Es fácil decir promesas, lo difícil es cumplirlas; es bien sencillo decir ‘para siempre’ y ‘nunca’, tan sencillo como decir cosas bonitas cuando ardes con pasión, a menos que seas Juana de Arco. Lo difícil es seguir siendo tú y mantener vivos tus sueños. Es fácil hacer amigos, lo difícil es conservarlos; es sencillo ver una estrella, pero imposible alcanzarla, pues no es más que el eco luminoso de algo que fue un sol, ahora muerto, desaparecido mucho antes de que se inventaran las mentiras. Es fácil amar y odiar, esos no son más que sentimientos hermanados que seguido experimentamos. Es bien sencillo juzgar y condenar, así como es difícil soportar ser juzgados. Es fácil sentirse casi perfecto, lo difícil viene cuando redescubres los colores de la realidad. Es fácil creer en Dios, lo arduo es tratar de conocerlo; es muy duro aceptar que una divinidad no es de uso personal. Es bien fácil embriagarse con la ceguera de la fe, lo difícil es soportar su resaca. Fácil es decir que eres fuerte, complicado es tener que demostrarlo; igual cuando presumes ser inteligente, es difícil no quedar ante todos como tarado. Puede ser fácil convencer a los demás de que eres un líder, un ser superior, pues las masas suelen tener mucho apetito de quimeras y utopías; lo difícil es descubrirte mortal y sentir cerca tu último día.
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miércoles, 23 de septiembre de 2009
sábado, 12 de septiembre de 2009
Como Van Gogh
Igual que el viajero que se queda mirando cómo se va el último tren, que perdió por quedarse a admirar el ocaso. Igual que la novia en el altar, abandonada porque con ella jugaron, aquel viejo juego que tantas veces ella jugó. Me quedo yo tratando de descifrar mi destino en las aguas del río, sin hilo, sintiéndome como se sentía Van Gogh. Suspirando en la almohada como la viuda que nunca tuvo pareja. Soñando como la virgen cuyos blanco ropajes el tiempo percudió. Viendo que mis zapatos están ya muy desgastados como para seguir andando. Me quedo sentado sintiéndome como se sintió Van Gogh. Pero aunque no tenga colores de furia, y aún conserve mis dos orejas, escucho muy bien tus palabras y sigo admirado de tu belleza. Quizás haya una bala por allí que lleva marcado mi nombre, pero dudo mucho que ella sea disparada por mí. Como el náufrago que se cansó de arrojar mensajes al mar. Como el autor de la ferviente carta que nunca se entregó. Guardando en mí todo aquello que quise entregarte, me veo obligado a renunciar, sintiéndome como se sintió Van Gogh. El cielo de zafiros estaba mucho más allá de mi alcance. El signo de Caín brilla en mi frente aún cuando no me pega el sol. Es muy probable que me toque caminar por este sendero, sintiéndome tal y como se sintió Van Gogh.
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