miércoles, 24 de septiembre de 2008

Una pareja conversa

El mundo de las charlas de los viejos, se asombran de aquello que para las nuevas generaciones es lo normal, lo cotidiano. Parecen olvidar que cuando ellos fueron jóvenes, también escandalizaron. Ahora sus recuerdos son con tinte ocre de nostalgia y huelen a naftalina. Visten ropas que les parecen juveniles, y que en realidad son tan modernas como sus añejas ideas. La mujer del grupo, antes una belleza, muestra los surcos que dejaron las sonrisas y los años en su cara, su acompañante ya no está planeando la estrategia para llevársela a la cama. La lujuria también acumula polvo, y para ellos es una vieja leyenda. Voces que se escuchan huecas, frases repetitivas, temblores que no son ocasionados por el nerviosismo. Por ahí se dice que “si tenemos suerte”, todos vamos a acabar así.

Dos en espera del bus

Dos niños gordos como budas felices esperando la llegada del bus, sentados en el suelo con la mirada perdida en un horizonte de concreto y smog. Las roturas actuales de sus dos corazones no son nada en comparación con lo que el destino les depara a la vuelta de una no muy lejana esquina. Gran parte de lo que ahora aprenden de forma académica y sistemática no les servirá para maldita la cosa. Uno terminará levantando valencianas de pantalones, no en España sino en el departamento de caballeros de una explotadora tienda del verdadero tercer mundo. El otro buscará el dinero fácil y terminará siendo un peón relleno de plomo, chivo expiatorio de unos amos de gran poder ilegal. Por eso les conviene no soñar mucho y seguir así sentados como dos budas felices, con miradas perdidas en lo que llega un bus.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Luna rota

Luna rota. Deseos a medias porque la soledad es un muro. Aspiraciones con una sola fosa, la común. La marea se vuelve mediocre como la burocracia con puestos vitalicios. Todos los locos se hacen filósofos de tercera y comienzan a ser creativos de agencias de publicidad, autores de superación personal y guionistas de televisión. El sol se alegra. Luna rota y runa lota. Poco queda por hacer. Me robé el título para no hacer mucho y ahora soy un doctor impaciente y sin clientes. Las estrellas se alegran y brillan empachadas de ser las más destacadas en el cielo. Que me voy que me voy que me voy y no me he ido. La luna ya no alumbra mi camino. Tus 28 días deberás ahora contarlos con un ábaco, pues ya no hay luna que te apoye en tus matemáticas árabes. Los coyotes y los lobos enmudecen. Ya nada es igual.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Sentimientos asentados

La aparición de los de mi clase en este mundo es muy reciente; esto lo podrás comprobar porque de nosotros no existe ni la menor referencia en ningún libro sagrado. Por esta razón, soy para muchos un objeto profano. Aunque, para hablarte con la mayor sinceridad, esto me tiene sin cuidado. Los de mi especie solemos permanecer responsablemente en nuestro puesto, recordando que nuestro deber y razón de ser consisten en sostener y soportar a diversas personas; durante todos los días y así hasta el fin de nuestra utilitaria existencia. ¡Qué variedad de seres solían entrar en contacto conmigo durante una simple jornada! Por ejemplo, poco antes de comenzar a comentarte mi situación actual, tuve sobre mí a una ligera y bien formada joven. Ella, representante sobresaliente de esa exclusiva categoría de mujeres a las que una minifalda les queda a la perfección (y creeme que no exagero). Además, la falta de medias en las piernas de esta menuda mujer, era una bendición y no una carencia. Ella era una joven, tan frágil como una promesa formulada durante un arrebato de pasión, y todo su cuerpo se movía de tal manera que me hizo creer que el Paraíso es una realidad. Su aroma era de una indescriptible suavidad invitante... ¡Con qué delicadeza permaneció este poema escultórico de carne y hueso sobre mí! ¡Cómo deseaba que jamás me abandonara! Pero, lamentablemente, la diosa Fortuna es tan redonda como inconstante y la felicidad es efímera como el agradecimiento. Sin aviso alguno, sin la más leve señal que me previniera el fin del encanto, la deliciosa tersura de esas suaves piernas y el vivificante calor de ese cuerpo se despegaron de mí. El abrupto despertar de ese ensueño materializado me provocó un aturdimiento tan poderoso que no pude prepararme para la violencia que aconteció a continuación: un gordo sucio y apestoso arrojó su voluminoso trasero sobre mí. Aquel era un gran trasero, sin duda alguna, y su grandeza era directamente proporcional a su hedor y flaccidez. En ese momento recordé que el infierno también existe. La infame carencia de pudor del dueño de ese trasero fue una casi justificación para que el oscuro e innoble guardia perezoso dejara escapar a un silencioso y pestilente prófugo volátil de las voluminosas entrañas del pesado barbaján. Tras la airosa muestra de cinismo del gordo, agradecí a la madre naturaleza (o a quien quiera que yo tuviese que agradecer mi existencia) el no haberme proporcionado la necesidad de ingerir alimento alguno y, por ende, de no expeler ningún tipo de sustancia estomacal tras la asquerosidad del obeso gelatinoso (¡haber tenido que volver un estómago me hubiera producido una inmensa pena!). Mi gran inquietud, durante el encuentro que sostuve con el impúdico individuo, era tratar de averiguar qué motivaba a ese hombre el frotar grosera y arrítmicamente sus partes privadas contra mi humilde entidad. Quizás algún día, tras profundas meditaciones, hubiese yo podido llegar a obtener la respuesta a tal enigma. Es grato comprobar que, de la misma manera en que la felicidad es efímera, las desgracias no son eternas. Así por fin, el tipo con sobrepeso, al igual que la liviana doncella antes mencionada, se alejó de mí. La soledad en que me encontré entonces no se prolongó tanto como yo hubiese querido. Apenas tres pasos había dado el del impúdico trasero, cuando un mequetrefe insolente se aposentó sobre mí. Este rapaz jovenzuelo resultó ser la materialización de mis peores pesadillas. Se trataba, sin duda, de un joven inadaptado, clásico ejemplo del perdedor existencial (de esos que recurren a los actos vandálicos para poder demostrarse –y tratar de demostrar a los demás- que son ‘algo’ en la vida). El imberbe desgraciado (en todos sentidos de la palabra) sacó una afiladísima navaja de su bolsillo, con una maestría que sólo proporciona la práctica constante, y la clavó con todas sus fuerzas en mi costado, rasgando en canal horizontal todo lo ancho de mi físico. El mocoso huyó prontamente tras su fechoría, dejando impune su crimen. Yo, mientras tanto, fui presa de la impotencia y, como si de un breve resumen se tratara, vi pasar ante mí toda mi vida. Durante esa visión comprobé que había soportado y sentido todo lo posible en mi pasado: mujeres decentes y mujeres disipadas, unas pasadas de maduras, otras jóvenes, mujeres pesadas y livianas; hombres humildes, varones soberbios, algunos débiles y otros fuertes; gays respetuosos y gays que exigen el respeto de sus derechos atropellando los derechos de los demás; los estremecimientos culpables de alguna mujer adúltera en pos de su amante; el "renacer" espiritual de alguien que se entretenía leyendo los Salmos; el contenido estomacal de un pequeño infante que se sintió víctima del mareo; el sabor de la paleta de una niña; la gris personalidad de un hombre derrotado que llegó hasta mí arrastrando sus pies y con su mirada tan clavada en el suelo como la de un coleccionista de gusanos; el adolescente que se estremecía ante sus lujuriosas fantasías; el indolente que nunca se dirige a un lugar preciso; el joven cuyos ensueños le mostraban un horizonte de grandeza que con los años comprobará inalcanzable; el gigoló autoengañado; la rubia que coqueteaba infructuosamente al galán introvertido; el anciano que no podía hacer otra cosa más que temblar; el libidinoso morboso que encontraba placer ante el menor roce con cualquier mujer; la secretaria de sudorosas manos que pensaba cómo poder desembarazarse de los acosos de su jefe; la indígena que utilizaba un pedazo de botella rota para cortar los hilos de sus artesanías; el caballero que sacrificó sus buenos modales por un momento de merecido reposo; la mujer morena cuyas manos olían a cloro; el borracho que sin pensarlo dos veces vació el contenido desesperado de su vejiga en mí; el individuo adinerado que por una pesada broma del destino se vio obligado a utilizarme y los múltiples solitarios cuya única compañía es la televisión. Y sólo menciono a estos personajes porque son los que el tiempo me permite y los que puedo compartir contigo; pero ¡fueron tantos los hombres, mujeres y niños que entraron en contacto conmigo! Con todo lo dicho, en estos momentos de agonía, he llegado a convencerme de que mi vida fue en verdad muy rica y que, como cualquier otra existencia, algún día tenía que llegar a su fin. Lo triste es haber llegado a este momento siendo víctima de un vándalo... Aunque..., pensándolo mejor, ya que vivo en un país en vías de desarrollo... AÚN TENGO UNA ESPERANZA. Sí, mi dueño puede remendarme y colocar parches de vinilo en mi superficie cortada, no importa que éstos no sean del mismo color que el resto de mi cubierta. Qué importa ser de dos o más colores mientras se conserve la existencia. Sí, ¡un buen parche será mi salvación! Una vez que mi dueño me repare seré lo que siempre he sido, con una ligera alteración por supuesto, seré un útil asiento remendado en un destartalado camión de transporte público. Tan real como la variedad monótona de seres humanos.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Voy por cigarros

“Voy por cigarros”, dijo y cerró la puerta. Jamás volvió. Lo buscaron en el lugar de la abuela que vuela, donde lo rancio y pasado sólo por ser viejo es considerado ‘clásico’. Un clásico idiota. Lo buscaron en un puerto sin mar y en el tugurio del mal augurio; en el edificio sin tiempo y en la ciudad del estrés, cualquier ciudad que se precie de serlo desborda estrés, a la una, a las dos y a todas horas. Lo buscaron en la montaña artificial de aventuras dosificadas, empaquetadas, y en los lentos rápidos de agua clorada. Lo buscaron en los brazos vacíos de sus viejas amantes y en la mirada descarada de la Maleva de San Telmo. Lo dieron por muerto. “Voy por cigarros”, dijo el mismo día que pensó que su vida no era realmente suya, que la curiosidad murió cuando cambió sus tiendas de campaña por una casa de ladrillos construida por un práctico cerdo. La perdió el día en que su aerostático globo se llenó de lustrosos niños lastrosos y lloraba en silencio, sin lágrimas; el día en que su egoísmo fue enterrado por las arenas de un autoconvencimiento con fines ilusorios. Había que ser excelente. Perdió su vida el día en que confundió la felicidad con lo que se dice que debe ser. El final empezó cuando el sexo fue maquinal, cuando la sal sabía a papel blanco y los besos ya no tenían electricidad, cuando le importó un carajo lo que salía de boca de su esposa, cuando la puerta no estaba allí para impedir la entrada sino para no dejar salir. El día en que ya no lo calentaba el sol, sino la hoguera de Juana de Arco. Todo le dio asco y terror, hasta el momento que sin haberlo planeado dijo: “Voy por cigarros”, y después de cerrar la puerta por fuera jamás volvió.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

El parque

Ignoro cuántos primeros pasos se han dado aquí, cuántos niños hicieron sus primeros descubrimientos y cuántos ancianos han dado sus últimos pasos; cuántos enamorados descubrieron en este sitio el universo que se abre con el primer beso. Cuántos recuerdos se forjaron aquí y cuántos momentos que la gente preferiría olvidar. A pesar de todos los recuerdos que se crean en este parque, a pesar de que si me esforzara un poquito podría llenar hojas y hojas de mis memorias, realmente en este lugar siempre me acuerdo de ti. Sé que aquí te dije que te amo, nada original pues en este lugar muchos habrían dicho lo mismo. Sé que aquí sentí más de tres veces que era la última vez que te vería, y sin embargo nos volvimos a ver. Recuerdo la vez del taxi, con tus cajas, recuerdo también la vez que dijiste que lo nuestro carecía de futuro (quizá no en esas palabras, pero así lo entendí), recuerdo cuando dijiste que esperabas un hijo y la primera vez que lo vi. Recuerdo que aquí solucionamos una de nuestras mayores diferencias. Recuerdo haber sentido aquí mismo que mi sombrero de trucos estaba ya vacío y que también se me habían acabado los ases en la manga. Cuando más sentía eso, sin habértelo mencionado, tú me dijiste lo contrario. Lamento decir que si alguna vez hubo aquí un beso, lo he olvidado. Siento a este sitio como el lugar de los adioses y de los holas; de abrazos y de lágrimas, de noticias que podían construir monumentos de esperanza en el alma y de frases que los destruían hasta sus cimientos sin dejar siquiera ruinas. Hoy quise venir sin esperar encontrarte, pero de todas maneras te encuentro. Tengo la sospecha de que si algún día pierdo la memoria, no podré perder esos recuerdos.

martes, 2 de septiembre de 2008

El viejo del saxofón golpeado

El saxofonista anciano de Prado Norte, (con su saxofón golpeado como cualquier digno representanta de una economía terrenal) caminaba por una de las calles en apariencia más pudientes de esta contaminada ciudad, pero no te dejes engañar, la pudiente calle es en su mayoría maquillaje y oropel, con jóvenes profesionistas que simulan ser exitosos, tal como ven el éxito representado en las películas de Estados Unidos, o ‘americanas’, como les dicen los muy idiotas, esos jóvenes profesionales que tienen algo, y que todo lo que tienen lo tienen gracias a deudas que ya hace mucho sobrepasaron sus cogotes. El saxofonista es viejo, no tiene tampoco nada de profesional ni de globalizado, quizás sólo su barriga con parásitos, no sé qué edad tenga, pero el hambre envejece más que los años (abre bien los ojos y compruébalo), su rostro repleto de arrugas me recuerda esa tierra árida que durante tres años no ha tenido ni un leve encuentro con la lluvia. El viejo camina, calle tras calle, gastando con cada paso sus ya muy desgastados huaraches de suela de llanta radial (de una marca que se anuncia en las carreras de Fórmula 1, en Europa y en el continente Americano), va para interpretar sus desafinadas y arrítmicas melodías que resultarán tan irreconocibles como repulsivas para cualquiera. Va rumbo a uno de los muchos restaurantes con mesas sobre las aceras, ubicados en el pasaje de falso lujo, llamados ‘bistros’ porque es la moda arribista. Cuando el viejo casi llega a su lugar acostumbrado para iniciar su tradicional repertorio de música improvisada, siente que se le congela el profuso sudor de su cuerpo. Con la mirada que pondría el amante sincero al encontrar a su amada en brazos de otro (dale un vistazo a algunas películas de Buñuel) el viejo se para en seco y observa a un elegante saxofonista, quien con un impecable y pulido instrumento interpreta de manera igual de impecable una bella melodía que se encuentra escrita en las hojas pautadas que sostiene un atril tan plateado como el reflejo de la luna en un río calmado de aguas puras. Impura la madre en la que piensa el viejo y sin decir una sola palabra, maldiciendo mentalmente a la progenitora del joven músico que el restaurante contrató para beneplácito de los comensales y comenazúcares, el viejo retoma su camino hacia el cruce de un gran avenida para interpretar sus melodías en 20 segundos de los 30 que dura la luz roja, y aprovechar los 10 segundos restantes para recoger las monedas que algunos automovilistas pudieran obsequiarle. El viejo del saxofón golpeado fue hoy otra víctima de la elegante modernidad tercermundista que se rige por las apariencias dictadas por el submundo llamado primer mundo, qué le vamos a hacer.