, al menos eso creía. Ella se enamoraba y desenamoraba de cualquier otro. Rosario sucesivo e interminable de amantes dementes, fríos glaciares. Tipos eventuales, cuyo interés radicaba en pasar sólo un buen rato. Ella al final se sentía abandonada, pero tenía el hombro del fantoche, siempre presente, para llorar. Tenía a esa gran compañía para sobrellevar el desprecio y, aunque no confesado, curarse el herido ego. El fantoche no entendía, seguía con su visa, siempre rechazado para lo que él quería. ¿Cómo despreciaba ella el 'amor verdadero'? Era un absurdo, pero él allí seguía. Paciente como el inglés herido. En el fondo humillado y ofendido. Pero "el amor todo lo puede", se decía. El fantoche sentía celos y se sentía nada. No era amante, amor, ni amigo, el fantoche estaba en el limbo sentimental. Para ella era sólo una muleta que se usa cuando se comienza a cojear, mientras cogía y recogía parejas eventuales y pasajeras que le hacían mal. Seductores, don juan y don nadie. Un patrón siempre igual. Sin fin. El fantoche esperaba con paciencia, mordiéndose las uñas, desesperado, sintiendo celos hasta del portero que le abría a ella las puertas del edificio, y más aún del Romeo que le abría las piernas tras el primer guiño. Hay muchos fantoches así. Algunos más pacientes que otros. No faltan aquellos que hacen de este 'sentir celos siendo nada' una forma de vida, miserable, pero al cabo ese es el sinsentido que les da motivos para seguir vivos. Esos fantoches hacen de las quejas el aire que respiran. Mártires voluntarios que aspiran el Cielo del ridículo. Esperan y se muerden las uñas. Pasa el tiempo. Algún fantoche despierta, recoge su estrujado corazón del fango y su dignidad del excusado. Los lleva a la tintorería y sigue caminando, con un aprendizaje bien tatuado, que a veces tiende a olvidar. La naturaleza manda, el instinto rige y el llamado de la selva siempre está tocando a la puerta. "Es horrible sentir celos y no ser nada", son las últimas palabras en el lecho de muerte de los buenos fantoches, que ni al final de sus días tienen suerte como en los tiempos del cólera. Sin embargo, el peor caso de todos, es el de aquellos que logran tener una relación de pareja con su amada. Despiertan de la peor manera, dándose cuenta que ella no es lo que esperaban. ïdolo caído, ilusión rota. Y todo estalla, el fracaso Titánico se hunde así, de repente, con un choque estrepitoso. Glu, glu, glu. Y luego rencor del más odioso. Para culminar con celos de nuevo, esos celos rencorosos, cancerosos. De todo esto sólo destaca una verdad: "es horrible sentir celos y no ser nada".

sábado, 22 de octubre de 2016

Corazón roto

El corazón se rompe. Es real, no es una metáfora. Llega a estrujarse como el papel de la carta no deseada y luego se hace pedazos como el valioso jarrón de una dinastía legendaria. Cuando el corazón se quiebra produce indiferencia, dolor, melancolía. Uno anda como alma ajena, en pena, por el mero hecho de seguir andando. Entonces se camina automáticamente, los ojos miran sin ver, se deja de comer, se duerme mucho, pero sin paz. Suspiros, esperanza remota rodeada de la neblina de desilusión. De verdad, el corazón duele, y duele mucho. Takotsubo, dijeron los doctores japoneses, para ponerle nombre a ese estado que ha permanecido con el ser humano desde que éste apareció en el teatro del mundo. Corazón roto, le llamó el primer enamorado cuando no se concrertó su amor temprano, o quizá cuando su último afecto fue arruinado o robado por el tiempo. Los poetas pueden dar un poco de consuelo a quien sufre de este mal. A veces el dolor compartido, comprendido, es menos dañino. A veces. Sin embargo, un corazón roto deja un hueco que se lleva muy adentro, y que tiene el contorno de la persona amada. Ese hueco jamás se vuelve a llenar del todo. No hay solución, se aprende a vivir con ello aunque de algún modo seguirá lastimando o nos consume hasta llevarnos a nuestra tumba, tarde o temprano, pero eso es la vida, siempre se muere de algo. No hay más.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Things Have Changed (Bob Dylan, 2000)

 Una canción favorita, reinventada, casi cada noche, pirotecnia en notas acústicas, capturada en grabación y no se hacen las cosas dos veces igual. Prevenir rutina, costumbre y oxidación. Adiós adiós, hasta lo que se quiere. Quizás sea el extremo, extremaDura blanda. No se reblandecen los corazones que son de piedra. En sí la canción original es una maravilla, quizás soy un ciego fanático en lo que respecta a Dylan, la historia me dará la razón, aunque nunca la tenga yo. No me rebanaré orejas ni siquiera las patillas, ni reduciré mis pies para estar de moda en China. "Me solía importar, pero las cosas cambian". Sin razón sin sentido, ¿para qué darle gusto a todos o a una sola persona? Doy argumentos y armas que se me pueden revertir, aunque haya aún gente que piensa que soy invertido. No soy homofóbico, pero hay mundos que de plano no me interesan, aunque haya quien no lo crea. Igual no pertenezco a nada, igual me he inventado mi mundo y aunque inexistente es el único para mí. Los dramas exagerados, las palabras y las caídas son o para querer encajar o para desencajarme más, posiblemente para tener algo qué decir y que se me entienda. No soy superior, no soy cerveza, ni modelo, y sí, tienen razón si piensan que muchas veces ni yo me entiendo. No quiero que suene a algo urgente, son los movimientos de reajuste, la tierra tiembla y tira edificios, las olas destruyen poblados en las orillas, yo sólo me muevo con mis palabras. Demasiadas palabras pero en ellas siempre está mi verdad. Que me devuelvan mis gafas oscuras, no quiero que me vuelvan a leer un alma inacabada y en constante proceso de construcción. Cuando creí llegar a América, resultó que eran las Indias, que huevo de Colón ni que hueva fina de peces. Ya no es un S.O.S. No me digan que soy absurdo, pues quien me lo dice no conoce el mundo. Producto del ambiente o producto de NO querer ser parte dependiente del mismo. No lo sé, pero no voy por el mismo camino, e incluso dudo de ir en algún camino. Volviendo a la canción, mejorada, ritmo que impide reconocerla hasta que empieza a cantar. Por cosas así a veces siento que vale la pena seguir vivo, no me rindo. A veces me canso, pero falta, siento que falta. Las cosas cambian a una velocidad mayor que la que puedo responder. Yo en mi mundo y el mundo girando, a veces me topo con gente que sabe lo que digo, gente gentil; pero me aferro a quien no me entiende. Sino sino nosi nose no se. Curiosidad con algunos tintes de esperanza. Ese es mi currículum vitae, sin vitaminas y no enriquecido con Fierro. Impaciente, colérico, aferrado, ¿para qué quiero más Fierro? No hay cielo, ni infierno, todo está aquí empaquetado y revuelto en una licuadora (¿por qué crees que el mundo gira y gira?) Sublime la letra de la canción, mezclada con un arreglo que hipnotiza y encanta, la música es el salvavidas de las tormentas y lo es la literatura, pero para asirse realmente hay amigos. cada uno es su sitio, sin jerarquía. Los organigramas son necesarios en las empresas no en mi alma. En fin, hable mucho y aunque no dije nada en apariencia lo dije todo. No hay apuro, no hay dolor, mareo de despertar rápido. Nada está garantizado. No pido auxilio ni ayuda, ya no es momento para eso, sólo me encuentro tratando de definir en un mapa en blanco qué sigue, si es que sigue algo. No me culpen a mí, sino a esta canción que me da vueltas en la cabeza desde que desperté. Nada está definido. hay cosas que cambian sólo en apariencia, pero no lo hacen en esencia. Al veces el escenario cambia más rápido de lo que podemos reaccionar. No hay mal que dure cien años, aunque haya mucho que pueden soportar males de 200. A veces llega el punto de "frankly my dear, I don't give a damn", para caer en la misma historia en otro lado, con otra persona. Hay veces que jamás se vuelve a "give a damn". Dios dice, así está escrito y así será. Y el Faraón abusó de su confianza por no querer dejar salir a Moisés. Ojalá se acaben las plagas, llamen al exterminador.

martes, 18 de octubre de 2016

Para siempre

Solemos temer a las enfermedades mortales, olvidando que al nacer contraemos una, irreversible, incurable e irremediable, ocasionada por el inclemente paso del tiempo. Ese mismo tiempo que dizque es relativo, pero que a pesar de su falta de característica absoluta nos marca y nos mata con una decadencia que, por más que se intente retrasar, llega tarde o temprano. Ese pensamiento lo tuvo él presente a lo largo de su vida, por eso mismo postergó tanto sus revisiones médicas, hasta el día en que las molestias y dolores fueron insufribles. El doctor, acostumbrado a los postergadores temerosos y sin esperar lo mejor, le pidió hacerse revisiones generales y un par de análisis específicos.
Esperando una de esas curiosidades de la vida, producto de la mala enseñanza, de las películas y series de TV o de las fantasías esotéricas románticas, él, al mirar los resultados de sus análisis, nefastos y nada prometedores (excepto para la extinción), esperó la llamada de ella, aunque no le había comunicado a ndie su desdicha; pero el teléfono permaneció mudo. De parte de ella no hubo llamadas, ni visitas, ni mensajes, ni recados enviados por mediación de terceros, cuartos ni quinos que no son malos, vamos ni una barata postal de cortesía o un mensaje de mecánica red social.
Es cierto que hacía ya muchos años que ambos habían perdido contacto, ignorando de forma olímpicamente áurea lo que le sucedía al otro. Pero es que...
Ella y él se conocieron hacía ya demasiados años, en esos tiempos en que ya había computadoras y teléfonos móviles, pero aún no existía la teletransportación. En esa época en que el bien común era una cosa rarísima y no se había extinguido la hambruna en África. Fue hace mucho tiempo.
No sé si fue amor a primera vista, pero en ese primer encuentro, accidental, que ellos tuvieron, tan pronto se miraron fue como si se hubieran conocido desde hacía tres vidas y media.
Clic y química.
Las conversaciones sin sentido entre ellos tenían toda la lógica del mundo, hablaban el mismo lenguaje y compartían similares gustos, no tan idénticos como para hartarse mutuamente a los cinco minutos, pero sí lo suficientemente coincidentes como para sentirse bien una al lado del otro. Presentíana cuando a uno le pasaba algo, o cuando a una le invadía la melancolía, entonces era inmediata la llamada, la charla y la doma y aplacamiento de los feos sentimientos. Eran las mitades platónicas hechas realidad, cuajando como gelatina fina. "Somos almas gemelas", solía decir ella. "juntos somos como eternos", le respondía él.

Romance breve, compromiso casi inmediato, cohabitación y alegría.

Pero un día, pasados 11 meses después del año de conocerse, a ella le dejaron de hacer gracias las tonterías de él (que antes la mataban de risa), ella dejó de ser muy dulce para él y comezó a parecerle nauseabundamente posesiva y amarga. Poco después los besos el sabor del papel Bond, James Bond.
Hubo cada vez más silencios entre ellos, ya ni siquiera comentaban las películas, que con más frecuencian veían cada quien por su lado.

Decidieron cumplir el acuerdo que establecieron poco después de enamorarse: "cuando sientas que no me amas, sólo dímelo, y sin drama nos separamos para siempre".
Ella dio el primer paso, le dijo que ya no lo amaba, y él, con el hercúleo trabajo que cuesta tratar de romper esa costumbre que no suele quebrarse por completo, cumplió su palabra dada y no rogó por una oportunidad.
La separación no ocurrió en un puente medieval con faroles tristes y un viejo saxofón sonando a la distancia; fue en la casa de ella, cuando le entregó a él las maletas listas para la salida. Él recogió los infelices velices, equipaje para un viaje que no se quiere realizar y que solo tiene un boleto de ida.
Se dieron el frío beso doloroso de compromiso, ese que se le da en la mejilla a quien se solía besar en la boca. Se dijeron adiós. Esa fue su última palabra.
Así pasaron los años, cada quien su vida, en lejanía mutua. Él pensaba constantemente en ella, comparándola morbosamente con las mujeres que conoció después y a quienes olvidaba al poco tiempo. A ella siempre la llevaba incrustada en la memoria, tatuaje con tinta de recuerdo. Solo que ¿para qué contactarla? El contrato verbal de alejamiento y silencio se mantuvo por ambas partes.
Así, en la libertad de una calle insensible, cuando al mirar él los resultados de los análisis médicos a los que por fin se había sometido, al sentir el impacto de la sentencia de muerte vía médica, notó que el mundo seguía su ritmo habitual y que a nadie parecía importarle que él pronto dejaría de ser parte del caos. Ella no le llamó.
Ella no le llamó las semanas siguientes ni los meses que a él le restaron de vida, aunque supo lo que él tenía por algún comunicativo amigo mutuo del lejano pasado.
Él, firme dentro del convenio tampoco hizo nada por buscarla. Sólo la recordó.
Ella no fue a su funeral, no visitó su tumba, ni fue a saludarlo durante el atribulado día del Juicio Final. Ella no volvió a hablarle jamás.

Hay gente que cumple su palabra para siempre.