La mesa bien puesta y el vaso a medio llenar o medio vaciado, y no es gracioso. El eco retumba como sepultura al cerrarse y el horizonte, aunque luminoso, no parece prometedor. Una princesa y un enano me recuerdan que me he comportado como santo, como pecador y como hijo pródigo. Mi última acción fue el adulterio para con mis principios y la inocencia perdida de mi fe. Ya no sé qué sigue, sólo espero ya no preocuparme tanto. Me recuerdo con el fango del ridículo hasta el cuello compadeciendo a la diva que se descubrió vieja el día de su cumpleaños. Por un lado me hundía y por el otro seguí viendo a todos por encima del hombro. Y sigo sin creer que nadie puede ser juez de sus semejantes. Fui el blanco rosado de muchas flechas de desprecio, pero yo también disparé bastantes de esas. Como Lucifer caí de la gracia de mis seres queridos y eso jamás lo he podido recuperar. Lo malo es que si comenzara de nuevo es muy probable que todo terminara igual. Lo único que espero ya es que cuando la muerte me lleve a su jardín no tenga yo remordimientos por las cosas que omití.
martes, 17 de marzo de 2009
sábado, 14 de marzo de 2009
Lo que llevo en mi mochila
Tres collares de Nueva Orleáns de distinto color. Un cuaderno pesado con ideas ligeras. Un libro que contiene el peso de muchos mundos. Cinco plumas azules y dos con tinta negra. Pañuelos desechables para seguir respirando. Bastantes recuerdos tuyos para seguir suspirando. Algunos boletos de viajes pasados. Suficientes monedas por si se presenta la oportunidad de llamarte. Un cepillo de dientes y un tubo con dentífrico de menta. Una goma de mascar para desatascar mis ideas. Crayones de cinco colores para iluminar mis sueños. Muchos papeles que no están a la venta. Un sobre dispuesto para guardar la voluntad tardía y quizás meterla en un buzón; un CD con excelentes melodías. Firmas al final de cada escrito. Es lo que llevo siempre en mi mochila.
sábado, 7 de marzo de 2009
Dolores
Siempre hay personas demasiado jijas. Recuerdo cuando Juan, carcajeándose a cada rato, me narró la historia de su tía Dolores. Ella actualmente tendría unos 65 años, fue la primera hija de un matrimonio que esperaba un varón. Nomás no la ahogaron en un balde de agua como a un gatito sobrante porque las leyes impiden hacer eso con los humanos y en el pueblo donde ella nació todos hubieran sospechado de su desaparición. Su padre huyó antes de que Dolores cumpliera un año, con una gitana, tras notar que su esposa no podía darle el hijo que él quería. Juan no supo qué fue de su abuelo. No acababa de enfriarse el lecho del esposo fugitivo cuando la esposa abandonada volvió a descubrirse embarazada. Según las matemáticas, el chamaco que nació después bien pudo haber sido hijo del marido escapista, pero algunos le colgaban en secreto el santo al curita del pueblo, pues doña Rufina, la madre de Dolores, debido a la pena que le provocó el abandono no salía de la iglesia. El caso es que fue niño y Dolores comenzó a ser educada, no para casarse, sino para ser la compañera de su madre hasta que ésta muriese. Pobre Dolores, desde pequeñita vestía ropas gruesas y oscuras, telas que apenas dejaban asomar su cabeza y sus manos. No era nada fea, como ahora podemos comprobar, pero esa increíble timidez extrema que Rufina le inculcó tuvo nefastos resultados. Con decirte que ni siquiera le permitió a su hija asistir a la escuela. Rufina enseñó a dolores a leer y escribir, previendo los días en que su vista decayera. Le enseñó a hacer las cuentas básicas también, eso nunca está de más. La pobre Dolores no se atrevía a levantar la mirada del suelo cuando acompañaba a su madre al mercado, pues con tantito que la joven alzara los ojos su progenitora le propinaba tremendo varazo en la espalda. Lo curioso es que nadie escuchó a Dolores proferir ni una queja. Ella era la sirvienta de su hogar, casi casi una esclava, pues ayudaba a su madre a hacer los bordados que las mantenían, siempre después de hacer todas las labores domésticas. Cuando Dolores cumplió los 18 años era una joven muy bella, y su lindura era conocida; por eso varios pretendientes rondaban por su casa como perros en celo. Sólo que las puertas permanecían bien cerradas para todos ellos. ¡Ah!, pero las cosas fueron bien distintas cuando el febril Romeo fue don Primitivo Chávez, el más poderoso ejidatario de la región, a quien podríamos llamar señor feudal, sin exagerar. Rufina permitió que Primitivo le hiciera la corte a Dolores, quien taimada como ella sola no sabía ni dónde posar los ojos cuando su otoñal enamorado la visitaba. La boda fue una gran comilona y mucho baile. Pero a Primitivo lo que le urgía era ver lo que había debajo de las gruesas ropas de su ahora mujer (eso de ‘ver’ sabrás que es un mero eufemismo de mi parte). Presa de la emoción, se llevó a Dolores a su casa a la mitad de la celebración y una vez en la alcoba le pidió marcialmente que ‘se encuerara’. Dolores temblaba de terror, pues el solo hecho de pensar que alguien viera su desnudez la hacía sentirse digna del peor rincón de los infiernos. Primitivo, al notar que su mujer no lo obedecía, no tardó en encolerizarse y se propuso desnudarla a como diera lugar. Pero tan pronto le arrancó la primera prenda, Dolores empezó a dar unos chillidos como de puerco atorado. Eso en un principio aumentó la furia de Primitivo, quien intentó arrancarle más prendas a su bella mujer. Pero a mayor furia, mayor intensidad de los alaridos. El novio sentía que los gritos le taladraban los oídos y que pronto le empezarían a sangrar. “¡Ya cállate jija de la…!”, le ordenó a Dolores con toda la violencia de la que era capaz, la cargó y la llevó hasta la carreta en la que habían llegado de la boda. Mientras tanto la fiesta continuaba, el ánimo del baile se incrementaba y más de una joven estaba casi dispuesta a aminorar sus resistencias ante su enamorado. De repente todo quedó en silencio, como si les hubieran vaciado a los festejantes un balde gigante de agua fría. Primitivo había llegado, cargando en sus brazos a la joven que ese mismo día había desposado. El furibundo ejidatario se acercó hasta donde se encontraba doña Rufina y le arrojó a Dolores a sus pies. “Ahí tiene a su pinche hija que no sirve para una chingada”. Rufina no dijo nada, esperaba que Primitivo no le pidiera de vuelta la cuantiosa suma que le había dado para poder matrimoniarse con su hija. Primitivo se dio la media vuelta y se fue de allí, su orgullo fue tan herido que nunca quiso rebajarse a pedir que le devolvieran ni un centavo. “Serás pendeja”, le dijo Rufina a Dolores cuando la tomó de la mano para abandonar el recinto en el que hasta hacía pocos instantes albergaba una fiesta. A partir de entonces nadie volvió a ver a Dolores. Se pasó el resto de su vida encerrada en la casa materna, cubierta hasta con guantes y velo. Dicen que cuando alguna persona llegaba a entrar en la casa y notaba la presencia de Dolores, ésta pegaba una carrera como de diablo en catedral, para esconderse. Dolores cuidó de su madre y de su hermano, quien creció hasta convertirse en un apuesto mozo, se casó, tuvo un hijo y, como si el esposo fugado hubiera sido su verdadero padre, huyó con una gitana que visitó un día el pueblo. Rufina no soportó ver el mismo drama por segunda vez y a la semana siguiente del escape de su hijo murió maldiciendo a las malas mujeres y a la ‘pendeja de su hija’. La cuñada de Dolores pensó que era injusto echar a perder lo que le quedaba de juventud por los malos tratos de un hombre y decidió dejar a su hijo, recién bautizado Juan, al cuidado de Dolores. Fue casi increíble que ella se encargara sola de la casa y del niño. No sólo alimentó y vistió a su sobrino, sino que lo educó y hasta le costeó los estudios de medicina. Juan, en vez de enfocarse en el amor que le prodigaba su tía, creció resentido con sus padres que lo abandonaron, por eso no perdía nunca la oportunidad de maldecir a su tía Dolores, como si ella fuera la responsable de su mala suerte. Juan nunca fue un buen estudiante, ya desde muy joven era famoso por sus juergas y por la cantidad de vino que ingería. Así que cuando se recibió nadie le auguraba un futuro prometedor. Su afición al juego lo obligó a buscar desesperadamente dinero para pagar deudas que no eran precisamente de honor. Desesperado, se tragó el orgullo y, fue con su tía para pedirle ayuda económica. El muy bruto no sabía que Dolores ya no tenía ni para que la enterraran en una fosa común. Juan, creyendo que su tía le negaba el dinero, le dio una bofetada y se fue a buscar ayuda a otro lado. Donde quiera encontraremos gente capaz de cualquier cosa con tal de lograr un fin, y el destino suele juntar a individuos con características similares. Eso fue lo que sucedió esa noche en la facultad de medicina. De visita se encontraba el famoso anatomista alemán Franz Von Hayer conversando con el profesor Raymundo Fernández. El primero estaba ideando una exposición de anatomía que visitara las principales ciudades del mundo, el problema es que no tenía cadáveres que exhibir aún. Necesitaba especímenes recién fallecidos para empezar a hacer realidad su sueño; precisamente por eso había ido a visitar a Fernández. “¿No conocerá usted a algún sepulturero dispuesto a proporcionarme cadáveres frescos para mi exposición?” Mientras hacía la propuesta iba por allí pasando Juan y a Fernández se le ocurrió una idea. ¿Quién mejor que Juan para la tarea? Con su necesidad de dinero y su carencia de escrúpulos, Juan era capaz de desenterrar a cualquier muerto fresco a cambio de una buena suma. Tras proponerle el negocio al disipado calavera, a éste nomás le brillaron los ojitos de codicia y alegría. Salió de la facultad rumbo a casa pensando en el cadáver más fresco que pudiese encontrar. Una vez en su habitación sacó lo que quedaba sin empeñar de su maletín de prácticas, llenó una jeringa con una sustancia eficaz para sus fines y ocultándola salió a buscar a su tía. La disculpa fue breve, las fáciles lágrimas de cocodrilo arrepentido brotaron de los ojos de Juan y tras el abrazo con el que se sellaba el perdón vino la inyección letal. Según el asesino su tía no sufrió mucho. Durante la noche el joven se quedó mirando el cuerpo inerte, cubierto de gruesos y oscuros ropajes, que yacía ante él. No hubo necesidad de ponerle ropa funeraria, pues ella después de su boda siempre estaba vestida para morir, aunque la vestimenta no era necesaria. Sólo era cuestión de esperar a que la recatada mujer se enfriara para llevársela al profesor y cobrar lo prometido. Entre los respetables médicos no fue difícil efectuar los trámites necesarios y barnizar de legalidad el asunto. Por primera vez Dolores fue vista desnuda por un hombre, el famoso anatomista alemán, quien procedió a extraer todos los líquidos del cadáver para empezar el proceso de momificación. Yo soy el vigilante del museo de anatomía en donde se encuentra exhibido, sin recato alguno, el cuerpo desnudo de Dolores. Mucha gente viene aquí para analizar las disecciones de su brazo y pierna izquierdos, otros vienen a ver el interior de su abdomen, pero casi todos quedan asombrados por la belleza del rostro y la escultural silueta de esta mujer que sigue mostrando su cuerpo desnudo sin poder siquiera ruborizarse. Todo esto contó el mismo Juan, un pobre borracho que deambula por las afueras del museo, dispuesto a contar la historia del cuerpo de su tía a cualquiera que le invite un trago. En fin, yo sólo espero que cuando me muera me incineren y que ninguno de mis hijos salga tan jijo como el pinche Juan.
Hacerse viejo
Ella sabe cómo andar entre la multitud, fingiendo demencia, desconociendo a los conocidos, y tú también decides negarla aunque no haya un gallo que cante tres veces. No hay nada por hacer ya que no se puede retroceder el tiempo, no queda más que tragar y aprender, aceptando que todos somos más viejos. Él se queja de haber entregado todo sin recibir nada a cambio. Pero para ser sinceros ella jamás lo obligó para que hiciera eso. No es válido ofrecerse y luego empezar por ello los reclamos y el arrepentimiento; mejor es sacar pecho y aceptar que uno se va haciendo viejo. El tipo del ego gigante, quien respira aplausos decide ignorar que algún día caerá en el olvido; y esto no es ningún error, es simplemente la ley universal del destino. A veces es sutil como una caricia, otras es fuerte como latigazo, pero siempre llega el descubrimiento de que a pesar de nuestros esfuerzos en contra, nos vamos todos haciendo más viejos. Silencioso en una habitación fría, conoces en carne viva el significado del abandono. La felicidad duradera por estos rumbos es demasiado escasa cuando también es escaso el dinero. Si fueses un genio desde tu lámpara podrías pasarte la vida riendo, pero a pesar de eso no evitarías el irte haciendo más viejo. Intentas robar doncellas en tu afiebrada imaginación, intentas montar caballos que ya tienen dueño. Mi corazón está demasiado aturdido, apenas y siento, sólo sé que a cada momento me voy haciendo más viejo.
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¿Adónde se fue el cariño?
De la obsesión amorosa al odio intenso tan solo hay una pequeña distancia. Extrañas enfermedades del alma que sólo el tiempo y la suerte pueden curar. Hay quienes prefieren soportar las peores humillaciones antes que sufrir la indiferencia, hay quienes prefieren vivir como lo hacen las piedras. Entre la adoración extrema y la repulsión excesiva sólo hay una separación que mide lo que el grueso de un fino cabello. Aleja de tu persona, como a la peste, cualquier verdad a medias. Huye de la duda. No esperes a que se mueran los mejores sentimientos. No dejes que fallezca el afecto. Muchos se han preguntado lo mismo a lo largo de la historia, y los que pudieron evitar el crimen se lo siguen preguntando: ¿adónde se fue el cariño? Esos momentos de felicidad sobrehumanos se convirtieron misteriosamente en tormentosos recuerdos que te impedirán volver a ser la misma persona. Por eso no dejes que la marea de las dudas termine ahogándote y destruyendo tu sentimiento.
viernes, 6 de marzo de 2009
Decepción
Cansado de la necesidad y de las rivalidades, Venus y Marte son sólo planetas y nosotros animales. Me cansa rogar y no me gusta verte llorar. El mundo gira, sin importar que estemos solos o acompañados; no le interesa que soñemos o que nos desengañemos. El viejo bulevar pavimentado con trozos de corazón, huele a amor no correspondido y a la rutina profunda como precipicio. Caí ante ti por tu belleza, creí que tenías grandeza, decepcionado, como si hubiera probado un dulce salado. Ahora no sé si debo continuar a tu lado, cansado de contar a todos lo que me pasa, cansado de pintar lo que a todos pasa. Quejas o conformismo, explotación e idiotismo. Lo más raro es que no estoy enfadado, sólo desilusionado, cínicamente echado a un lado. El viejo bulevar, pavimentado con ambiciones olvidadas. Por allí te veo pasar, pero no dices nada. Caí a tus pies por tu belleza, y pensaba que también tenías nobleza. Decepción, como el número equivocado. No debo continuar a tu lado.
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jueves, 5 de marzo de 2009
El gordo y el flaco en el banco
El que la mañana no suceda como te la esperabas no te justifica para que la agarres contra el mundo. Por eso decides tragarte la incipiente furia y salir de casa con la mejor disposición posible. Tu primer tarea es la de acudir al banco a cobrar un cheque. Llegas hasta la ventanilla después de una tediosa espera tortugosa en la fila. Allí te reciben dos tipos de aspecto tan grotesco como dispar, protegidos, como animales, por un grueso cristal. A prueba de balas y de saliva, a prueba de una comunicación humana directa. El primero de los dos está tratando de hacer funcionar la computadora, es un delgado moreno de cabello engominado, luce como maniquí demacrado. De sus posibles 60 kilos de peso, seguramente 45 kilos son de puro gel para cabello. El otro es un cerdito rosado, listo para una abundante cena lechona en una isla caníbal, servido en una charola gigante aunque debe ser servido con una máscara, para evitar ver sus amargas facciones. Su cara sería blanca si careciera de tantas póstulas del cruel acné anárquico. La turbia mirada del gordo se fija un momento en un gran fajo de billetes que cuenta a una velocidad vertiginosa e increíble para sus obesos dedos. Esperas frente a la ventanilla detrás de la cual la pareja dispareja parece no reparar en ti, aunque no estés descompuesto. Aclaras tu garganta con un ejemplar “ejeeemm ejeeem”, tras esperar lo que consideras lo correcto y los saludas con una sonrisa que te cuesta muchos esfuerzos producir. Por las miradas que recibes de sus cuatro ojos sientes como si hubieras roto el encanto del mejor éxtasis. Un insulto quizás hubiera sido más dulce para ellos. Sin remover la sonrisa deslizas el cheque a través de una pequeña franja de la ventanilla. Les dices: “Hola, venía a cambiar este…” te detienes porque descubres el error de conjugación y esperas el automático correctivo a tal error que está tan de moda en un programa de televisión: “¿venía o viene?”, pregunta el gordo. “Vengo…”, respondes reforzando tu sonrisa, …“a que por favor me cambien este cheque”. Amargo, autoritario y descortés el cerdo te dice “un momento” y reanuda el conteo de los billetes. Al terminar, suspira como con molestia y fatiga y toma violentamente tu cheque con sus salchichosos dedos. Observa el reverso del papel y gruñe, lo vuelve a poner en el lugar desde el cual lo tomó y te dice con una voz bajita bajita, como la moral en Sodoma: “agries gref mgnues mngfados mngfí”. Al menos eso es lo que entiendes. “¿Disculpe?”, le preguntas mientras la cortesía que había en tu cara da lugar ahora a un gesto de incomodidad, la misma cara que ponían en el mundo antiguo los que iban a interrogar a la esfinge una vez que ésta les escupía sus acertijos. “TI-E-NES QUE PO-NER TUS DA-TOS A-QUÍ”,grita el gordo como si estuviera tratando con el ser más idiota de la Tierra mientras golpea el reverso del cheque con un dedo que tiene la uña deforme debido a las mordidas. Te preguntas si las uñas tienen tantas calorías como para hacer un cerdo de quien las come con frecuencia. El flaco engominado por fin se digna a apartar la mirada de la computadora para dirigirte un gesto de asco mezclado con incomprensión. Como un servicio a la comunidad diré a la gente tan inexperta como yo en cosas bancarias, que cuando vayan a cambiar un cheque no se olviden de anotar sus datos al reverso del mismo antes de llegar a la ventanilla. Tras anotar lo que se te pide vuelves a deslizar el cheque por el resquicio de la ventanilla. El gordo se te queda mirando como esperando algo. Tú te le quedas viendo también a los ojos como si vieras a un perro en la calle que no sabes si te quiere atacar. El obeso no reacciona y decides preguntarle: “¿Sí?” (en nada te pareces a la Monalisa y no estás acostumbrado a que te contemplen). “Una I-DEN-TI-FI-CA-CI-ÓN”, te dice el gordo exasperado mientras se rasca su geográficamente accidentada mejilla derecha. Deslizas tu identificación por la parte inferior de la ventanilla y el gordo la recoge con su mano, que ahora tiene pequeños rastros de sangre en las uñas de los dedos índice y medio. El cerdo empieza a realizar el trámite acostumbrado y burlonamente le muestra el reverso del cheque al escuálido engominado, quien dibuja una sonrisa en el rostro y voltea para mirarte la cara. Mira de nuevo al gordo y enarca las cejas levantando los hombros. El gordo imita los movimientos de su compañero y reanuda el trámite. Ahí se te acabó la poca cortesía que te quedaba. Eres consciente de que no eres alguien que puede servir de modelo para una escultura de Adonis, de que tu cutis no es terso como trasero de bebé y de que tienes un gran número de defectos, como cualquiera, por eso al menos yo no tomaré a mal tu reacción. Es un hecho que si hubieses exigido cortesía a ese par de pelmazos, lo más seguro es que se hubieran revestido de cinismo para confabularse y hacerte pasar un momento realmente malo. Así que no tomaré a mal tu reacción. Comienzas emitiendo tus famosos gestos de asco (similares a los que la gente hace cuando pasa cerca de una rata gorda que lleva muerta tres días en una avenida) y luego no despegas tu mirada de la mejilla del gordo. Él nota de inmediato tu actitud y empieza a demostrar nerviosismo e incomodidad, y lo está porque hasta pierde la cuenta del dinero que va a entregarte y tiene que contarlo otra vez. El teléfono suena y el flaco contesta. Y como si fuera un milagro similar a la apertura de un mar o la resucitación de un Lázaro, atestiguas la transformación de un patán pedante en un humilde siervo. “Buenos días licenciado… ¿cómo está?” Tú sólo volteas a verlo y con una voz clara le dices: “¿Es tu amo verdad?” El flaco termina la llamada y empieza a injuriarte. Tú le aplicas la de Séneca y decides que no hay injurias mientras no exista quién se sienta ofendido por ellas. Sabes que el flaco seguirá detrás de esa maldita ventana todo el día, si no es que por el resto de su vida y que tú sólo vas de paso. El gordo te entrega tu dinero mientras el asco regresa a tu cara y miras la mejilla del gordo. Dices “gracias” y te das la media vuelta, pero al segundo paso vuelves a mirar al gordo como para asegurarte de que la asquerosidad que acabas de ver es real. Sales del banco mientras el gordo se rasca de nuevo la mejilla derecha y el flaco te sigue lanzando miradas de odio hasta que te pierde de vista.
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