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jueves, 13 de agosto de 2009

Noche en vela

A nadie se le desea pasar la noche en vela, esperando una llamada o que le contesten las que hace. Nada, vil silencio. La imaginación va y se pierde en los lóbregos recovecos del laberinto de los celos. La razón brinca y asegura que no hay de qué preocuparse; si nada malo pasa todo está bien, si algo malo sucede, pues simplemente define otro camino. La confianza perdida rara vez se recupera. El que por su gusto es buey... Sí, muchas palabras. caminos de aquí para allá en la oscuridad. ¿Le habrá pasado algo? (En realidad si eso hubiera sucedido ya se habría comunicado) ¿Está haciéndome pagar la última que le hice sin darme cuenta? (O quizás la que le apliqué con toda intención). ¿Es su manera de echarme en cara de manera violenta 'que ella es libre de hacer lo que quiera'? No sé, igual planeado no le saldría tan bien. O a lo mejor anda con otro que me ha deplazado, despedazado, y al final porque yo me dejé. A nadie se le desea una noche en vela.

martes, 7 de abril de 2009

Los primeros segundos y la espera

El reloj es el principal testigo de mi espera, a la vez de que es el único que me la hace patente, echándomela baratamente en cara. Por dentro estoy más desesperado que un ciclón salvaje, pero por fuera trato de lucir tranquilo, el mercurio del termómetro lejos del individuo febril. El mono de piedra sólo mueve su cabeza, sonríe a lo que mira y se burla de mi espera; como si no hubiese tenido suficiente con el maldito reloj. Decido ver a la gente caminar sin rumbo fijo, quisiera decir de ellos tantas cosas, pero mejor me callo y miro. Al abrir el diario me encuentro con lo bien surtido que está hoy el mercado de la carne. Me pregunto quiénes están en lo correcto y quiénes son los extraviados. Vuelvo a mirar el reloj y pienso en tu aparente indecisión. Te he esperado desde mi infancia y aún no puedo distinguir tu voz. Para pasar el tiempo he besado otras palabras. Con ello sólo compruebo que eres la indicada. La última vez que te ví íbamos viajando en un tren cercano al infierno. Ambos salimos de allí tranquilamente, yo sin saber nada en concreto, tú con el mapa incorrecto. Han sido muchos pasos hasta llegar ante esta mesa, en donde no sé si para ti soy como humo de cigarro o si soy una especie de estrella, lejano y sólo un débil eco de luz con insuficiente luminosidad. El reloj me dice que aunque no me mueva cada segundo estoy más cerca de ti. Imagino que todo llega a su tiempo, sin importar la ansiedad que te enciende. La caja de música tocó su última tonada y ya no hay nadie más que yo en este lugar. Miro la hora y son mucho más de las dos. Parece que seré testigo de otro amanecer, mientras tú me has regalado otra aparente indecisión sin envoltorio. Regreso a casa, tan solo como salí de ella, pensando en ti, recordando que tu llegada puede ser como la de un ladrón apocalíptico. Entonces estaré preparado tratando de no cometer actos que me tengan que hacer suplicarte. Termino sospechando que el reloj no sirve más que para adornar la pared de la que bien se podría obtener mi lápida.

jueves, 21 de agosto de 2008

Deshojando margaritas

Una margarita nos puede revelar qué tanto nos quiere aquella persona que tanto queremos, pero pocos saben que las margaritas son mágicas y además tienen desde siempre la respuesta verdadera, cualidades especiales de estas flores que mueren hasta que se les arranca su último pétalo. Había una vez una margarita, creciendo en un lindo parque en el que salían a pasear los enamorados; ella daba gracias al cielo por los amaneceres, por la luna y por las estrellas; agradecía también por el sol y por la lluvia y porque sabía que, aunque difícil de encontrar, en este mundo existe el amor. Una tarde de primavera la margarita pensaba sobre la validez de una frase que le había escuchado a un hombre excéntrico que acudía al parque a leer y a conversar con los incautos que se dejaban, el hombre había dicho: “bien valen la pena muchos momentos de sufrimiento por un solo instante de amor”, y en eso pensaba cuando de repente fue arrancada a mitad de su tallo. La había arrancado un joven pálido con un rostro que mostraba gran pena e incertidumbre de su alma; la flor no se sintió mal, pues dicen que ellas consideran un honor ser arrancadas para que las consulten sobre cuestiones amorosas y esa era precisamente la intención del pálido individuo. “Me quiere mucho”, dijo él cuando tiró del primer pétalo de la flor, “me quiere poquito”, dijo al arrancar el segundo, “no me quiere nada”, expresó cuando arrancó el tercero y para el cuarto volvió a comenzar con “me quiere mucho…” La margarita, al conocer la verdad como todas las de su especie, sabía que la mujer en cuestión no sentía ni siquiera un afecto superficial y diplomático por este muchacho. Recuerda que las margaritas son mágicas, pues no importa con qué frase empieces a deshojarlas, ellas siempre se las arreglan para decirte lo que creen que te conviene, aunque siempre saben la verdad. Esta margarita era tan sentimental que mientras el joven le arrancaba el penúltimo pétalo diciendo “me quiere poquito”, hizo nacer un pétalo más en ella, sin que nadie en este mundo pudiera darse cuenta del truco, pensando: “vale más que conserve la ilusión de su amor y no que se le rompa el corazón al pobre”. El joven arrancó el pétalo mágico, el último de la flor, y jubiloso gritó: “¡me quiere mucho!”, y mientras el color y la esperanza volvían a su rostro, la margarita expiraba feliz por lo que había ocasionado. No se puede culpar a la margarita por su buena intención, pero si el joven hubiese sabido entonces la verdad, se hubiera ahorrado muchos tiempos de desdicha, pues pasaron varios meses antes de que su amada se armara de valor y le dijera la verdad con una frialdad aterradora. No todas las margaritas saben que es mejor saber la verdad antes que el globo de la ilusión sin sentido nos eleve demasiado.

sábado, 16 de agosto de 2008

Esperando

Dos temporales sin tiempo, atorados como un toro en la orilla de una villa. Ignoro cómo llegué a esto, sólo sé que todo empezó cuando dudé de Dios por creer en ti. Entonces las nubes dejaron de ser algodones flotantes para convertirse en visible humedad suspendida, fue cuando tus llegadas se convirtieron en una despedida prolongada. A lo mejor, peor quizás, se deba al cambio de la pluma con la que escribo o a la guerra que los diarios describen, pero las sombras me parecen más oscuras y las ilusiones comienzan a escasear. Lo único que aprendí a tocar fue tu piel y las puertas, lo único que supe afinar fue tu órgano de catedral. Me pregunto si alguna vez quise realmente la manzana o sólo la probé porque se supone que es lo que todos debemos hacer. “Soy totalmente pocilga”, digo como pulga al ver desfilar la moda en absurdas publicidades televisivas. Lo único que ha madurado en mí es mi indiferencia hacia los extraños y por lo que mañana será historia. Mi cometa jamás se elevó más allá de los tres metros, sin importar que soplase mucho viento; viento que se pudo haber llevado todo menos tu recuerdo, el cual me esfuerzo en olvidar, vanidad de vanidades y sólo vanidad, todo en vano. Mientras me acusas de ser el abogado del diablo por decir lo que pienso, por dudar lo que dudo y creer lo que creo, que es poco en realidad. Ya ni siquiera tengo maletas porque no se permite el equipaje en el lugar que me falta visitar, en el fondo espero que ese destino sea ningún lugar. La estación está en desorden, el tren no tiene horario, dicen que llegará como los ladrones o como el fin del mundo. Yo lo esperaré recitando el diccionario.

Indecisión

Buscando el olvido en un mundo de recuerdos, encontrando tu perfume en cada paso que doy, prometiéndome en la noche que ese fue el último día, regresando al mismo camino cuando sale el sol. Rezando por que te vayas bien, pero permaneciendo a tu lado. Oyendo aún la música que te gusta más. Acudiendo como casualmente a los lugares que frecuentas, despidiéndome para siempre, esperando volvernos a topar. Los refugios no nos protegen de las tormentas y las ventanas no nos permiten ya ver lo que pasa. Me siento como el investigador submarino perdido en la cima de una gran montaña. Lamentando cada vez que estás ausente, queriendo irme muy lejos cuando estás conmigo. Dudando de lo que me dices cuando miro tus ojos, dudando de ti cuando vas con tus amigos. Rodando sin freno aunque mi forma es cuadrada. Esperando que las cosas se arreglen por sí mismas. Ansiando estar contigo y sin ti al mismo tiempo, deseando que algún día vuelva yo a estar completo.