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jueves, 24 de septiembre de 2009

Generaciones

En un sucio mercado del pulcro Singapur. En el área de comidas. El aire olía a frituras mezcladas con otros alimentos. Ante una de las muchas mesas de plástico había un viejo. A pesar de su piel, ahora arrugada, llena de pliegos y colgante como el puente primitivo, uno podía notar que ese hombre de canos cabellos, amarillenta piel y ojos rasgados fue un atleta en su juventud. Es muy probable que en la actualidad hiciera ejercicio todos los días, para mantenerse “en forma” y ser de esas raras personas que parecen querer morir de salud. El hombre miraba hacia ese lejano punto en el que no se puede ver más que lo que uno piensa muy dentro de la mente. En intensa desesperación esperaba. Le preocupaba mucho que lo plantaran, eso se notaba claramente en sus facciones, que se iluminaron como si les diera el sol cuando llegó a su lado una joven que lo besó en la mejilla, más por compromiso que por cariño. Ella se sentó al lado del viejo atleta. Éste estaba tan feliz que de ser un silencioso en espera, pasó a ser un parlanchín acompañado, tan feliz que no notaba el tedio en la cara de la joven. Tras un largo monólogo, el viejo le hacia preguntas que ella contestaba con seca brevedad o con rápidos sonidos guturales. El viejo empezó a notar lo obvio: la chica no compartía su felicidad y entusiasmo por el encuentro, y como pensando que esto la animaría, sacó de una mochila un viejo álbum de fotos. La joven miró al cielo como si rogara por paciencia y se puso a ver las amarillentas fotos de las viejas glorias fisicoculturistas de su anciano padre, pues eso es lo que el viejo era. El hombre le contaba la historia de cada foto, pero al llegar como a la mitad del álbum la chica se puso de pie súbitamente, le dijo algo a su padre, señaló los puestos de comida y luego desapareció entre ellos mientras el hombre sonreía con ternura. El viejo se quedó sólo de nuevo, esperando. Volvió a colocar su mirada en el infinito mientras con una de sus temblorosas manos se acariciaba un brazo, mecánicamente, perdidamente; esperando a su hija. Tras veinte minutos el viejo decidió volver de sus lejanos pensamientos y se puso a mirar las fotos que había enseñado a la chica. Vio dos veces todas las fotos del álbum. Transcurrieron así cuarenta minutos más. La chica seguramente no iba a regresar con comida. Dándose cuenta que a uno lo pueden dejar plantado aunque asista la persona que uno espera, el atleta amarillo guardó el álbum en su mochila y con una lágrima corriendo por su mejilla izquierda se alejó de allí.

viernes, 15 de mayo de 2009

Sólo amigos

Puede que al olvidar la mente encuentre un alivio. Puede que sólo las aves nacieron para volar. Yo por más que vuelo sobre infinitos abismos, de mi pensamiento no te he podido borrar. Naufragando por siete mares furiosos, en espera del rescate anhelado, debo confesar que es curioso, que sin ti no llegue a ningún lado. ¿Qué caso tiene enterrar lo que está vivo? ¿Cómo puedo conformarme sólo con tu amistad? La verdad es dura y a veces duele, pero no hay peor pena que la de aquél que de todo se arrepiente.

martes, 7 de abril de 2009

Los primeros segundos y la espera

El reloj es el principal testigo de mi espera, a la vez de que es el único que me la hace patente, echándomela baratamente en cara. Por dentro estoy más desesperado que un ciclón salvaje, pero por fuera trato de lucir tranquilo, el mercurio del termómetro lejos del individuo febril. El mono de piedra sólo mueve su cabeza, sonríe a lo que mira y se burla de mi espera; como si no hubiese tenido suficiente con el maldito reloj. Decido ver a la gente caminar sin rumbo fijo, quisiera decir de ellos tantas cosas, pero mejor me callo y miro. Al abrir el diario me encuentro con lo bien surtido que está hoy el mercado de la carne. Me pregunto quiénes están en lo correcto y quiénes son los extraviados. Vuelvo a mirar el reloj y pienso en tu aparente indecisión. Te he esperado desde mi infancia y aún no puedo distinguir tu voz. Para pasar el tiempo he besado otras palabras. Con ello sólo compruebo que eres la indicada. La última vez que te ví íbamos viajando en un tren cercano al infierno. Ambos salimos de allí tranquilamente, yo sin saber nada en concreto, tú con el mapa incorrecto. Han sido muchos pasos hasta llegar ante esta mesa, en donde no sé si para ti soy como humo de cigarro o si soy una especie de estrella, lejano y sólo un débil eco de luz con insuficiente luminosidad. El reloj me dice que aunque no me mueva cada segundo estoy más cerca de ti. Imagino que todo llega a su tiempo, sin importar la ansiedad que te enciende. La caja de música tocó su última tonada y ya no hay nadie más que yo en este lugar. Miro la hora y son mucho más de las dos. Parece que seré testigo de otro amanecer, mientras tú me has regalado otra aparente indecisión sin envoltorio. Regreso a casa, tan solo como salí de ella, pensando en ti, recordando que tu llegada puede ser como la de un ladrón apocalíptico. Entonces estaré preparado tratando de no cometer actos que me tengan que hacer suplicarte. Termino sospechando que el reloj no sirve más que para adornar la pared de la que bien se podría obtener mi lápida.

sábado, 9 de agosto de 2008

Espera

Algo se escuchó detrás de la puerta. Sobresalto. Haber creído por un relampagueante microsegundo suspirado que pudiera ser la persona que con ansias esperaba. Nada. Ni un sonido más. La presencia imaginada o real, súbitamente desaparecida. Quizá su espera era muy extraña, pues la mayoría de las personas se desvelan o miran con impaciencia la luz que se filtra por debajo de las puertas deseando que por allí se note la llegada de alguien. Pero esta persona que aquí espera la tiene más difícil, pues no sabe qué esperar, aunque sabe a quién. La vida suele ser una cadena de costumbres, y pocas cosas son tan difíciles de romper como los lazos de un hábito bien arraigado. Nos da miedo largarnos de un mal empleo, pues aparte de la situación económica, un mal trabajo suele ser una mala costumbre. Muchos temen cortar de tajo las cadenas que los atan a un cruel amante, sólo porque, a pesar del feo escenario, con ese amante tienen la seguridad de la rutina. Prefieren la soledad acompañada que la soledad a secas, siendo que la primera es más árida que la segunda. Si es difícil romper con las costumbres negativas, lo es muchísimo más hacerlo con las positivas. Quien espera, en este caso, vivió muchos años intensos y felices con alguien que le brindaba ese sentimiento de ser su alma gemela. Sólo que un día, que comenzó como cualquier otro, la unión corporal se rompió para siempre. Morir en un accidente automovilístico no tiene advertencias, ni preparaciones; nadie se enfrenta a esa situación con la idea previa; también suele carecer de despedidas. Pero… ¿acaso las almas gemelas no están unidas ‘para siempre’?, ‘para siempre’ a pesar de que les falte un elemento de tan corta vida como lo es el cuerpo. Efímero como un flash en la negrura de la eternidad. Por ello su espera es difícil, ¿cómo se espera cuando se tiene la certeza de la unión, pero se está en distintas dimensiones? Espera un alma, espera a su alma gemela. Quiere seguir creyendo, pero tras la decepción de un engañoso ruido no puede evitar pensar que quizá todo sea una ilusión.